Al diablo con la Navidad de película (Al diablo con… 2) 16
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El jueves dieciséis hicimos lo único inteligente que se ha hecho en toda esta cena, que fue adelantar todo lo que aguanta congelado, y lo hicimos mal por mi culpa.

Empezamos a las tres, que es cuando salí del comedor.

Congelar bien no es meter cosas en el congelador. Es saber qué resiste y qué no, y en una cena de Navidad española la lista es más corta de lo que la gente cree.

Aguanta la base del guiso, si la congelas sin la patata, porque la patata congelada se deshace y te queda arena.

Aguanta el caldo. Aguanta el sofrito. Aguanta la merluza cruda, porcionada y envuelta de una en una, y de hecho mejora, porque el frío le rompe la fibra.

No aguanta la mayonesa, no aguanta nada con huevo crudo y no aguanta la verdura cocida, que sale hecha un trapo.

Así que lo que hicimos el dieciséis fue: base de guiso sin patata en cuatro fuentes, caldo en dos, sofrito en botes y dos kilos de merluza porcionados en dieciséis raciones y envueltos uno a uno.

Envolver dieciséis raciones de merluza de una en una son cuarenta minutos y las manos heladas, porque hay que hacerlo con el pescado frío o se te rompe.

Ella había subido directa del metro con la merluza a las cinco, con las manos moradas, porque llevaba el abrigo bueno, que es el fino, y porque en el cuarto A seguía haciendo ocho grados.

Trabajamos en paralelo. Ella en la encimera envolviendo, yo en los fogones con la base del guiso, los dos de espaldas, sin hablar mucho, y aquello fue lo más parecido a un servicio de verdad que habíamos tenido en quince días.

Uno pide una cosa y la otra la pone en la mano sin mirar. Eso no se aprende: o pasa o no pasa.

A las siete y cuarto ella se sentó en una silla con el abrigo, las manos metidas en las mangas y la nariz roja, a escribir en el móvil con los nudillos, que es una postura que no se me va a olvidar.

Yo tenía el horno puesto desde las cinco y media secando el caldo.

Fui al salón y enchufé el calefactor.

Lo hice sabiendo lo que hacía.

Está escrito en una ficha, en letra grande, en el marco de la puerta de la cocina: un horno, una bandeja, nada de alto consumo en el circuito. La escribió ella el lunes y la escribió porque yo estaba delante y porque Vicente nos explicó por qué.

Pensé: veinte minutos. Pensé: el caldo ya está, bajo el horno al tres y aguanta. Pensé que mil doscientos vatios con el horno al tres a lo mejor no lo tira.

Y pensé, y esto es lo que de verdad pensé, que si se lo preguntaba me iba a decir que no.

Ese es el orden exacto de los pensamientos y por ese orden se sabe cuál mandaba.

A los cuatro minutos se apagó todo.

—Jaime.

—Ya lo sé.

—El calefactor.

—Ya lo sé.

Fuimos al pasillo los dos con el móvil. Yo llegué primero. Tiré de la puertecilla del cuadro.

—Empujando —dijo ella detrás de mí—. Hacia arriba.

—Estoy empujando.

—Estás tirando.

—Estoy empujando hacia arriba.

—Estás tirando hacia fuera y hacia arriba, que no es lo mismo, y se atasca.

Y entonces se puso al lado, levantó la mano y la puso encima de la mía en el borde de la puertecilla, y empujó.

Se abrió.

Nos quedamos los dos delante del cuadro abierto, con seis magnetotérmicos y uno bajado, y con su mano todavía encima de la mía porque ninguno de los dos la había quitado.

Y yo, que tenía el móvil en la otra mano apuntando al techo, dije una tontería. Dije:

—Vicente los jueves se va a las ocho.

—Son las siete y veinte.

—Ya.

—O sea que sí está.

—Ya.

Ella no se movió. Bajó un poco la mano, la mía con la suya, hasta que las dos se quedaron colgando entre los dos cuerpos, y me miró desde treinta centímetros con la cara iluminada por abajo por una linterna de móvil que apuntaba al techo, que es la peor luz que hay.

Y fue ella. Que quede dicho, porque lo he pensado mucho después y la respuesta siempre es la misma: fue ella la que subió los treinta centímetros.

Fue rápido. Fue torpe. Me di con el canto de la puertecilla del cuadro en la ceja y ella se rio contra mi boca, y eso fue peor que el beso, y de ahí ya no hubo manera.

Se me cayó el móvil. Se apagó la linterna al caer o se apagó sola, y lo que quedó fue lo que entraba de la farola por la ventana del patio, que no es nada.

La llevé dos pasos hasta la pared del pasillo, o me llevó ella, no lo sé.

Sé que en algún momento tenía yo las dos manos dentro del abrigo bueno, que es el fino, y que ella tenía las suyas heladas debajo de mi jersey y que no dije nada de que estuvieran heladas.

Sé que me quitó las gafas y las dejó en algún sitio sin mirar, que es una cosa que hace la gente en las películas y que en la vida real se hace fatal, porque luego no aparecen.

Sé que en un momento dado paró, con la boca al lado de mi oreja, y dijo:

—¿Sí?

Y que yo dije que sí.

Y que se lo pregunté yo también, dos segundos después, porque me pareció que había que preguntarlo y porque quería oírselo otra vez.

Sonó el telefonillo.

Los dos nos quedamos quietos. Volvió a sonar.

—Las sillas —dijo ella.

—¿Qué sillas?

—Las dos de Wallapop. El señor de Diego de León. Dijo que las traía el jueves sobre las siete y media.

Miré el reloj del horno, que no marcaba nada porque no había luz.

Ella se apartó, se abrochó el abrigo, fue al pasillo y subió el magnetotérmico empujando ella la puertecilla, que ya estaba abierta, y volvió la luz de golpe a un pasillo con dos personas colorada la una y con la ceja abierta el otro.

Bajó a por las sillas.

Tardó once minutos, porque el señor de Diego de León venía con dos sillas y ganas de hablar, y cuando subió ya estaba yo otra vez en la cocina con el guiso.

Dejó las dos sillas apoyadas en la pared del salón, debajo de las fichas.

—Doce sillas —dijo.

—Doce.

—Ya están.

—Ya están.

Se puso a escribirlo en la ficha. Yo bajé el horno al tres.

A las nueve menos veinte metió la merluza en el congelador de arriba, que es donde cabe, colocada de canto para que entren las dieciséis, y a las nueve y cuarto se fue a su casa.

En esa hora y media hicimos dos cosas más y hablamos de las dos: de si la base del guiso llevaba suficiente pimentón y de a qué hora había que sacar del congelador el día veinticuatro.

De lo otro no dijimos ni una palabra, ni ella ni yo, y no fue un acuerdo. No lo acordamos. Simplemente ninguno de los dos abrió la boca y a las nueve y cuarto ya era tarde para abrirla.

Mis gafas aparecieron el sábado, encima del cuadro de la luz.

Hoja de servicio.

Base del guiso sin patata, caldo, sofrito y dieciséis raciones de merluza congeladas.

La patata no se congela. Horno al tres a las siete y veinte por una bajada de carga que provoqué yo enchufando un calefactor de mil doscientos vatios.

Seis horas a ocho grados. La persona que lleva los tiempos escribe con los nudillos y no se quita el abrigo.