Al diablo con la Navidad de película (Al diablo con… 2) 18
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Me ofrecí voluntario para un servicio de sesenta cubiertos en Coslada un sábado a las dos de la tarde, que es el turno que no quiere nadie, y lo hice a las once y veinte de la noche del viernes, contestando a un mensaje de grupo de Rivas que llevaba cuatro horas sin contestar nadie.

Ochenta euros brutos por cinco horas y un desplazamiento. Eso no se coge por dinero.

Eso lo pensé así, con esas palabras, mientras escribía «yo lo cojo» en el grupo. Y luego me dormí perfectamente.

El servicio era un bautizo tardío en un salón de bodas de la carretera de Barcelona, de esos con moqueta de flores y una fuente de chocolate en un rincón.

Sesenta encargados.

A las once y media, cuando ya estaba todo cortado, apareció el padre del niño y dijo que al final eran setenta y dos.

No es la primera vez. No es la vez número cincuenta. Se avisa siempre a las once y media, siempre con la misma cara, y siempre dicen lo mismo, que es «es que se han venido unos primos».

Se arregla como se arregla siempre: bajando el gramaje del principal y subiendo el de la guarnición, que cuesta cuatro veces menos, y estirando el entrante con pan. Nadie se queja nunca. Si hay pan y hay suficiente, no se queja nadie.

Lo que sí hay que hacer, y esto no lo hace todo el mundo, es decidir a quién se le sirve primero.

Con doce raciones de menos, las que salen cortas son las últimas.

Así que las últimas mesas tienen que ser las de los adultos de cuarenta años que han comido mucho aperitivo, y nunca la de los niños ni la de los abuelos, porque un niño con hambre lo dice y un abuelo con hambre no lo dice.

Serví a las dos y veinte. Terminé a las seis menos cuarto. Cuarenta minutos de coche.

A las siete y media entré en el cuarto A.

Había elegido la hora igual que ella había elegido la suya. A las siete y media un sábado, ella no está, porque los sábados por la tarde ella entrega cosas.

La mesa estaba en diagonal en mitad del salón, con una pata metida en el hueco de la roseta del teléfono, bloqueando el paso de la cocina.

Me quedé en la puerta mirándola.

No hay manera de dejar una mesa así queriendo. Una mesa se queda así cuando alguien la empuja desde un lado, se le mete la pata en un sitio, la empuja desde el otro, se le mete más, y al final se sienta en el suelo.

Había además, en el suelo, al lado de la pata, una marca de rozadura de unos veinte centímetros. De empujar y que no vaya.

Bajé a por Vicente y la colocamos en cuatro minutos, que es lo que tarda una mesa de madera maciza cuando hay dos personas.

—Estuvo aquí esta mañana —dijo Vicente, quitándose el polvo de las manos—. Se fue a las dos y media.

—Ya.

—Sola.

—Ya.

—¿Vosotros no os habláis?

—Nos hablamos.

—Ah.

Vicente tiene setenta y ocho años y cuarenta y tres de portero, así que sabe perfectamente cómo se dice «ah».

Le hice la foto a la mesa y se la mandé. Tardó diecinueve minutos en contestar «gracias».

Mis gafas estaban encima del cuadro de la luz. Las vi al ir al pasillo a bajar el magnetotérmico de la cocina, que estaba subido y con el horno apagado. Estaban plegadas, las dos patillas cerradas, colocadas paralelas al borde, y eso lo hizo alguien con las dos manos y con tiempo.

Me las puse. Estaban bien.

Mi madre llamó a las nueve menos cuarto, cuando iba camino del coche.

—¿Estás en el piso?

—Saliendo.

—¿Está Alicia?

—No.

—Ah. —Tres segundos—. Oye, ¿tú sabes dónde me va a sentar?

—¿A ti?

—A mí. En la mesa.

Me paré en el rellano del tercero.

—No lo sé. El plano lo lleva ella.

—Ya, pero tú lo has visto.

Lo había visto. Marisa está en el lado largo, entre Iván y Begoña. Begoña en la cabecera de la ventana. Charo en la otra cabecera, lo más lejos posible, con Loli al lado.

—Estás al lado de Begoña —dije.

Silencio.

—Jaime.

—Dime.

—Si me sienta al lado de Begoña, Charo va a decir algo.

—Charo dice algo siempre.

—Va a decir lo de siempre. Y yo este año no me voy a callar.

Me apoyé en la barandilla del tercero, que es de hierro y está fría, y noté que me ponía a pensar en la logística de la frase de mi madre en vez de en la frase de mi madre.

—Mira —dije—. Yo hablo con Alicia y te cambia el sitio. Te pone entre Noelia y Loli, y punto. Se tarda dos minutos, las fichas están despegadas.

—No te he pedido que me cambies el sitio.

—Es más fácil que estar toda la noche pendiente.

—Jaime.

—Que lo arreglo yo.

—No quiero que lo arregles —dijo—. Quiero que el veinticuatro, si pasa, no sea la única que habla.

Y ahí yo hice lo que hago.

Le dije que el veinticuatro íbamos a estar los dos en la cocina hasta las nueve y media y que no me iba a enterar de nada.

Le dije que si quería le llevaba yo el lunes las cosas del congelador para que no tuvieran que coger el tren.

Le dije que le mirara al padre de Iván lo de la plaza de garaje porque me lo había preguntado en octubre.

Le dije que le cambiaba el filtro del extractor otra vez en enero, que esos duran seis meses.

Mi madre me dejó terminar la lista entera.

—Vale, hijo —dijo—. Pues tráeme las cosas el lunes.

Colgué en el segundo, bajé al portal y le dije a Vicente que hasta el lunes.

En el coche, camino de Ciudad Lineal, iba pensando en el plano de la mesa. En que si movía a mi madre entre Noelia y Loli, había que mover a Noelia, y si movía a Noelia había que mover a Daniela, y que entonces Daniela quedaba en el lado del paso.

Estuve quince minutos resolviendo un plano de mesa que nadie me había pedido que resolviera.

Hoja de servicio.

Sesenta encargados, setenta y dos presentes.

Se bajó el principal y se subió la guarnición.

Cinco horas de servicio y cuarenta minutos de coche.

Ochenta euros brutos. En la mesa del veinticuatro hay una niña de siete años en el lado del paso.

Por encima de su cabeza van a pasar todas las fuentes de la noche.