Al diablo con la Navidad de película (Al diablo con… 2) 23
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A las cinco menos cuarto entré en el cuarto A con el plano de la mesa en la mano y salí a las dos y veinte de la mañana sin él, y en el medio hay dieciséis minutos que voy a contar con toda la precisión de la que soy capaz, porque son míos.

A las seis subió el termo. Café, sin azúcar, y un vaso de plástico duro de los de Rivas. Lo dejó en el alféizar de la cocina, al lado del horno, que es donde yo iba a estar.

—Termo —dijo.

—Termo —dije yo, y lo taché de la ficha.

A las ocho y cuarto entró el asado. A las ocho y media llegó Loli con su fuente y se la metí yo misma, y a las nueve menos cuarto le di los dos minutos de grill y salió como ella quería.

A las nueve menos cinco salió el asado a sesenta y ocho grados y lo tapé, para que subiera solo los tres o cuatro que sube siempre, que me lo dijo él el trece.

Hasta ahí, todo.

A las nueve en punto llamó Charo al telefonillo.

Media hora antes.

Subió con un abrigo largo, con una tarta de queso en una fuente de cristal de las que pesan kilo y medio, y con la cara de quien ha llegado a la hora a la que le dijeron.

—Vengo a las nueve, como pone.

—Es a las nueve y media, tía.

—En mi grupo pone a las nueve.

Y su grupo, el primero, el de la bola con purpurina, decía a las nueve, y decía que la tarta la traía ella, porque eso lo escribí yo el cuatro de diciembre y lo cambié el nueve en el otro grupo, cuando Noelia se ofreció a traer el postre y yo le dije a Charo que no hacía falta, por teléfono, un día, hablando de otra cosa.

Kilo y medio de tarta de queso que hay que meter en una nevera en la que no cabe, porque en esa nevera hay dos fuentes de las ocho de Jaime.

Saqué una fuente de la nevera y la puse en el alféizar de la ventana de la cocina, que a las nueve de la noche del veinticuatro de diciembre en Madrid está a cuatro grados y hace de nevera perfectamente, y metí la tarta.

Eso me costó siete minutos y no me costó nada más. Lo cuento porque fue la primera cosa que no estaba en el plano y la absorbí sin que se notara, y porque eso es exactamente lo que yo creía que sabía hacer.

A las nueve y cinco entró la guarnición. Veinte minutos. Sale a las nueve y veinticinco.

Detrás de la guarnición va el guiso, cinco minutos de hueco para cambiar bandeja, veinte minutos, sale a las nueve y cincuenta.

Y se sirve a las nueve y media el primer plato, que es frío, mientras el guiso está dentro.

A las nueve y veinte llegó Quique, sudando, con el abrigo del trabajo, y se sentó en la esquina de la puerta, que es donde le había puesto para que no tuviera que levantarse nadie.

A las nueve y veintiséis la mesa estaba llena. Doce personas. Begoña en la cabecera de la ventana, Marisa a su lado, Iván al lado de Marisa, Daniela entre Noelia y Begoña, Charo en la otra cabecera, Loli a su derecha, Sergio, Vicente, Quique en la esquina.

Yo estaba de pie delante del horno con el primer plato ya emplatado en la encimera, doce platos, y Jaime terminando de repartir el aliño.

A las nueve y veintisiete sonó el telefonillo.

Lo cogí yo porque estaba a dos metros.

—¿Sí?

—Hola. Soy Óscar.

Hay un momento, muy corto, en el que una cosa todavía no ha pasado. Lo que hay es un telefonillo, una voz y un pasillo. Yo tenía en la mano el auricular y a mi derecha doce platos emplatados.

—Sube —dije.

Porque qué otra cosa se dice.

Subió en dos minutos. Llegó al rellano con una silla plegable de playa, de esas de aluminio con la lona de rayas, plegada debajo del brazo, y con una bolsa con una botella.

—Me dijo Jaime que trajera silla —dijo.

Y en el salón, detrás de mí, doce personas se callaron a la vez.

No voy a contar la cara de Noelia porque no la miré. Eso también es verdad y también es mío: no la miré, porque si la miraba tenía que hacer algo con lo que viera, y yo en ese momento tenía doce platos emplatados y una guarnición que salía en cuatro minutos.

Lo que hice fue mirar la mesa.

La mesa mide dos veintidós por noventa y tiene doce sitios y está contra la pared de la ventana, porque si la separas de la pared el paso de la cocina se queda en cuarenta centímetros.

Entre el canto de la mesa y la pared de la cocina hay ochenta y cuatro centímetros.

Por ahí paso yo con las fuentes. Por ahí no pasan dos personas si una lleva algo, y eso lo sé porque me lo dijo él el tres de diciembre y lo apunté.

La silla plegable abierta mide cincuenta y seis de ancho.

No hay ningún sitio en ese salón donde quepa una silla más que no sea el paso.

Óscar la abrió donde le señaló Sergio, que fue el único que se movió, y la abrió en el hueco entre la cabecera de Charo y la pared de la cocina.

El paso se quedó en veintiocho centímetros.

Y a partir de ahí todo lo que hice era lo correcto.

Porque no se puede servir. Con el paso en veintiocho centímetros no sale una fuente de esa cocina, y si no sale una fuente no cenan doce personas, y por lo tanto hay que rehacer el plano.

Y rehacer el plano no es mover una silla.

Rehacer el plano es lo siguiente: Óscar no puede sentarse al lado de Noelia.

Daniela quiere estar con su padre y con su madre, y tiene siete años y es Nochebuena.

Si Óscar va a la cabecera, Charo sale de la cabecera.

Si Charo sale de la cabecera, entra en el lado largo, y en el lado largo está Marisa al lado de Begoña.

Y si muevo a Marisa, se sienta donde yo le había dicho a Jaime el sábado que no la iba a sentar.

Ocho personas. Ocho personas hay que mover para meter una silla plegable de cincuenta y seis centímetros.

Lo hice yo. Con el plano en la mano, de pie, empezando por Daniela, que es la que menos pesa y la que hay que mover primero porque es la que decide dónde va su padre.

Y me salí de delante del horno a las nueve y veintiocho.

Nadie se puso.

Y esto es lo único que de verdad importa de toda la noche: no es que a nadie se le ocurriera. Es que nadie tenía esa tarea.

En la ficha del marco de la puerta pone «asado 20:15 / Loli 20:30 / guarnición 21:05».

No pone quién. No pone quién porque el quién era yo, siempre, en todas las líneas, desde el cinco de diciembre, y porque el catorce de diciembre le dije a un cocinero profesional delante de su primo que el horno lo llevaba yo.

Jaime estaba en la encimera de noventa centímetros con doce platos delante. Se giró una vez y me buscó con la mirada y yo estaba en la otra punta del salón con el plano en la mano moviendo a una niña de siete años.

Y aunque hubiera querido, no podía cruzar. El paso tenía veintiocho centímetros y en medio había una silla plegable y un señor de pie.

La guarnición tenía que salir a las nueve y veinticinco. Salió a las nueve y cuarenta y uno.

Dieciséis minutos a ciento noventa grados, y un horno que calienta más por la derecha.

El guiso tenía que entrar a las nueve y treinta y salir a las nueve y cincuenta. No entró. Se quedó en la encimera, tapado con film, al lado de doce platos del primero que tampoco se habían servido, porque no se había podido servir nada.

A las nueve y cuarenta y uno abrí el horno yo, después de sentar a la última persona, y lo que salió fue una bandeja de patatas y cebolla negras por el borde derecho y pálidas por el izquierdo.

Y encima de la encimera había una fuente de guiso fría y doce platos de un primero que llevaba veinte minutos puesto.

Dieciséis minutos.

Nadie dijo nada. En la mesa había trece personas sentadas con pan, y Charo estaba explicando a Vicente por qué los pisos de Prosperidad los están comprando todos para alquilarlos por días.

Miré a Jaime.

Él me estaba mirando a mí.

Y no discutimos. Eso es lo que quiero dejar dicho.

Llevábamos veintitrés días discutiendo por gramos, por horas y por un horno, y a las nueve y cuarenta y uno del veinticuatro de diciembre nos miramos por encima de una fuente de patatas quemadas y no nos salió ni una palabra, ni a él ni a mí, porque ya no había ninguna discusión que tuviera sentido tener.

Subtítulo descartado.

01:11:07,800 / 01:11:10,560 «En esta casa el paso mide ochenta y cuatro. La silla, cincuenta y seis.» Guía Peldaño, treinta y ocho por línea. Setenta caracteres, dos líneas. Cabe. No lo mando.