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Escribí cuatro veces el correo a Vertiz reclamando la factura de noviembre y mandé la cuarta versión, que era la más corta y la peor.
La primera versión decía lo mismo y pedía perdón dos veces. La segunda explicaba que era diciembre y que en diciembre todo el mundo lo entiende. La tercera preguntaba si había algún problema con el trabajo, que es la pregunta que no hay que hacer nunca porque te contestan que ahora que lo dices.
La cuarta no pedía perdón y por eso tardé cuarenta minutos en mandarla.
Mil ciento cuarenta euros. Vence mañana, que es sábado. Nadie paga el día del vencimiento, pero uno escribe la víspera, porque si escribes el veintitrés ya estás escribiendo en Navidad y en Navidad no contesta nadie hasta el siete de enero.
A las nueve menos veinte cogí el metro para Prosperidad.
Elegí esa hora a propósito. Jaime tiene comedor de ocho y media a cuatro y media, y el viernes además le tocaba el servicio de un colegio de Moratalaz y otro de Vicálvaro, o sea que hasta las cinco no aparece por ningún sitio.
Cuatro días atrás yo no sabía sus horarios.
Ahora los sabía tan bien que podía construir una mañana entera alrededor de ellos.
Subí. Abrí. Trabajé.
Y aquí es donde yo quería llegar y donde no llegué, porque lo que hice esa mañana fue rehacer la ficha de los tiempos.
No la de los tiempos del veinticuatro. La otra, la mía, la de quién sube cuándo.
Puse mis horas por la mañana. Puse las suyas de cinco a nueve.
Escribí «compra fresca 23, mañana» y dejé el nombre en blanco.
Y todo eso lo escribí en columnas, con una letra muy pulcra, y cuando terminé me quedé mirándolo y era exactamente lo que parecía: un cuadrante hecho para que dos personas no coincidan.
Lo justifiqué en dos segundos. Rendimiento. Si él está por la tarde y yo por la mañana, el piso está ocupado ocho horas en vez de cuatro.
Y luego la mañana me dio la razón del revés.
La mesa hay que separarla de la pared y girarla noventa grados para que entren los tableros.
La mesa es de madera maciza y pesa lo que pesa una mesa de mil novecientos setenta.
La empujé por un lado y se movió veinte centímetros.
La empujé por el otro y se movió quince.
Y a los diez minutos la tenía en diagonal en mitad del salón, bloqueando el paso de la cocina, y no se movía en ninguna de las dos direcciones porque una pata se había metido en el hueco donde está la roseta del teléfono.
Me senté en el suelo al lado de la mesa y pensé, con una claridad administrativa perfecta, que la mesa la mueven dos personas y que yo había escrito un cuadrante para que no hubiera dos personas.
La dejé así. En diagonal. Bloqueando el paso.
A las once y diez me escribió.
«¿Los tableros los trae Sergio hoy o mañana?».
Lo leí a las once y diez. Contesté a las once y treinta y seis.
Eso son veintiséis minutos. Lo sé porque lo miré, y lo miré porque el jueves nueve había contado cuarenta segundos y me había parecido un dato, y ahora tenía otro dato y el otro dato eran veintiséis minutos, y entre los dos datos había un pasillo a oscuras del que no pensaba hablar.
Contesté: «Mañana. Te he dejado el cuadrante en la pared».
No contestó nada durante una hora. Luego puso: «Vale».
A la una llamó Charo.
—Oye, hija, que me ha dicho Loli que se cena a las nueve y media.
—A las nueve y media.
—Pues en el grupo pone a las nueve.
—En el grupo pone a las nueve y media.
—Te digo yo que pone a las nueve.
Abrí el grupo de Charo. Ponía a las nueve, porque lo había escrito yo el cuatro de diciembre y lo había cambiado el nueve en el grupo de Iván, cuando Quique me dijo que salía a las ocho y media de Vallecas.
Lo había cambiado en un grupo. En el otro no.
—Tienes razón —dije—. Es a las nueve y media. Perdona.
—¿Y por qué pone a las nueve?
—Porque hay dos grupos.
Silencio.
—¿Cómo que hay dos grupos?
Y ahí estuve veinte minutos. Veinte minutos explicándole a mi tía Charo, que creó el primero, que existía un segundo grupo hecho por Iván porque a Iván no lo había metido nadie en el primero, y que cada vez que alguien decide algo hay que escribirlo dos veces, y que si no se escribe dos veces la mitad de la familia se entera de una cosa y la otra mitad de otra.
Charo dijo que ella eso no lo entendía y que por qué no se hacía uno solo.
—Pues hacemos uno solo —dije.
—Hazlo tú, que yo con el móvil me lío.
Colgué. No lo hice. Hacer un tercer grupo un diecisiete de diciembre es meter a doce personas en un sitio nuevo para explicarles que los otros dos no valen, y en ese momento yo tenía una mesa en diagonal, dos episodios de «Segunda línea» sin empezar y mil ciento cuarenta euros sin cobrar.
Me fui a las dos y media.
A las nueve y diez de la noche, desde mi casa, recibí una foto. Era la mesa, colocada, contra la pared, con el paso libre.
Debajo ponía: «Con Vicente».
Miré la foto un rato largo, y luego miré la hora, y luego dejé pasar diecinueve minutos y contesté «gracias», y eso, comparado con lo del jueves, fue una mejora del veintisiete por ciento.
Subtítulo descartado.
00:12:48,360 / 00:12:51,040 «Veintiséis minutos, diecinueve minutos. Alguien está midiendo algo.» Guía Nordika, cuarenta por línea. Sesenta y seis caracteres. Mando «No estoy segura».