12
La prueba de aforo la convocó ella para la una del domingo y vinieron ocho, que es justo la cantidad que hace falta para demostrar que doce no caben.
Alicia, yo, Noelia con Daniela, Sergio, Loli, Iván y Vicente.
El planteamiento era sencillo y era suyo: sentarse. Nada más. Sentarse en la mesa que hay, con las sillas que hay, y ver qué pasa.
Lo que hay es una mesa de ciento cuarenta por ochenta y cinco y seis sillas, una de ellas con brazos y otra que cojea.
Nos sentamos ocho a la una y diez.
Caben ocho si dos se ponen en las esquinas de la mesa con medio plato fuera, si nadie mueve la silla hacia atrás y si a los de la parte de la pared no se les ocurre levantarse. Daniela estuvo veinte minutos comiendo con el codo pegado al costado.
Alicia lo cronometró. No lo digo como una broma: sacó el móvil y midió cuánto tardaba una persona del lado de la pared en levantarse e ir a la cocina. Cuarenta y un segundos, con dos personas moviendo la silla.
—Con doce son dos minutos —dijo.
—Con doce no se levanta nadie —dije yo.
—Con doce y alguien que tiene que ir al baño, se levantan cinco.
Saqué el metro.
Para doce hacen falta dos veinte de largo. La mesa tiene uno cuarenta. Faltan ochenta centímetros, que son dos tableros de cuarenta o uno de ochenta, y con los tableros puestos la mesa se come el paso de la cocina, que ya es de ochenta y cuatro.
—Hay que separar la mesa de la pared —dijo ella.
—Si la separas, el paso baja a cuarenta.
—Entonces no se separa.
—Entonces los tableros van hacia la ventana y el que se siente en la cabecera de ese lado tiene el radiador en la espalda.
—Pues el radiador.
Lo apuntamos los dos, cada uno en su papel, que es una cosa que hacemos y que no hemos comentado nunca.
Sergio dijo que él conseguía los tableros, que su cuñado tiene un almacén, y que si hacía falta traía también dos caballetes.
Loli llegó a la una y media con su fuente.
Traía el plato de siempre, tapado con papel de aluminio y con un paño encima, en una bolsa de tela, en autobús, desde Moratalaz.
—Que lo probéis —dijo—. Que me ha dicho Alicia que este año lo hacemos a las ocho y media con veinticinco minutos y quiero ver cómo sale.
Salió bien. Sale bien siempre. Lleva treinta años saliendo bien.
Y lleva pasas, como todos los años.
Lo puse yo en el centro de la mesa y no dije nada.
Alicia lo miró, miró el bol, se sirvió una cucharada pequeña y no dijo nada tampoco.
Y así estuvimos los dos, comiendo, sin decir nada, delante de una fuente que lleva diez años siendo lo único de esa mesa que no se discute, porque discutir las pasas de Loli es otra cosa que discutir las pasas.
Sergio pasó el décimo a las dos.
Lo había comprado el viernes en la administración de Cartagena, veinte euros, y lo había dividido entre doce a un euro sesenta y siete, y llevaba la foto del décimo en el móvil para enseñársela a todo el mundo y la mandó después a los dos grupos, primero al de Charo y luego al de Iván, con el mismo mensaje copiado.
—Lo he puesto yo —dijo—. Ya me lo vais dando.
Le dieron cinco. Dos dijeron que luego. Vicente le dio dos euros en monedas y no quiso el cambio.
Eso también lo apunté, y lo apunté porque llevo doce años en caterings y sé perfectamente lo que pasa cuando una persona adelanta dinero en un grupo de doce: que lo adelanta siempre la misma, y que al final se lo comen unos cuantos, y que el que lo adelantó no lo reclama porque reclamar veinte euros queda peor que perderlos.
Lo de Iván fue a las tres menos cuarto.
Había una fuente de canapés de los que hice yo el sábado y quedaban seis, y Noelia le pasó la fuente a Iván, y él dijo que no, gracias, que ya había comido mucho.
Y ahí Loli, que es Loli, le dijo que si le pasaba algo, que llevaba toda la comida sin coger nada.
—Que no, que no, que está todo buenísimo.
—Pues come, hijo.
—Es que son de jamón.
Silencio de dos segundos.
—Soy vegetariano —dijo—. Desde agosto.
Alicia dejó el tenedor.
—Iván, yo te pregunté.
—Ya.
—El siete. Te escribí y te pregunté si había algo que no comieras.
—Ya, sí. Y te dije que como de todo.
—¿Por qué?
Y el chaval, que tiene veintinueve años y que lleva dos Navidades sentándose donde puede en una casa que no es de su familia, dijo lo que ya sabíamos todos.
—Porque no quería complicarlo.
Nadie dijo nada durante un rato, y luego Sergio dijo algo del pavo y se habló de otra cosa.
Alicia no dijo ni una palabra más en toda la comida sobre el asunto, y a mí eso me pareció peor que si hubiera dicho algo.
A las cinco se fueron todos.
Vicente, al salir, dijo que aquí hacía un frío que pelaba y que la caldera está dada de baja desde el uno, y Alicia le dijo que el lunes subía un calefactor de su casa, que en el salón se está mejor con algo puesto.
Nos quedamos los dos midiendo.
Y medir una mesa entre dos, de rodillas, con un metro de metal que se sale del canto cada vez que llegas al final, es un trabajo que no se puede hacer con un metro de distancia.
Ella sujetaba el cero en la esquina de la pared y yo estiraba hacia el paso de la cocina, y al llegar al final me faltaba visión, así que volví andando de rodillas por el lado corto en vez de soltarlo, y nos quedamos los dos agachados en el mismo metro cuadrado, mirando la misma marca.
Ochenta y cuatro.
Lo dijimos los dos a la vez y los dos nos callamos inmediatamente después, y estuvimos así lo que se tarda en respirar cuatro o cinco veces, que es un tiempo que yo no había medido nunca hasta ese día y que ahora sé exactamente cuánto dura.
Se levantó ella primero. Se sacudió las rodillas del pantalón y dijo que el lunes había que probar el horno con carga real, con un cordero de verdad, porque un horno de mil novecientos noventa y tantos con un mando sin números no se estrena el veinticuatro delante de doce personas.
Le dije que eso era lo primero sensato que había dicho en once días.
Me dijo que me fuera a la mierda y se puso el abrigo.
Hoja de servicio.
Ocho comensales en una mesa de ciento cuarenta por ochenta y cinco.
Caben ocho mal. Cuarenta y un segundos tarda en levantarse el del lado de la pared.
Con doce, dos minutos. Hay un vegetariano desde agosto en la ficha que pone «normal».
Lleva cuatro meses comiendo guarnición y diciendo que ya ha comido.