Al diablo con la Navidad de película (Al diablo con… 2) 13
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Entregué el episodio cinco de «Segunda línea» a las siete y cuarenta de la mañana del lunes.

Había dormido cuatro horas. De esas cuatro, dos y media seguidas.

Me levanté a las seis y veinte porque me sonó una alarma que había puesto a las tres y cuarto pensando que me daría tiempo a dormir hasta las siete, y a las siete y cuarenta le di a enviar con los ojos ardiendo y una taza de café con leche fría al lado del ratón.

Ciento cuarenta y siete Solveigs. Las ciento cuarenta y siete corregidas una a una.

Sonia contestó a las ocho y cuatro: «Genial!! Gracias». Dos exclamaciones.

A las nueve y media estaba en el mercado comprando una pierna de cordero de kilo ochocientos que no era para el veinticuatro.

Era para el trece.

Esto es lo que nadie entiende de mí y lo que yo he dejado de explicar: que una cena para doce en una casa que no conoces no se calcula, se prueba.

El horno de Begoña tiene treinta y tantos años y un mando que va del uno al ocho sin ningún número intermedio.

Poner ahí una pierna de cordero el veinticuatro a las ocho y cuarto de la tarde, por primera vez, delante de doce personas, es lo mismo que subirse a un escenario sin ensayo.

El carnicero me preguntó si era para Navidad.

—Para el lunes.

—¿Para hoy?

—Para hoy.

Me miró un segundo más de lo normal, porque comprar una pierna de cordero de kilo ochocientos un lunes trece de diciembre a las nueve y media de la mañana es una cosa que hace la gente que va a celebrar algo, y yo no llevaba cara de celebrar nada.

Treinta y un euros. Míos. No de los doscientos veinte.

Antes de subir pasé por una tienda de menaje de la calle Alcalá y compré un termómetro de sonda de dieciséis euros, de los de pincho y cable, que es el más barato que había y que funciona igual que uno de sesenta.

Y me llevé de mi casa un calefactor de mil doscientos vatios dentro de una bolsa de Ikea, en el metro, a las diez de la mañana, porque en el cuarto A hace ocho grados y no se puede trabajar ocho horas a ocho grados.

Subí a las once.

Jaime llegó a las doce con su cuaderno.

—¿Eso qué es?

—Un ensayo.

Miró el cordero. Miró el termómetro, que todavía estaba en su caja. Y no dijo nada de los dos, pero hizo esa cosa que hace con la boca cuando algo le parece bien y no quiere decirlo, que es no hacer nada con la boca.

Encendimos el horno a las doce y cuarto. Yo enchufé el calefactor en el salón y me senté a trabajar en la mesa de seis, con el abrigo puesto, revisando la factura de los tres episodios que Vertiz todavía no me había pagado.

El cordero entró a las doce y media.

A las doce y cincuenta y uno se apagó todo.

Lo que se apaga en una casa así es más de lo que uno se espera. Se apaga la luz, se apaga el horno, se apaga el calefactor, y lo que más se nota es que se apaga el ruido, porque un horno de treinta años hace un zumbido que uno deja de oír a los tres minutos y que solo existe cuando se va.

—Los plomos —dijo Jaime desde la cocina.

—Ya lo sé.

—El calefactor.

—Ya lo sé.

Fui al pasillo. La puertecilla del cuadro está a la altura de la cabeza, pintada del mismo color que la pared, y se abre empujando hacia arriba, y yo lo sabía porque Vicente me lo había dicho tres veces, y aun así tiré.

Se atascó.

Bajé a por Vicente.

Subió con una linterna de las de mango largo y con una paciencia de hombre que ha subido a hacer esto cuatrocientas veces en cuarenta y tres años. Empujó hacia arriba. La puertecilla se abrió. Dentro había seis magnetotérmicos y uno bajado.

—Este es el de la cocina —dijo—. Y va con el salón.

—¿Cómo que va con el salón?

—Que es el mismo. Esta instalación es del sesenta y ocho. Cocina y salón, el mismo. La señora Begoña lo sabía y por eso ella nunca tenía nada enchufado cuando ponía el horno.

Treinta Nochebuenas.

Mi tía llevaba treinta Nochebuenas sin encender nada que gastara mientras el horno estaba puesto, y nadie de esa familia lo supo nunca, porque lo que se ve desde el salón es a una señora que saca las cosas a su hora.

Vicente subió el magnetotérmico y volvió la luz.

—Regla —dije, y ya estaba buscando el rotulador—. Un horno. Una bandeja. Nada de alto consumo en el circuito.

—Eso es —dijo Vicente—. Y el microondas tampoco, que es de los que tiran.

Lo escribí en una ficha en blanco y la pegué en el marco de la puerta de la cocina, al lado de la de los tiempos. Letra grande.

—Y otra cosa —dijo Vicente, ya en la puerta—. Menos mal que hoy es lunes.

—¿Por?

—Que los jueves yo me voy a las ocho. Tengo la peña.

El cordero salió a la una y cuarenta.

La sonda marcaba setenta y uno en el centro y por fuera estaba pálido por un lado, porque el horno calienta más por la derecha, cosa que tampoco sabía nadie.

Comimos cordero de pie en la cocina, con dos tenedores y sin plato, a las dos menos diez.

Directamente de la bandeja, apoyados los dos en la encimera, él a la derecha y yo a la izquierda, turnándonos sin decir nada, que es una cosa que se hace con la gente con la que tienes confianza y que nosotros no teníamos.

Estaba bueno.

—Setenta y uno —dijo él—. Con esta sonda. El veinticuatro, si lo sacas a sesenta y ocho y lo tapas veinte minutos, sube solo.

—¿Sube solo?

—Sube tres o cuatro. Siempre.

—¿Y eso por qué?

—Porque la pieza sigue caliente por dentro y el calor va del centro hacia fuera. Si lo cortas nada más sacarlo, se te va todo el jugo a la tabla. Si esperas veinte minutos, se queda dentro.

Lo apunté. Y luego apunté, debajo, «preguntar por qué antes de discutir», y taché lo segundo inmediatamente porque me dio vergüenza haberlo escrito.

A las seis y media volvió a irse la luz, esta vez porque probé a poner el horno con el microondas, que era la otra cosa que había que saber. Vicente ya estaba a punto de irse. Subió otra vez, empujó hacia arriba, subió el magnetotérmico y dijo que la próxima vez le avisáramos antes de las ocho.

Y a las siete y diez se fue la luz la tercera vez, sin que hubiéramos tocado nada, y no volvió durante diez minutos.

Eso no fue el cuadro. Eso fue la calle, o el edificio, o lo que sea que se va diez minutos en diciembre en un edificio del sesenta y ocho.

Nos quedamos los dos en la cocina, de pie, cada uno con la linterna del móvil apuntando al suelo, que es como se apunta una linterna cuando hay otra persona delante.

—¿Bajo a ver? —dijo él.

—No hay nadie a quien ver. Vicente se ha ido.

—Ya.

Diez minutos son diez minutos. Es mucho más de lo que parece. En diez minutos a oscuras con alguien, de pie, en una cocina de dos metros y medio, hay tiempo para decir dos cosas, quedarse callado, decir otra, quedarse callado otra vez y darse cuenta de que no te estás moviendo hacia la puerta.

Hablamos del cordero. Hablamos de la sonda. Hablamos de si Charo iba a pagar.

Y en el minuto siete, más o menos, apagué la linterna del móvil, porque se me estaba gastando la batería y porque no hacía falta, y él no apagó la suya, y durante un rato la única luz de esa cocina fue la que él tenía apuntando al suelo entre los dos pies de los dos.

Volvió la luz a las siete y veinte. Los dos parpadeamos y él se metió las manos en los bolsillos.

—Bueno —dijo.

—Bueno.

Recogimos. Bajé el calefactor a casa en la bolsa de Ikea, en el metro, a las nueve de la noche, y en el vagón pensé en que llevaba dieciséis euros de sonda, treinta y uno de cordero y cuarenta y cuatro de cuota gastados en esta cena y que Vertiz seguía sin pagarme los tres episodios de noviembre.

Y pensé una cosa más, que no era sobre dinero, y que consistió exactamente en acordarme de que había apagado la linterna a propósito.

Subtítulo descartado.

00:26:33,120 / 00:26:35,800 «Estuvimos diez minutos a oscuras y no pasó nada. Lo digo por escrito.» Guía Nordika, cuarenta por línea. Sesenta y ocho caracteres. Mando «No había luz».