14
Sergio subió cuatro sillas el martes por la tarde y aprovechó para joderme la vida sin ninguna intención.
La furgoneta volvió de Toledo el jueves, como dijo, pero el jueves yo tenía comedor y el viernes tenía la compra, así que quedamos el martes.
Cuatro sillas de golpe: dos de un anuncio de Vallecas, una del almacén de su cuñado y una de Loli. Y una que bajar, la de los brazos, que no pasa por la cocina.
Sergio sube una silla en cada mano y habla. Las dos cosas a la vez, por unas escaleras, sin quedarse sin aire, que es un don.
En los diecisiete escalones del tercero al cuarto me contó, en este orden: que el cuñado le debe doscientos euros de junio, que en su empresa han puesto un sistema nuevo de fichar que le descuenta si llega a y treinta y uno, que su madre está pesadísima con lo de la dentadura y que no hay manera de que se la arreglen bien, y que él el veinticuatro trae hielo si hace falta.
Le dije que el hielo lo trae Quique.
—Ah, vale. Pues traigo otra cosa.
—Trae sillas.
—Sillas ya traigo.
—Pues ya está.
—Ya, pero digo de comer.
—Trae lo que te diga Alicia.
Se paró en el rellano con las dos sillas.
—A mí es que Alicia me da un poco de respeto —dijo—. Con cariño. Pero respeto.
Bajamos a por las otras dos y las subimos, y a las siete estaban las cuatro arriba y la de los brazos apoyada en la pared del pasillo, esperando a bajar.
Y entonces dije lo que llevaba dos días queriendo decir.
—El veinticuatro el horno lo llevo yo.
Alicia estaba de rodillas en el suelo del salón, calzando la silla coja con un trozo de cartón doblado tres veces, y no levantó la cabeza.
—El horno lo llevo yo.
—Alicia.
—Lo hablamos el domingo cinco. Los tiempos los llevo yo.
—Los tiempos, sí. El horno no es un tiempo. El horno es una máquina que calienta más por la derecha y que tiene un mando sin números.
—Por eso mismo.
—No, por eso mismo no. Por eso mismo lo llevo yo, que soy el que sabe lo que hace un horno que calienta mal.
Dobló otra vez el cartón. Probó la silla. Seguía cojeando.
—Yo llevo doce años metiendo bandejas —dije.
—En hornos de convección con carro.
—Y en el de mi madre, que es peor que este. Y en el de tu tía, diez Nochebuenas.
—En el de mi tía metías cosas cuando ella te dejaba.
Eso me sentó mal y tenía razón.
—Vale —dije—. Entonces dime por qué.
Se levantó del suelo con el cartón en la mano.
—Porque tú el veinticuatro vas a estar emplatando en una encimera de noventa centímetros con doce platos, y no puedes emplatar y mirar el horno a la vez. Yo sí puedo, porque yo el veinticuatro no cocino.
—Tú el veinticuatro vas a estar atendiendo a doce personas.
—Yo el veinticuatro voy a estar delante del horno.
—¿Toda la noche?
—Toda la noche.
Y me lo dijo a la cara sin ninguna violencia, que es como dice ella las cosas que no piensa negociar.
—Es el único sitio desde el que se ve todo —dijo.
Y eso es verdad. Desde delante de ese horno se ve la puerta de la casa, se ve el paso de ochenta y cuatro centímetros, se ve la mesa entera y se ve quién se ha quedado sin nada.
Yo me habría puesto ahí también.
Sergio, que estaba en la puerta con la última silla, se rio.
—Joder —dijo—. Esta se la apunto.
—¿El qué te apuntas?
—Que le has quitado el horno al cocinero. —Dejó la silla—. Eso en el marcador va con asterisco.
El marcador no existe. Nadie lo lleva. No hay papel, no hay libreta, no hay nada, y sin embargo en esta familia todo el mundo sabe que la del cordero crudo la arregló ella con dos pollos asados, que la del apagón la arreglé yo con un hornillo del maletero, y que en la del pavo hay empate porque todavía se discute si estaba bueno.
Y ahora hay una jugada nueva, y la jugada es que la sobrina de Begoña le ha dicho al cocinero que no toca el horno.
—No es una jugada —dijo ella.
—Ya, ya —dijo Sergio, y se fue a por el ascensor.
Nos quedamos los dos en un salón con nueve sillas distintas alrededor de una mesa de seis.
Y yo, que había subido esas escaleras con la idea muy clara de recuperar la cocina, me di cuenta de dos cosas al mismo tiempo, y las dos me sentaron mal por motivos opuestos.
La primera es que tiene razón.
La segunda es que me gustó.
No me gustó que tuviera razón. Eso me fastidió. Me gustó que no me lo diera.
Llevo doce años trabajando en sitios donde a los treinta segundos de entrar alguien te dice haz tú, que tú sabes, y luego se va. Ocho mil comidas de comedor escolar y cuatrocientos caterings, y la frase más repetida de mi vida profesional es «ya te encargas tú, ¿no?».
En doce años no me ha dicho nadie que no. Ni una vez. Nadie me ha dicho de ese horno es mío, apártate.
Alicia Monsalve es la primera.
—¿Te ríes? —dijo.
—No.
—Te estás riendo.
—Estoy pensando que vas a estar cuatro horas de pie delante de un horno que calienta mal y que tiene la puerta que hay que cerrar con la cadera.
—Pues sí.
—Pues vale.
Cogí la silla de los brazos y la bajé yo al portal, para que se la llevara Sergio, y en el tercero, esperando el ascensor, me quedé con la silla en la mano más tiempo del que hacía falta.
Volví a subir.
Ella estaba escribiendo en la ficha de los tiempos, tachando y volviendo a escribir. Tenía las manos frías porque en esa casa todo el mundo tiene las manos frías, y se las había metido dentro de las mangas del jersey y escribía con los dedos justos.
Y sin pensarlo mucho le dije que el veinticuatro yo le subía un termo de café a las seis.
—¿Un termo.
—Un termo. Porque a las seis vas a estar sola aquí arriba y no vas a bajar a por nada.
Me miró un segundo de más.
—Vale —dijo.
Y escribió «termo 18:00» en la ficha, en la columna de los tiempos, como si fuera una tarea.
Hoja de servicio.
Nueve sillas arriba, una bajada. Quedan tres por conseguir.
Horno a mando seis, que son unos ciento noventa.
Calienta más por la derecha; hay que girar la bandeja a la mitad.
El veinticuatro habrá una persona de pie cuatro horas en un sitio donde no pasa nadie a preguntarle si ha comido. Termo a las seis.