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A las ocho y media de la mañana Sonia me mandó los episodios seis y siete de «Segunda línea» y me dijo que estos no corrían, que para el veinticuatro de enero.
Trescientos siete euros más, a cobrar en marzo.
Los abrí, comprobé que la plantilla era igual de mala que la anterior, cerré el archivo y no los toqué en todo el día, porque el plano de la mesa lo hice cuatro veces y las cuatro estaba mal por un motivo distinto, que es más o menos como funciona todo esto.
Doce personas en una mesa de seis más dos tableros que Sergio dice que consigue. Eso da un rectángulo de dos veintidós por noventa, con cinco a cada lado y uno en cada cabecera, y con ochenta y cuatro centímetros de paso a la cocina que hay que dejar libres en un lado.
Lo hice con las once fichas despegadas encima de la mesa, moviéndolas con la mano, que es como se hace de verdad y no en una hoja de cálculo.
**Versión uno.** Charo al lado de Marisa.
La rompí sin llegar a terminarla. Tardé cuarenta segundos en ponerla y ocho en quitarla, y en esos ocho segundos pensé una cosa que no me gustó, que es que llevo diez años sentando a mi tía Charo lejos de Marisa y que nadie me lo ha pedido nunca.
**Versión dos.** Charo en la otra cabecera, lo más lejos posible, con Loli al lado para que hable.
Problema: Loli tiene que salir a la cocina a las nueve menos cuarto por lo del grill, y desde la cabecera hay que levantar a cuatro personas. Una mujer de sesenta y ocho años pidiendo paso cuatro veces con una fuente caliente en las manos.
**Versión tres.** Loli en el extremo del paso, Charo en la cabecera, Daniela entre su madre y Begoña.
Problema: Quique llega a las nueve y veinte, cuando todo el mundo está sentado, y le había puesto el sitio del medio. Entrar al medio de una mesa con doce personas ya sentadas es hacer levantarse a seis y pedir perdón doce veces, y Quique va a llegar con el abrigo del trabajo y sudando.
**Versión cuatro.** Quique en la esquina, junto a la puerta. Entra, se sienta, nadie se mueve.
Esa es la buena.
Estuve dos horas para llegar a una cosa que se resume en que el que llega tarde se sienta cerca de la puerta.
Y luego estuve otros cuarenta minutos comprobando lo que no se ve: que Vicente no quede enfrente de la única pared vacía, porque si te sientas solo y encima mirando a una pared se te nota más.
Que Iván no quede en una punta, que es donde se sienta la gente a la que nadie ha decidido dónde sentar.
Que Daniela tenga a un adulto a cada lado, porque a los siete años, en una mesa de doce, si tienes a un adulto solo por un lado te pasas la noche girada.
Eso no lo sabe nadie. Eso no lo va a ver nadie el veinticuatro. Si sale bien, lo que piensa la gente es que la mesa estaba bien puesta.
Jaime llegó a las cinco con dos bolsas de congelado y me encontró con las once fichas encima de la mesa, ordenadas en dos filas de cinco y una suelta, que es como estaba quedando el plano.
—¿Y la tuya? —dijo.
—¿Mi qué?
—Tu sitio.
—Yo estoy delante del horno.
—Hay doce sitios.
—Y once fichas. Ya lo hemos hablado.
No lo hemos hablado nunca. Lo dije para cerrar la conversación y funcionó, que es para lo que se dicen esas cosas.
Se puso a meter congelado. Yo seguí con el plano, escribiendo las horas de llegada en el margen: ocho y media Loli, nueve Charo, nueve y veinte Quique, nueve y media el resto.
Y a las seis menos cuarto, mientras yo estaba con eso, dijo, sin volverse:
—De la merluza compra dos kilos.
—En la lista pone kilo cuatrocientos.
—Compra dos.
Dejé el rotulador.
—Jaime, kilo cuatrocientos son ciento diecisiete gramos por persona y es lo que habíamos calculado los dos.
—Ya.
—Dos kilos son quinientos gramos de más. Son once euros.
—Once euros.
—Que no tenemos, porque Charo no ha pagado.
Se volvió. Tenía una bolsa de guisantes en la mano.
—Si sobra media fuente —dijo—, a la una de la mañana alguien dice que eso no se puede tirar. Y entonces Begoña saca los táperes, y se reparte, y el que se lleva más es el que más ha acercado el plato. Y el que más acerca el plato es el que lleva toda la noche diciendo que ya ha cenado.
Me quedé callada.
—Si no sobra nada —dijo—, no hay táperes. Y si no hay táperes, a Quique le tienes que decir tú, en la puerta, delante de todos, oye, llévate algo. Y eso no lo va a coger.
Guardó los guisantes.
—Once euros —dijo—. Es más barato que la otra manera.
—¿Y por qué no me lo dices y ya está?
—Te lo acabo de decir.
—Digo antes. El día cinco, cuando lo del hielo.
Se quedó un momento con la puerta del congelador abierta.
—Porque si te lo digo, lo apuntas —dijo—. Y si lo apuntas, un día alguien lee la ficha.
Yo llevo desde el uno de diciembre haciendo columnas. Llevo una hoja de cálculo con doce filas, once fichas en una pared, un plano de mesa en su cuarta versión y una ficha con los tiempos pegada en el marco de una puerta. He calculado gramos por persona.
Y no había calculado eso.
Le dije que vale y escribí «2 kg» en la lista, encima del kilo cuatrocientos tachado, y no le pregunté desde cuándo lo hace, porque a mí tampoco me gusta que me pregunten desde cuándo hago las cosas que hago.
A las siete y media medimos la mesa con los tableros puestos.
Es un trabajo de dos personas y es un trabajo tonto: uno sujeta el extremo del metro en una esquina y el otro se va al otro lado. Lo hicimos tres veces porque el metro se salía.
A la tercera, él sujetaba en la esquina de la cocina y yo estiraba hacia la ventana, y al llegar al final me faltaban cuatro centímetros, así que volví andando por el lado largo con el metro en la mano en vez de soltarlo, que es lo que hay que hacer, y me quedé al lado de él para leer la medida.
Dos veintidós.
Eso lo dijo él. Yo tenía la mano en el metro, encima de la suya, porque el pulgar de él estaba marcando el cero contra el canto de la mesa y yo había puesto el mío al lado para que no se moviera.
Dos veintidós, dijo, y no apartó la mano.
Yo tampoco.
No fue mucho tiempo. Yo diría que cuatro segundos, y digo cuatro porque los conté, y los conté porque conté los diez minutos del lunes y porque una vez que empiezas a contar una cosa ya la cuentas siempre.
Después solté el metro, lo enrollé, dije dos veintidós en voz alta como si no lo hubiera dicho él y volví al plano de la mesa.
Y cambié el plano.
En la versión cuatro yo no tenía sitio, porque yo estoy delante del horno. Pero en el margen, en pequeño, había escrito dónde me sentaría si me sentara, que era entre Vicente y Jaime, porque Vicente está solo y porque a Jaime hay que tenerlo cerca de la cocina.
Lo taché. Puse a Noelia entre Vicente y Jaime.
Tardé como veinte minutos en darme cuenta de que ese cambio no lo había hecho por logística.
Subtítulo descartado.
00:41:19,480 / 00:41:22,240 «Dos veintidós. Cuatro segundos. No es lo mismo un dato que otro.» Guía Nordika, cuarenta por línea. Sesenta y tres caracteres. Mando la medida.