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El martes veintiuno entregué «Una Navidad en Pinecrest Inn» a las once y cuarenta de la mañana y Peldaño me lo confirmó a las once y cincuenta y dos.
Setecientos veinte euros. Factura emitida a las doce y cuarto, conformada a las seis y diez de la tarde, pagada a las nueve y veinte de la noche.
Nueve horas. Vertiz lleva cinco semanas.
Cuando entró el bizum estaba sentada en la cama con el portátil encima y me quedé mirando la notificación como una idiota.
Novecientos sesenta más setecientos veinte son mil seiscientos ochenta.
El alquiler del uno de enero son ochocientos cinco.
El IVA son mil trescientos y pico y se paga a finales de enero, y quedan siete títulos a setecientos veinte, y siete por setecientos veinte son cinco mil cuarenta.
Lo escribí en la libreta. Cinco mil cuarenta. Con un círculo alrededor, que no hago nunca.
Esa noche abrí el segundo título, que se llama «Corazones en Bramble Creek», y trabajé hasta las tres y diez. Mil doscientos cuarenta subtítulos de plantilla, un pueblo con feria de invierno y una protagonista que en el minuto seis deja un trabajo que cotiza.
Vence el veintitrés a las doce.
Tenía dos días. Dos días es holgado. Lo escribí también en la libreta: «23, 12:00. Holgado».
El miércoles veintidós tocó la pedrea.
Sergio compró el décimo el doce de diciembre y lo dividió entre doce, que sale a un euro sesenta y siete por cabeza, y llevaba diez días mandando la foto del décimo a los dos grupos por si acaso.
Cien euros. Al décimo, cien euros. Divididos entre doce son ocho con treinta y tres.
Ocho con treinta y tres.
El marisco lo había adelantado Sergio el mismo día veintidós por la mañana, porque en la pescadería del mercado de Prosperidad no cogen bizum y porque el veintitrés hay que ir con la reserva hecha. Noventa y cuatro euros.
Escribió en el grupo: «Ojo que he puesto yo 94 del marisco, luego lo cuadramos».
Y Charo, en el otro grupo, escribió: «Pues con lo de la lotería ya está pagado, ¿no?».
Ocho con treinta y tres por doce son cien euros justos, que es lo que ha tocado, que es lo que ya está repartido entre doce personas que han puesto uno sesenta y siete cada una. Charo tiene sesenta y tres años y ha llevado cuentas de una casa toda su vida.
Sergio puso un emoji de una cara que se ríe. Nadie dijo nada más y noventa y cuatro euros se quedaron sin cuadrar, y siguen sin cuadrar.
A las seis de la tarde del veintidós, Noelia abrió el tercer grupo.
«Nochebuena definitivo (este sí)».
Lo hizo bien. Lo hizo porque yo llevaba cinco días escribiendo cada cosa dos veces y porque el domingo me había equivocado una vez y había puesto la hora antigua en el de Charo.
Lo montó en dos minutos, cogiendo los miembros del grupo de Iván y añadiendo a Quique y a Vicente, que eran los dos que faltaban.
Once personas.
Y no lo vi. Eso es lo que hay que decir aquí, porque después de todo lo que pasó me he acordado veinte veces de ese momento: estaba yo con el portátil en las rodillas, a las seis de la tarde del veintidós, con setecientos ochenta subtítulos de «Bramble Creek» por delante, y me llegó la notificación del grupo nuevo, y lo abrí, y vi «Noelia te ha añadido», y lo cerré.
Once personas, y la que faltaba era Charo, porque Charo no estaba en el grupo de Iván y Noelia había copiado el de Iván.
Lo mismo que le hicieron a Iván el cuatro de diciembre se lo hicieron a Charo el veintidós, y lo hizo una persona que no tenía ninguna intención, y lo hizo copiando.
El jueves veintitrés me levanté a las siete y veinte.
El plan era perfecto. De siete y media a once y media, «Bramble Creek», que me faltaban cuatro horas largas. A las doce, entrega. De doce a dos, comer y subir. De dos a nueve, el piso: sillas, tableros ya puestos, cocina, colocar. Jaime en el mercado desde las nueve, lo que quedara del día para él.
A las nueve y cuarenta me metí en la hoja de cálculo para comprobar una cosa del plano de la mesa y conté las sillas.
Once.
Las conté otra vez. Once.
El dieciséis, cuando llegaron las dos del señor de Diego de León, cerré el recuento en doce y escribí «ya están» en la ficha. Y era verdad si la de los brazos estaba arriba, y la de los brazos lleva en el portal desde el catorce, porque no pasa por la cocina y la bajamos él y yo.
Llevaba siete días con una ficha cerrada en falso.
Once sillas. Doce personas.
Ahora sé exactamente lo que tenía que haber hecho. Tenía que haber bajado a la portería, que está a dos calles del piso y a cuarenta minutos de mi casa, y haberle preguntado a Vicente si tenía una silla.
Lo que hice fue abrir Wallapop.
A las diez menos cinco había comprado una silla de madera por cinco euros en Pueblo Nuevo.
A las diez y veinticinco estaba en Pueblo Nuevo.
A las diez y cuarenta y uno estaba en un cuarto sin ascensor mirando lo que el hombre llamaba silla y que era un taburete de bar de setenta y dos centímetros de alto, con el asiento redondo, y que en la foto parecía otra cosa porque en la foto estaba puesto al lado de una mesa alta.
Le dije que no. Me dijo que la foto era esa. Le dije que ya, que la foto era esa. Bajé.
A las once y cinco compré otra en Ciudad Lineal por siete euros. A las once y treinta y cinco el vendedor me escribió que se le había complicado y que si podía ser a las dos.
A las once y cuarenta y ocho estaba yo sentada en un banco de la calle Alcalá con el móvil en la mano, sin desayunar, a doce grados, mirando el chat de Peldaño.
A las doce menos ocho abrí «Bramble Creek» en el móvil, que no se puede hacer, y vi que me faltaban trescientos noventa subtítulos.
Trescientos noventa subtítulos son cuatro horas.
A las doce en punto no pasó nada. No suena nada cuando incumples un plazo. Lo que pasa es que son las doce y uno.
A las doce y veinte llegué a Prosperidad y le pregunté a Vicente si por casualidad tenía una silla.
Tenía cuatro. En el cuarto de los contadores. De las del salón de actos de una comunidad de la que fue portero hasta 2009.
—Haberlo dicho —me dijo.
Subimos una entre los dos. Es fea, es de escay marrón y es la silla más sólida de las doce.
A la una y veinte le escribí a Rocío: «Hola, Rocío. Voy con retraso con el segundo título por un tema familiar. Te lo entrego hoy a lo largo de la tarde».
Contestó a la una y veintidós: «Ok, gracias por avisar».
Dos palabras y una coma.
No se lo dije a nadie. Ni a Noelia, que llegó a las cuatro con Daniela. Ni a Jaime, que llegó a las seis con la compra y con ocho fuentes tapadas y una cara que no le había visto nunca, muy contento y muy callado. Ni a Begoña, que llamó a las siete para preguntar si hacía falta algo.
A la una de la madrugada del veinticuatro, cuando volví a mi casa, me senté delante de «Bramble Creek» y me quedé dormida con la mano en el ratón a los cuarenta minutos, con doscientos ochenta subtítulos hechos de los trescientos noventa.
Subtítulo descartado.
01:02:11,240 / 01:02:14,000 «Tenía cuatro sillas en el cuarto de los contadores. Haberlo dicho.» Guía Peldaño, treinta y ocho por línea. Sesenta y cinco caracteres. No lo mando. No es de esta película.