Al diablo con la Navidad de película (Al diablo con… 2) 20
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El lunes veinte fue la comida de Navidad del colegio, que son doscientos ochenta menús especiales en un centro que da doscientos ochenta menús normales todos los días y en el que el veinte de diciembre nadie se conforma con lo normal.

El menú especial lo decide el ayuntamiento en octubre y lo escribe alguien que no ha estado nunca en una cocina de colectividad. Este año: sopa de picadillo, pavo relleno con guarnición de manzana y polvorón.

Pavo relleno para doscientos ochenta niños, en un horno de convección de seis niveles, con servicio a las doce y media para infantil y a la una y cuarto para primaria.

Entré a las siete menos cuarto. Fátima me abrió, como todos los días, y me dijo que había dejado el café hecho, como todos los días.

A las once y media tuve el primer problema, que es el de siempre: la manzana.

Guarnición de manzana significa que un porcentaje de la mesa no se la come, y ese porcentaje en infantil es el sesenta por ciento.

Si se la pones al lado del pavo, los niños que no la quieren empujan el plato entero.

Si la pones aparte, en un cuenco pequeño, se la comen la mitad.

La puse aparte. Doscientos ochenta cuencos pequeños son cuarenta minutos más de emplatado y catorce lavavajillas.

A las doce y media empezó infantil y a las doce y cuarenta salió la primera reclamación, que vino de una profesora y que era que un niño de segundo no come pavo.

—¿No come pavo o no come carne?

—No come pavo.

—Vale.

Le hice un plato de pasta con el sofrito que tenía de la base del guiso de mañana. Tardé seis minutos. En doce años he aprendido que la pregunta correcta nunca es por qué, es qué sí come, y que eso se resuelve más rápido que una conversación.

Hay un chaval de quinto, uno bajito con gafas, que lleva desde octubre poniéndose el último de la fila.

Se pone el último porque al final quedan los trozos de los bordes, que son más grandes.

Lleva dos meses haciéndolo y no se lo ha dicho a nadie.

Yo, desde noviembre, le guardo uno del centro y se lo pongo cuando pasa, sin decirle nada, porque si se lo digo deja de ponerse el último y empieza a ponerse colorado.

Salí a las cuatro y cuarto y me fui a Alcorcón con dos bolsas de congelado.

Se lo había dicho a mi madre el sábado dieciocho, por teléfono, en medio de una conversación en la que ella me pidió otra cosa: que le llevaba yo el lunes las cosas del congelador para que no tuvieran que coger el tren.

Estuve veinte minutos. Subí las bolsas, se las coloqué en el congelador por orden, cambié una bombilla del pasillo que llevaba fundida desde antes de Navidad y le miré a Begoña el mando de la vitro, que hace un ruido.

Mi madre no volvió a sacar el tema.

Eso es lo que hay que contar de esos veinte minutos. Que no lo sacó. Que me dio café, que me preguntó por el trabajo, que me dijo que el del segundo sigue con la armónica, y que en ningún momento dijo nada de la palabra ni del veinticuatro ni de Charo.

Y que yo me fui de allí más tranquilo, que es exactamente lo que ella quería que no pasara.

Begoña, en la puerta, mientras me ponía el abrigo:

—¿Y la chica cómo va?

—Bien.

—¿Bien bien?

—Está liada.

—Ya —dijo Begoña—. Esa está liada desde 1998.

Subí al cuarto A a las cinco con los dos últimos tableros en el maletero.

Ella estaba en la mesa de seis con el portátil abierto, con el abrigo puesto, y cerró la pantalla cuando entré.

No la bajó. La cerró.

Era la primera vez en cuatro días que estábamos los dos en la misma habitación, y lo sabíamos los dos, y los dos nos pusimos a hacer cosas inmediatamente.

—¿Los tableros? —dijo.

—Abajo. Los subimos ahora.

Me puse a sacar lo del congelador para ver cómo estaba la base del guiso. Ella volvió a abrir el portátil y a los dos minutos lo volvió a cerrar, y a los cinco lo abrió otra vez.

—Alicia.

—Dime.

—El veintitrés.

—El veintitrés qué.

—Que hay que hacer la compra fresca. Pescado, marisco, pan, verdura. Eso son tres sitios y dos horas y media si vas temprano, y si vas a las once son cuatro horas, porque el veintitrés a las once en un mercado de Madrid no se puede ni entrar.

—Ya lo sé.

—Y el veinticuatro tú tienes que estar aquí a las cinco.

—A las cinco menos cuarto.

—Y el veintitrés por la tarde hay que subir las sillas que faltan, poner los tableros, colocar y dejar lista la cocina.

—Sí.

Dejé la fuente en la encimera.

—Entonces el veintitrés tú tienes cero horas.

—Tengo la mañana.

—La mañana es la compra.

—Tengo la mañana temprano.

—La mañana temprano es de siete a diez, y a las siete de la mañana del veintitrés tú no vas a estar de pie, porque llevas desde el uno de diciembre durmiendo cinco horas.

Y ahí se levantó.

—¿Y eso tú cómo lo sabes?

—Porque me contestas mensajes a las dos de la mañana.

—Contesto a las dos de la mañana porque estoy trabajando.

—Ya.

—Trabajar es lo que hago. No es un síntoma.

Tenía razón y me dieron ganas de tirar la fuente por la ventana.

Lo que yo quería decir, y lo que no dije, era otra cosa.

Yo llevo desde el ocho de diciembre sabiendo que el plano de esa cena entra justo y que una cocina donde todo entra justo es una promesa.

Se lo tenía que haber dicho el ocho. No se lo dije el ocho porque le había dejado ganar una discusión el cinco y porque me pareció que decírselo era quitarle la cena.

Y ahora no se lo decía por un motivo distinto y peor, que era que llevábamos cuatro días hablándonos por mensaje con veintiséis minutos de retraso y que no tenía ninguna gana de que la única frase larga que le dijera en cuatro días fuera que su plan no funciona.

Así que dije la versión pequeña.

—No cabe en tus horas —dije—. Eso es todo. No digo que el plan esté mal. Digo que no cabe en las horas que tienes tú.

—¿Y en las tuyas sí?

—En las mías sí.

—Entonces lo que estás diciendo es que lo hagas tú.

—Estoy diciendo que la compra del veintitrés la hago yo.

Se quedó parada con el portátil cerrado debajo del brazo.

Y aquí es donde intentamos ser normales, y salió fatal, y cambió una cosa de verdad.

—Podemos ir los dos —dijo—. Nos repartimos los sitios.

—Los dos en un mercado el veintitrés a las nueve de la mañana.

—Sí.

—Vale.

—Vale.

Y los dos nos quedamos callados, porque los dos habíamos pensado lo mismo a la vez, que era que los dos juntos en un sitio a las nueve de la mañana era exactamente lo que llevábamos cuatro días construyendo un cuadrante para evitar.

Ella lo dijo primero, y lo dijo como se dicen los cambios de planificación.

—Mejor no —dijo—. Mejor ve tú y yo me quedo aquí con los tableros y las sillas. Rinde más.

—Rinde más.

—Sí.

—Vale.

Escribió «compra fresca 23 — J» en la ficha del cuadrante, en el hueco que llevaba desde el viernes en blanco, y esa fue la decisión que tomamos el veinte de diciembre, y esa fue la que lo estropeó todo, porque a partir de esa línea el veintitrés por la mañana yo tenía tres horas libres después del mercado y ella tenía una casa entera para ella sola.

Subimos los tableros. Son dos de ochenta por noventa, de aglomerado chapado, de los que pesan más de lo que parece porque el aglomerado siempre pesa más de lo que parece. Uno cada uno, por las escaleras, con el ascensor hasta el tercero.

Colocamos. La mesa de ciento cuarenta con los dos tableros encajados en la guía y los caballetes de Sergio debajo para que no ceda el centro.

Dos veintidós por noventa. Doce sitios.

Ella puso las sillas alrededor, una a una, y fue diciendo los nombres en voz alta mientras las ponía, que es una cosa que hace cuando está comprobando algo y que yo no le había visto hacer hasta este mes.

A las nueve menos cuarto bajé y ella se quedó arriba, y desde el portal vi que la luz del cuarto A seguía encendida a las once y veinte, porque me había parado en el semáforo de la esquina y había mirado hacia arriba, que es una cosa que no hacía antes de este mes.

Hoja de servicio.

Doscientos ochenta menús de Navidad. Un plato de pasta fuera de carta para un niño de segundo que no come pavo.

Doce sitios montados. Dos veintidós por noventa.

Paso de ochenta y cuatro libre. El de quinto sigue poniéndose el último de la fila para que le toque un trozo del borde.

Le sigo guardando uno del centro y sigue sin saberlo.