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Entregué los tres episodios revisados de «Casas imposibles» a las ocho y cuarenta y uno de la mañana y a las ocho y cuarenta y cinco Sonia me mandó un pulgar hacia arriba y, en el mismo mensaje, dos archivos nuevos.
«Segunda línea», episodios cuatro y cinco. Cuarenta y ocho minutos cada uno. Para el lunes.
Y una línea más: «Este viene ya con plantilla, así que es solo revisión :)».
Abrí el primero.
Una serie policial noruega en la que una inspectora de Bergen investiga la desaparición de un chaval en un pueblo de fiordo, y que en la versión que me habían mandado empezaba con un subtítulo que decía: «Por favor, considere colaborar con nosotros en este asunto».
Fui al audio. Lo que la inspectora le dice al detenido, en noruego, dura un segundo y medio y suena como una bofetada.
Eso es la plantilla. Un archivo que ha salido de una máquina que ha traducido desde el inglés, que a su vez había traducido del noruego, con el resultado de que todos los personajes de una serie sobre un crimen hablan como una carta de una compañía eléctrica.
La máquina, además, es educadísima. Cuanto peor es lo que dice alguien, más lo suaviza.
Un tío que en el minuto veintidós amenaza a su cuñada con quemarle la casa, en la plantilla le sugiere que reconsidere su postura.
Y todo eso es «solo revisión», que es la palabra que se ha inventado el sector para decir que hay que hacer el trabajo entero cobrando dos tercios.
«Casas imposibles» estaba a cinco euros el minuto.
La posedición de «Segunda línea» está a tres con veinte.
Noventa y seis minutos por tres con veinte son trescientos siete con veinte euros por dos episodios que me van a llevar, con la plantilla que tienen, lo mismo que si los tradujera desde cero, o sea dos días y medio.
Lo acepté a las nueve menos diez. Trescientos siete euros son el recibo de la luz de dos meses, y en diciembre no se discute una tarifa: se cobra.
A las diez ya estaba metida.
Tiene su gusto, lo digo. Cuando una plantilla es tan mala que hay que rehacerla, uno se olvida de que está rehaciéndola y se pone a traducir, que es lo que sé hacer.
Y en una serie noruega de doce capítulos hay al menos tres sitios donde el guionista ha puesto una frase corta que lo dice todo y donde la máquina ha puesto catorce palabras.
Minuto dieciocho. La inspectora le pregunta a la madre del desaparecido cuándo fue la última vez que vio a su hijo. La madre contesta algo de tres palabras. La plantilla lo había resuelto con: «Me resulta difícil precisar el momento exacto».
Lo que dice la madre, según el audio y según cualquier persona que haya tenido un hijo, es: «El martes. Creo».
Dieciséis caracteres. Cabe en una línea. Con eso se paga un día entero de trabajo y todavía no me lo han pagado.
A la una y veinte me sonó el móvil con una notificación de un grupo nuevo.
«Nochebuena definitivo».
Pensé que era el de Charo hasta que vi que la foto no era la bola con purpurina. Era una foto de un plato de canapés sacada de internet. Administrador: Iván.
Y debajo, su primer mensaje: «Hola!! Como no estaba en ninguno he hecho uno, avisadme si me falta alguien».
Ocho miembros. Él, Marisa, Begoña, Jaime, Noelia, Sergio, Loli y yo.
No estaba Charo. No estaba Quique. No estaba Vicente.
Me quedé mirándolo con la mano en el ratón. Tenía dos grupos abiertos con el mismo nombre, con gente distinta, y ninguno de los dos tenía a las doce personas que van a cenar el veinticuatro.
Escribí en el de Iván: «Estamos todos menos Charo, Quique y Vicente. Los meto».
Y no los metí.
Los iba a meter. Tenía el dedo encima. Y entonces pensé en cómo se hace eso, que consiste en añadir a Charo Lasheras a un grupo que ha creado el sobrino de Marisa porque Charo Lasheras no lo metió a él en el suyo, y en que a los diez segundos Charo iba a preguntar en el otro grupo qué es eso de que hay otro grupo.
Así que hice lo que hace cualquiera: escribí la información dos veces.
En el de Iván: cena el veinticuatro en Prosperidad, nueve y media, cada uno trae silla y una parte. En el de Charo: lo mismo.
Y en ese momento, a la una y media de un jueves, empezó oficialmente el problema que iba a tener toda la Navidad, que es que la información dejó de estar en un sitio.
A las cinco Jaime me mandó una foto de un papel con la lista de la compra dividida en dos columnas, y encima de la columna de la derecha había escrito «esto sube de precio el 15».
Le contesté con una pregunta. Me contestó en dos minutos con otra foto. Le mandé el plano de la mesa con las medidas. Me devolvió el mismo plano con una raya roja y tres palabras.
Cuarenta segundos de media. Lo miré porque lo miro todo. Sonia me había escrito a las once y veinte y le contesté a la una y cinco. Jaime me escribe y contesto en cuarenta segundos, y no porque sea urgente: es que cuando hay un mensaje suyo en la pantalla, lo abro antes que los otros.
Eso es un dato. Los datos no opinan y yo tampoco pensaba opinar sobre ese a las cinco de la tarde de un jueves con un episodio y medio pendiente.
Lo que sí pensé, sin ninguna clase de ceremonia, fue que llevaba tres días trabajando con él y que no me había costado ni una vez.
Eso antes no pasaba. Antes, cada veinticuatro de diciembre, había un momento sobre las siete y media en que él entraba en la cocina de mi tía y yo me ponía de espaldas a la encimera.
Y este año llevo nueve días con un reparto de tareas con ese hombre y lo peor que ha pasado es que discutimos por un horno.
Volví al episodio cuatro a las cinco y media y me di cuenta de que había dejado el móvil boca arriba, al lado del teclado, en vez de boca abajo, que es como lo dejo cuando trabajo.
Le di la vuelta. A los veinte minutos estaba otra vez boca arriba y no me acordaba de haberlo tocado.
Entregué el episodio cuatro a las once y cuarenta de la noche. Me quedaba el cinco y me quedaban cuatro días.
Subtítulo descartado.
00:18:02,960 / 00:18:04,320 «El martes. Creo.» Guía Nordika, cuarenta por línea, quince cps. Dieciséis caracteres. Este sí lo mando.