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El domingo por la mañana hice la cuenta de enero y me salió lo que sale siempre, que es que no sale.
El IVA del cuarto trimestre se liquida en enero.
Lo he cobrado a lo largo de octubre, noviembre y diciembre, repercutido en cada factura, y me lo he ido gastando, porque ese dinero entra en la misma cuenta que el otro y no lleva un cartelito.
Mil trescientos y pico. Más el alquiler del uno de enero.
Más los recibos de una casa en la que el gas está a nombre mío y el teléfono también.
Lo que tengo pendiente de cobro son mil ciento cuarenta de Vertiz, vencidos ayer, y trescientos siete de «Segunda línea», que no vencen hasta el veinte de enero.
Lo que tengo en la cuenta son novecientos sesenta.
Y ciento veintiún euros de esto los he puesto yo: cuarenta y cuatro de cuota doble, treinta y uno de cordero, dieciséis de sonda, doce de dos sillas de Moratalaz, dieciocho de metro y cercanías desde el uno de diciembre.
Eso último no lo he apuntado en ninguna hoja de cálculo. Lo llevo en la cabeza, que es donde llevo lo que no quiero que exista.
Hice la lista de lo que se puede retrasar. Es una lista corta y la tengo hecha desde hace años, y consiste en el teléfono, que aguanta doce días, y el seguro, que si lo pagas fuera de plazo te cuesta ocho euros más y nadie te dice nada.
El alquiler no está en esa lista, porque el alquiler no está en la lista de nadie.
Rocío llamó a las doce y media de un domingo.
Ese es el dato. Nadie llama un domingo a mediodía para ofrecerte un trabajo bueno. Un trabajo bueno se ofrece un martes por la mañana con dos semanas de margen.
—¿Alicia Monsalve? Soy Rocío, de Peldaño Audiovisual. Me ha pasado tu contacto Sonia, de Vertiz.
Peldaño es pequeña. Compran paquetes de catálogo y los colocan en canales temáticos. Este era un paquete de ocho comedias navideñas para un canal que arranca emisión el uno de febrero.
—Ocho títulos, noventa minutos cada uno. Posedición sobre plantilla, ajuste de códigos y control final. Setecientos veinte por título.
Cinco mil setecientos sesenta euros de base.
Lo calculé mientras ella seguía hablando y tuve que sentarme, y no lo digo de manera literaria: me senté en la silla del escritorio porque estaba de pie en la cocina y me senté.
—¿Y el calendario?
—Ahí está la cosa —dijo, y se rio un poco, que es lo que hace la gente antes de decirte el calendario—. El primero lo necesitamos el veintiuno. El segundo el veintitrés a las doce. Y a partir de ahí uno cada cuarenta y ocho horas hasta el cuatro de enero.
Ocho títulos. El veintiuno, el veintitrés, el veinticinco, el veintisiete, el veintinueve, el treinta y uno, el dos y el cuatro.
—El veinticinco.
—El veinticinco. Ya te digo que es un calendario difícil.
—Es el día de Navidad.
—Por eso está libre el encargo, Alicia. Te lo digo claro. Se lo hemos ofrecido a tres personas.
Y ahí es donde alguien con la vida ordenada dice que no.
Yo hice la otra cosa, que fue ponerme a calcular.
Una película de noventa minutos en posedición sobre plantilla decente son tres horas y media de trabajo. Sobre plantilla mala son cuatro y media, porque hay que rehacerla, y estas van a ser malas porque todas lo son. Cuatro y media por ocho son treinta y seis horas.
Desde el diecinueve de diciembre hasta el cuatro de enero hay diecisiete días.
Treinta y seis entre diecisiete son dos horas y diez minutos al día.
Dos horas y diez minutos al día no es nada. Cualquiera saca dos horas y diez minutos al día.
Eso es lo que pensé, y lo pensé con estas palabras, sentada en la silla del escritorio con el móvil en la oreja, y es exactamente la misma frase que le había dicho a Jaime el ocho de diciembre delante de una ficha con los tiempos del horno.
Entra. Entra justo.
—¿Me mandas los materiales del primero hoy?
—Te los mando en una hora.
—Acepto los ocho.
Los ocho. No dije cuatro, no dije seis, no pedí mover el del veinticinco. Dije los ocho porque cinco mil setecientos sesenta euros es enero, es febrero, es el IVA y es no tener que volver a escribir un correo pidiendo una factura vencida.
Los materiales llegaron a la una y cuarenta.
«Una Navidad en Pinecrest Inn». Noventa y un minutos. Plantilla automática de mil doscientos ochenta y seis subtítulos.
La abrí a las dos y estuve hasta las nueve y media con una parada de veinte minutos.
Va de una mujer que se llama Claire y que dirige algo en una empresa grande de Chicago. En el minuto seis le dan un ascenso. En el minuto nueve recibe una llamada y se entera de que su tía ha vendido la posada familiar del pueblo donde ella creció, y coge el coche y se planta allí para impedirlo.
Eso está en el minuto nueve.
Me quedé un rato con el ratón parado y luego seguí, porque tenía mil doscientos ochenta y seis subtítulos y una plantilla que llamaba al pueblo «Arroyo de la Zarza» en tres sitios y «Pinecrest» en los otros doce.
La película es mala de una manera muy concreta, que es la que a mí me da más trabajo.
Los diálogos están escritos para que nadie tenga que entender nada.
Cuando Claire discute con su tía, la tía dice una frase de dieciocho palabras que explica por qué vende.
Cuando Claire contesta, dice una de veintidós que explica por qué no quiere que venda.
Nadie dice nunca una frase corta, porque una frase corta obliga al espectador a rellenar el hueco y aquí no hay huecos.
Y yo tengo treinta y ocho caracteres por línea y dieciséis caracteres por segundo.
O sea que mi trabajo, durante siete horas de un domingo, consistió en coger frases que no dicen nada en dieciocho palabras y dejarlas en seis para que quepan, y el resultado es que la película en español está mejor escrita que en inglés.
Eso pasa muchas veces y no se lo puedo contar a nadie porque no le interesa a nadie.
En el minuto cuarenta y uno hay una escena en la que Claire entra en la posada vacía, con los muebles cubiertos con sábanas, y se queda mirando una pared con marcos.
Los marcos están.
En la película los marcos siguen colgados, con las fotos dentro, y Claire pasa el dedo por uno y se le hace un nudo en la garganta, y suena un piano.
Subtitulé la frase de Claire, que es «Todo sigue aquí», en dieciséis caracteres, y seguí con el minuto cuarenta y dos.
A las cinco me escribió Jaime.
«¿Subes mañana?».
«Sí. Por la mañana».
«¿Vas bien de trabajo?».
Y ahí escribí, borré y volví a escribir.
Escribí: «Me ha entrado un paquete de ocho películas de noventa minutos con entregas cada cuarenta y ocho horas hasta el cuatro de enero, incluido el veinticinco, y son cinco mil setecientos sesenta euros y los necesito».
Lo miré entero en la pantalla. Es verdad de principio a fin y no hay nada en esa frase que no pueda leer cualquiera.
Lo borré.
Puse: «Me ha entrado un par de películas. Nada serio».
Lo mandé a las cinco y cuatro y a las cinco y cinco ya sabía por qué lo había mandado, y no era por él. Era porque si lo escribía entero tendría que leerlo entero, y si lo leía entero tendría que decidir algo.
Volví a «Pinecrest Inn» a las cinco y diez y entregué el título uno el martes veintiuno a las once y cuarenta de la mañana.
Subtítulo descartado.
00:41:19,600 / 00:41:22,320 «En esa pared los marcos siguen puestos. Aquí ya no están.» Guía Peldaño, treinta y ocho por línea, dieciséis cps. Cincuenta y siete caracteres. Cabe. Mando «Todo sigue aquí».