Al diablo con la Navidad de película (Al diablo con… 2) 10
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Doce personas a veintidós euros son doscientos sesenta y cuatro. Descontando a Daniela, que tiene siete años, y a Quique, que trae el hielo y las bolsas, quedan diez pagadores y doscientos veinte euros.

Habían pagado nueve.

Lo comprobé el viernes por la mañana en la cuenta que abrió Alicia para esto, que es una cuenta de esas de aplicación, con su captura de pantalla y todo, porque ella hace capturas de pantalla de las cosas.

Begoña, Marisa, Noelia, Loli, Sergio, Vicente, Iván, Jaime y Alicia. Nueve conceptos, nueve veintidós.

Faltaba Charo.

Charo, que el sábado cuatro propuso ir a un restaurante de sesenta y cinco euros por cabeza y que llevaba desde entonces sin escribir en su propio grupo salvo para mandar una foto de un belén.

Y había un movimiento más. Otro veintidós. De Alicia otra vez, cinco días después del primero, con el concepto «ajuste».

Doscientos veinte menos doscientos dos son dieciocho, que es lo que faltaba, y ella había puesto veintidós y había llamado a eso ajuste.

Le hice una foto a la pantalla y no se la mandé.

Salí a comprar a las ocho y media de la mañana porque el día quince sube todo.

Esto no es una manera de hablar. El besugo que la semana del ocho está a catorce euros el kilo, la semana del veinte está a treinta y uno, y el mismo pescadero te lo dice mientras te lo envuelve.

Las gambas igual. El cordero igual. Lo único que no se mueve es lo que viene en caja, y por eso la compra de Navidad de cualquiera que sepa lo que hace se divide en dos: lo que se compra el diez y se congela o se guarda, y lo que hay que comprar el veintitrés porque no aguanta.

Con doscientos veinte euros para doce personas no se cena mal, pero hay que hacerlo el diez.

Fui al mercado de la Guindalera con un carro y la lista de Alicia.

La lista de Alicia son dos columnas y treinta y una líneas y está escrita con rotulador fino, y al lado de casi cada cosa hay una cantidad en gramos, porque ella no pone «medio kilo de gambas», pone «450 g gambas» y luego, entre paréntesis, «(37 g/persona)».

Discutí conmigo mismo en el pescadero sobre los treinta y siete gramos por persona y compré quinientos, que son cuarenta y uno, porque Sergio come el doble y nadie lo tiene previsto nunca.

En la línea veintitrés de la lista ponía:

«Turrón de yema tostada. El de la caja azul. NO el de la caja roja».

En mayúsculas lo del NO.

Me pasé veinte minutos en el pasillo de turrones de un supermercado de la calle Cartagena buscando una caja azul.

Había siete marcas. Tres tenían caja azul.

Dos de esas tres tenían yema tostada. Una era la de la caja azul oscuro con la letra dorada y la otra era la de la caja azul claro con un dibujo de un almendro.

Le mandé una foto de las dos.

Contestó en cuarenta segundos: «La oscura».

Y luego, sin que yo preguntara: «La clara lleva miel y no le gusta».

No le gusta. Singular.

En una lista de treinta y una líneas para doce personas, con los gramos por persona calculados, había una línea que era para una sola persona, y esa persona no figuraba por ninguna parte.

La llamé desde el aparcamiento.

—¿Para quién es el turrón?

—Para la mesa.

—Alicia.

Silencio de dos segundos, que ya he dicho que en ella es mucho.

—Es de Charo.

Me quedé con el carro parado en mitad de una plaza de minusválidos.

—¿De Charo.

—Sí.

—Charo, que no ha pagado.

—Ya.

—Charo, que quería ir a un restaurante de sesenta y cinco euros por cabeza sabiendo cómo está Quique.

—Ya. —Oí que se sentaba, o que se apoyaba en algo—. Es la única que lo come. Los demás no lo tocan. Si compras la caja roja se queda entera y ella no dice nada, coge un trozo y lo deja en el plato.

—¿Y cómo sabes tú eso?

—Porque lo compraba mi madre.

Y ya está. No dijo nada más.

Yo tenía una mano en el carro y la otra en el móvil y estuve a punto de preguntar. Se me quedó la pregunta entera formada en la boca, que era desde cuándo, y no la hice, porque las cosas que alguien te dice en cinco palabras desde una plaza de aparcamiento se dicen así a propósito.

—Vale —dije—. La azul oscura.

—Y no la pongas hasta el final. Si la sacas con lo demás, se lo come Sergio sin mirar.

Colgué y me quedé un rato con la lista en la mano.

Llevo diez años pensando que Alicia Monsalve organiza porque le gusta mandar. Es lo que dice todo el mundo de ella y es lo que digo yo, y lo he dicho en esa cocina delante de cuatro personas.

Una lista con los gramos por persona es de alguien a quien le gusta mandar.

Una lista con los gramos por persona y una línea en mayúsculas para que a una señora que no ha pagado y que la trata fatal no le pongan delante un turrón con miel es de alguien que lleva mucho tiempo llevando una cuenta que no le ha pedido nadie.

Y si nadie te ha pedido que la lleves, tampoco te releva nadie.

Subí la compra al cuarto A a las doce y media, en tres viajes, con el ascensor hasta el tercero y diecisiete escalones cada vez.

Ella llegó en el segundo viaje, con la carpeta y el abrigo puesto, y estaba yo bajando cuando la vi subir.

—Deja eso —dijo—. Subo yo la caja de arriba.

—Pesa diez kilos.

—Y yo peso cincuenta y ocho.

Subimos los dos con la misma caja, uno por cada asa, de lado por las escaleras, y no cabíamos, y en el rellano del tercero nos quedamos parados un momento para cambiar la mano, y ella tenía la cara a la altura de mi hombro y se estaba riendo de algo que había dicho yo y que no me pareció gracioso al decirlo.

Le sonó el móvil en el bolsillo del abrigo. Era Loli.

Dejó la caja en el suelo.

Eso lo hizo antes de contestar. No contestó con la caja en la mano y el móvil en el hombro, que es lo que hace todo el mundo. Dejó la caja en el suelo, con cuidado, se apartó dos pasos y entonces contestó.

Y en noventa segundos resolvió lo de Loli, que era que Loli necesitaba el horno cuarenta minutos a las ocho y media, y lo resolvió sin decirle a Loli en ningún momento que no, ni que el horno estaba ocupado, ni que su plato era un problema.

Le preguntó si lo suyo aguantaba hecho de la mañana.

Le dijo que no. Le preguntó si aguantaba veinticinco minutos en vez de cuarenta si lo tapaba.

Le dijo que se le quedaba pálido por arriba.

Le preguntó si le importaba que se lo terminaran ellos arriba con el grill dos minutos mientras ella se sentaba.

Y Loli dijo que bueno, que si se lo terminaban ellos, vale.

Colgó, cogió su asa de la caja y dijo:

—Dos minutos de grill a las nueve menos cuarto. Apúntalo.

Subimos los diecisiete escalones que quedaban.

Hoja de servicio.

Compra para doce hecha el día diez. El quince sube todo. Quinientos gramos de gamba para cuatrocientos cincuenta calculados. Sergio come el doble y nadie lo tiene previsto. Turrón de yema tostada, caja azul oscura, no la clara. Se saca al final para que llegue entero a la única persona que lo come.