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El mercado de Prosperidad un veintitrés de diciembre a las nueve menos cuarto de la mañana es el sitio donde se demuestra si has trabajado alguna vez en esto.
A las nueve menos cuarto hay cola en la pescadería y no hay cola en la verdulería. A las once y media hay cola en las dos y la cola de la pescadería dobla el pasillo. Entre una hora y otra hay dos horas y media de diferencia.
Yo llegué a las ocho y cuarenta con la lista de Alicia, un carro y la reserva de Sergio del día anterior.
El pescadero me tuvo diez minutos y me cobró lo pactado el veintidós, que en la pescadería del veintitrés es una victoria. Gambas, la merluza ya la teníamos congelada de los dos kilos, y el marisco que Sergio había dejado apalabrado y pagado.
Detrás de mí una señora intentó que la atendieran antes porque solo quería una cosa. Es la frase. Siempre es «es que solo quiero una cosa». El pescadero le dijo que él también quería muchas cosas y la señora se rio y esperó, que es como se resuelve eso cuando lo lleva alguien que sabe.
El pan encargado desde el lunes, cuatro barras y una hogaza, para recoger el veinticuatro a las once.
La verdura en el puesto del fondo, que el veintitrés tiene lo mismo que el veinte y a la mitad de cola porque está al final del pasillo y la gente no llega.
Terminé a las once y veinte.
Me sobraban tres horas, y a las once y veinticinco ya sabía lo que iba a hacer con ellas, porque llevaba sabiéndolo desde el ocho de diciembre.
La cuenta la tengo hecha desde el ocho. Noventa y cinco minutos de horno para ciento veinte disponibles, y eso solo aguanta si nadie se retrasa y si un horno de mil novecientos noventa y tantos que calienta más por la derecha hace lo que dice el mando.
Se lo dije el veinte en la versión pequeña.
No se lo dije entero, y como no se lo dije entero, me quedaba una salida.
La salida es hacer fuera todo lo que se pueda hacer fuera. Si de las tres cosas que quieren horno el veinticuatro solo queda una, el plano entra con cuarenta minutos de sobra y nadie tiene que enterarse de que no entraba.
Un horno doméstico no vale. Yo tengo en Ciudad Lineal uno de una bandeja igual que el de Prosperidad.
El comedor de Moratalaz tiene uno de convección de seis niveles.
Está cerrado del veintidós al ocho.
Llamé a Fátima a las once y media desde el aparcamiento del mercado, con la compra ya en el maletero.
Fátima lleva dieciocho años abriendo ese centro.
No es de Rivas: es del colegio, la contrata el ayuntamiento, y es la que tiene las llaves, el código y la responsabilidad de que nadie entre cuando no tiene que entrar.
Nos conocemos desde que entré. Me guarda café en un termo cuando me toca servicio doble.
—Jaime, que está cerrado.
—Ya lo sé. Es una hora. Dos.
—¿Y eso lo sabe Rivas?
Y aquí es donde pasa lo que pasó, y lo escribo tal cual porque no hay una versión mejor.
—Está hablado —dije.
No está hablado. No lo hablé con nadie. No llamé a Rivas, no escribí a Rivas, no se lo dije a mi encargado, y sabía perfectamente que si llamaba a Rivas el veintitrés de diciembre a las once y media de la mañana me iban a decir que no, porque un centro cerrado con la alarma puesta no se abre para que un cocinero adelante una cena particular.
Hubo un silencio de dos segundos.
—¿Seguro?
—Que sí, Fátima.
—Está hablado —dije otra vez, porque lo dije dos veces, y la segunda vez es la que no tiene perdón.
Fátima llegó a las doce y diez con el abrigo y la bolsa de la compra, porque venía de hacer la suya.
Quitó la alarma con su código. Cuatro dígitos en un panel que hace un pitido y enciende una lucecita verde.
Yo lo he visto cuatrocientas veces. Ese panel guarda quién ha quitado la alarma y a qué hora, y yo eso lo sabía el veintitrés de diciembre a las doce y diez de la mañana igual que lo sé ahora.
Abrió la cocina, encendió la campana y comprobó que había agua caliente.
—A las seis cierro yo —dijo—. Que tengo a mi hija a las siete.
—A las seis estoy fuera.
—Y deja la cámara como estaba, que en enero viene inspección.
—La dejo como estaba.
Se quedó un momento en la puerta, con la bolsa de la compra en la mano.
—Oye, y felices fiestas, que a lo mejor no nos vemos.
—Igualmente.
Y se fue.
Estuve cinco horas.
Y fueron cinco horas buenas, y eso es lo peor de todo.
Una cocina de colectividad vacía es uno de los sitios más agradables que existen. No hay nadie. No hay doscientos ochenta niños a las doce y media. No hay un cuadrante. Están las máquinas encendidas, la campana zumbando y seis niveles de horno esperando.
Con un horno de convección de seis niveles se hace en cuarenta minutos lo que en el de Begoña son tres horas.
Metí el asado a ciento sesenta con vapor bajo y lo saqué al setenta por ciento, que es el punto al que se deja lo que se va a terminar en otro sitio.
La guarnición entera, en dos bandejas, veinticinco minutos.
El guiso montado en fuente y enfriado en la cámara de abatimiento, que en Prosperidad no existe y que es la diferencia entre un guiso que aguanta y uno que no.
Y la merluza porcionada, salpimentada y colocada en fuente, lista para dos minutos de calor.
Ocho fuentes de aluminio con tapa de cartón.
Fregué, barrí y dejé la cámara con la temperatura que tenía. Eso también lo hice, y también da igual.
A las tres y media, mientras esperaba a que el abatidor terminara, hice la ronda de raciones mentalmente, que es lo que hago siempre, persona por persona.
Y llegué a Daniela.
Daniela cena el veinticuatro con su madre y se va el veinticinco a las once con su padre. Eso lo sé porque he hecho el plano de la mesa tres veces desde el sábado dieciocho y porque Noelia lo dijo en el grupo el nueve para que supiéramos hasta qué hora se quedaba.
Y de Daniela pasé a Óscar, que es como se pasa de una cosa a otra cuando estás solo en una cocina.
Óscar el veinticuatro no cena con su hija. Óscar el veinticuatro cena donde cene, y sus padres están en Almería, y lleva desde marzo en un piso de alquiler en Canillejas.
Lo llamé a las tres y cuarenta desde el pasillo del comedor.
Tengo su teléfono desde hace cuatro años, de cuando me pidió presupuesto para un bautizo.
—Óscar. Soy Jaime, el hijo de Marisa.
Tardó en situarme y luego se situó.
Le dije que cenábamos mañana en casa de Begoña, en Prosperidad, cuarto A, a las nueve y media. Que había sitio. Que trajera una silla, que cada uno lleva la suya.
Hubo un silencio largo.
—¿Esto lo sabe Noelia?
—Aquí estamos todos.
Eso dije. «Aquí estamos todos». Que no es mentira y que no es verdad, y que es exactamente el tipo de frase que lleva diez años funcionándome.
—Es que yo no sé si…
—Dani se va contigo el veinticinco a las once. Si cenas con nosotros, la ves esta noche también.
Y eso fue lo que lo decidió, y yo lo sabía cuando lo dije.
Dijo que vale. Dijo que llevaba una silla plegable que tiene de la playa. Preguntó si llevaba algo y le dije que no hacía falta, que estaba todo, y luego me dijo que llevaría una botella.
Colgué y me quedé en el pasillo con el móvil en la mano.
No llamé a Noelia. Podría haberla llamado en ese momento y tardar dos minutos.
No la llamé porque si la llamo, Noelia tiene que decidir. Y si tiene que decidir, o dice que no y se queda mal, o dice que sí y se pasa veinticuatro horas pensando en cómo va a ser. Y si él aparece sin más, no hay nada que decidir, hay una silla plegable en la puerta y una mesa con sitio.
Eso es lo que pensé. Lo pensé entero, con esas palabras, y me pareció generoso.
A Alicia tampoco la llamé, y esa ni siquiera me la planteé.
Salí de Moratalaz a las cinco y cuarto y llegué a Prosperidad a las seis, con la compra y las ocho fuentes, y subí en cuatro viajes con el ascensor hasta el tercero.
Ella llevaba allí desde el mediodía. Tenía nueve sillas colocadas, los tableros puestos y una silla de escay marrón nueva, y una cara de no haber comido.
Miró las fuentes tapadas encima de la mesa de la cocina. Eran ocho.
—¿Esto lo has hecho en tu casa?
—Sí.
Hoja de servicio.
Compra fresca cerrada al precio del veintidós.
Asado al setenta por ciento, guarnición terminada, guiso montado y abatido, merluza lista para dos minutos.
Cinco horas de convección a ciento sesenta.
En el de Prosperidad habrían sido tres bandejas y noventa minutos.
Trece raciones. He contado trece porque va a haber trece, y la persona que lleva las fichas ha contado doce.