Al diablo con la Navidad de película (Al diablo con… 2) 11
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El episodio cinco de «Segunda línea» tiene un personaje que se llama Solveig y la plantilla la llama Solveig, Solvieg y Sólveig, las tres cosas, en el mismo archivo, y una vez la llama «la mujer».

Eso son ciento cuarenta y siete apariciones que hay que revisar una a una, porque buscar y reemplazar no vale cuando el error no es siempre el mismo error.

Y además hay que mirar el audio cada vez, porque en tres sitios la plantilla le ha puesto el nombre a un personaje que no lo dice, y en dos le ha quitado el nombre a una frase donde sí lo dice, y esas cinco son las que importan, porque en una serie policial el espectador está intentando saber quién sabe qué.

Empecé a las ocho y media de la mañana del sábado. A las once y media llevaba sesenta.

Lo dejo dicho aquí porque después he tenido que explicárselo a gente que no lo entiende: el retraso no empezó el veintitrés. Empezó el once de diciembre, un sábado por la mañana, cuando decidí parar a las once y media para rehacer un menú.

Y lo rehice porque el viernes, subiendo una caja de diez kilos por unas escaleras, me di cuenta de que había hecho un menú para doce personas sin preguntarle a ninguna qué puede comer.

Llamé a Loli a las doce menos cuarto.

—Loli, una cosa. ¿Hay algo que no puedas comer?

—Ay, no, hija, yo como de todo.

—¿Seguro? Que estoy cerrando el menú.

—De todo, de todo. Yo no soy nada especial.

—¿Nada duro, nada picante, nada…?

—Nada, nada. Tú haz lo que quieras, que yo con lo que sea.

—¿Y los frutos secos?

—También. Bueno, las almendras crudas no mucho. Pero vamos, que da igual.

Colgué y escribí en su ficha, en la casilla del plato, «sin restricciones» y, al lado, entre paréntesis, «almendra cruda no», y me sentí muy bien conmigo misma por haber preguntado tres veces.

A la una llamé a Jaime para cuadrar cantidades y le leí el menú entero, y cuando llegué a la picada de almendra del segundo, me cortó.

—Eso quítalo.

—¿Por qué?

—Porque Loli no puede con nada duro.

Me quedé con el boli en el aire.

—Acabo de hablar con ella. Me ha dicho que come de todo.

—Ya.

—Se lo he preguntado tres veces.

—Ya.

—Jaime.

—Alicia, a Loli le pusieron una prótesis hace cuatro años y le ha bailado siempre. Come pan de molde. Corta la carne en trozos de un centímetro. Bebe agua entre bocado y bocado, y si le pones un canapé de esos con la base tostada, lo coge, lo deja en el plato y dice que es que ha merendado mucho.

—¿Y eso te lo ha dicho ella?

—No.

—¿Entonces?

—Que llevo diez años sirviéndole. Y que la última vez que alguien le preguntó delante de todo el mundo si podía masticar algo fue mi madre, hace seis años, y Loli se puso colorada hasta las orejas y dijo que sí y luego no cenó.

Me senté en la silla del escritorio.

—Por eso trae siempre lo mismo —dije.

—Por eso trae siempre lo mismo.

Y ahí lo entendí entero, que es una cosa que me pasó de golpe y que me duró mal el resto del día.

Loli lleva treinta años llevando su fuente a casa de Begoña para no tener que decirle a nadie lo que no puede comer.

Se ha buscado ella sola una solución que consiste en cargar con un kilo y medio de comida en el autobús todos los veinticuatro de diciembre para que la mesa no tenga que preguntarle nada.

Yo llevaba once días construyendo un sistema de once fichas, tres casillas y un plano de mesa para que doce personas cenaran sin tener que pedir nada, y habría hecho lo mismo sin enterarme.

Fui al piso a las cuatro.

Él estaba montando la despensa, que consiste en sacar de la nevera de Begoña lo que no cabe y meterlo en cajas por orden de caducidad, y llevaba el jersey subido hasta los codos porque en esa casa hace frío pero no cuando estás moviendo cosas.

Rehice el menú por texturas, sentada en la mesa de seis, y tardé dos horas.

Rehacer un menú por texturas no es quitar lo duro. Es otra cosa y me llevó las dos horas entenderlo.

Consiste en que en cada momento de la cena haya algo que pueda comer todo el mundo, sin que nadie tenga que elegir delante de los demás.

Si en el entrante hay cuatro cosas y tres son crujientes, la persona que no puede con lo crujiente se queda con una, y se le nota.

Si hay cuatro y dos son blandas, no se le nota.

Así que no quité la picada. Puse al lado una fuente de otra cosa con la misma pinta y sin almendra, y las puse juntas, y esa es la solución entera.

El segundo problema fue el pan. En una mesa de doce siempre hay una barra cortada en rebanadas gruesas, porque es lo que hace el que corta. Escribí «pan: rebanada fina, cortarlo yo» y lo subrayé.

Y mientras lo rehacía lo miré trabajar, y esto lo apunto porque yo antes no miraba a nadie trabajar.

Cincuenta minutos. En cincuenta minutos no dejó nada dos veces.

Eso es lo que vi. Coge un bote, mira la fecha, y el bote ya no vuelve a moverse: o va a la caja de enero o va a la caja de marzo o va a la basura.

No hay una tercera vuelta. Yo, cuando ordeno un archivo de subtítulos, paso tres veces por la misma línea.

Trabaja en el sentido de las agujas del reloj. De la nevera a la encimera, de la encimera a las cajas, de las cajas al pasillo, y vuelve por el otro lado. No cruza nunca su propio camino. Le pregunté si lo hacía a propósito y me dijo que sí, que eso se aprende el primer mes o te caes.

Y hace una cosa con las manos que no había visto nunca: cuando va a coger algo que está detrás de otra cosa, mueve primero lo de delante y lo deja en su sitio nuevo, y después coge lo de detrás.

No alarga el brazo por encima. Dice que así no se tira nada, y lleva doce años sin tirar nada, y yo llevo treinta y siete tirando cosas.

Tiene una quemadura en el antebrazo derecho, a cuatro dedos de la muñeca, de unos dos centímetros, blanca y con el borde más claro que la piel.

Es de las que dejan las bandejas cuando se sale el brazo del guante.

Se la vi a las cinco y veinte y estuve el resto de la tarde sin volver a mirarla, que es distinto de no haberla visto.

A las siete le enseñé el menú nuevo.

—Está bien —dijo.

—¿Nada más?

—Está bien. Lo de la picada la pones al lado de la otra fuente, ¿no?

—Sí.

—Vale. Pues está bien.

Y volvió a las cajas.

Yo me quedé con el papel en la mano pensando dos cosas a la vez. Una, que en once días esa era la primera vez que le había enseñado algo esperando que dijera que sí. Y otra, que se había dado cuenta de lo de las dos fuentes sin que yo se lo explicara.

A las nueve de la noche volví a «Segunda línea» y a la una y media de la madrugada llevaba noventa Solveigs de ciento cuarenta y siete.

Subtítulo descartado.

00:33:52,640 / 00:33:55,120 «Come de todo. Lleva cuatro años comiendo de todo lo que puede masticar.» Guía Nordika, cuarenta por línea. Setenta caracteres. Mando «Como de todo».