Al diablo con la Navidad de película (Al diablo con… 2) 8
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El ocho era festivo y no tenía comedor, así que me pasé la mañana haciendo lo único que de verdad sé hacer, que es escribir un menú.

Un menú no es una lista de platos. Un menú es una lista de platos con las horas al lado, y si no lleva las horas es un deseo.

Un horno de una bandeja con capacidad para cuarenta y dos centímetros de ancho. Doce personas. Una entrada, un principal, una guarnición caliente y lo de Loli.

Lo hice cuatro veces con distintos órdenes y me salió cuatro veces lo mismo.

Con un solo horno, lo caliente hay que reducirlo a una cosa. Una.

Se hace un asado grande por la mañana, se atempera, se mete a las ocho y cuarto veinticinco minutos y sale a las nueve menos diez.

Todo lo demás se come a temperatura ambiente, y eso no es una derrota: en media España se cena en Nochebuena a temperatura ambiente y se llama entremeses, y en la otra media se llama picoteo y lo hace la gente que no tiene horno.

Ahí está el problema y yo lo sabía cuando lo mandé.

Le mandé el plan a Alicia a las diez de la mañana.

Me contestó a las diez y cuarto con una foto. Era la ficha de Loli, con «horno 40 min» escrito en una esquina.

Luego, un mensaje: «Y Quique no llega hasta las 21:20. No se sirve hasta las 21:30».

Y luego otro: «Y no quiero una cena de picoteo».

Subí a las seis.

Estaba sola, con el abrigo puesto, porque en ese piso la calefacción está cortada desde que Begoña dio de baja el contrato del gas. Se lo había dicho el domingo y se lo volví a decir. Me dijo que ya lo sabía y siguió escribiendo.

—Loli mete lo suyo a las ocho y media —dijo—. Cuarenta minutos. Sale a las nueve y diez.

—Entonces el asado no entra.

—El asado entra antes.

—El asado sale a las nueve menos diez y se empieza a enfriar. Si servimos a las nueve y media, llega templado.

—Se tapa.

—Se tapa y llega templado.

—Pues llega templado.

—Alicia, tengo una solución y la has descartado en un mensaje de seis palabras.

Dejó el boli.

—Porque no quiero un picoteo.

—Es lo mismo pero sin quemarse.

—No es lo mismo.

—Explícamelo.

Y me lo explicó, y no me lo esperaba.

—Porque cuando yo tenía dieciocho años —dijo— en mi casa se cenaba de picoteo el veinticuatro.

Y no era porque nos gustara el jamón. Era porque mi padre estaba en Guadalajara y mi madre ya no estaba, y mi tía se llevaba a Noelia, y a mí me daba pereza encender el horno para una persona. Cuatro años.

Se quedó un segundo.

—Y no pasa nada, ¿eh? Se cena estupendamente. Pero yo sé la diferencia entre una casa donde se pica porque apetece y una casa donde se pica porque nadie ha cocinado. Y estas doce personas también la saben, aunque no se lo hayan dicho nunca.

No dije nada.

Cogí el rotulador de la mesa y le hice la cuenta en la parte de atrás de una ficha en blanco.

Tres cosas que quieren horno. Un horno. Cuarenta minutos, veinticinco minutos y veinte minutos, que son ochenta y cinco, más los tiempos muertos de sacar una bandeja y meter otra, que son cinco cada vez, que son diez.

Noventa y cinco minutos de horno para una cena que se sirve a las nueve y media y que no puede empezar a usar el horno antes de las siete y media porque hasta las siete y media hay gente subiendo sillas.

Ciento veinte disponibles. Noventa y cinco necesarios.

Sobre el papel entra. Sobre el papel entra si nadie abre la puerta, si nadie se retrasa, si Loli no llega a las ocho y veinte con su fuente en la mano y si el horno de mil novecientos noventa y tantos calienta como dice el mando que calienta.

—Entra —dijo ella, mirando el papel.

—Entra justo.

—Entra.

Y ahí es donde tenía que haber dicho lo que sé.

Lo que sé es que una cocina donde todo entra justo no es una cocina, es una promesa.

Que en doce años no he visto un servicio en el que no se retrase algo.

Que la diferencia entre un profesional y alguien que cocina bien en su casa es exactamente esta: el profesional sabe qué se cae primero cuando se cae algo, y lo decide antes, en frío, con papel, cuando todavía no le tiembla nada.

Y no lo dije.

No lo dije porque llevaba dos días viendo cómo se le quedaba la cara cuando cerraba una ficha, y porque el domingo había ganado una discusión y yo le había dejado ganarla, y porque si le decía que su plano no aguanta lo que me iba a contestar era que lo arreglara yo, y si lo arreglaba yo, la cena era mía.

Y también porque acababa de contarme lo de los cuatro años y me había dado cuenta de que no quería quitarle nada esa tarde.

Así que dije que vale.

Ella escribió «asado 20:15 / Loli 20:30 / guarnición 21:05» en una ficha nueva y la pegó en el marco de la puerta de la cocina, que es donde va a estar mirando el veinticuatro.

Después se puso a mandar mensajes.

Estuvo un rato largo con el móvil, de pie, apoyada en la pared, y en un momento dado levantó la vista y dijo, como quien informa de un dato administrativo:

—Voy a mandarle a mi padre la fecha y la dirección.

—Vale.

—Por si acaso.

—Vale.

Escribió. No tardó nada, o sea que era corto. Bloqueó el móvil y lo dejó en la mesa de seis, boca arriba.

Lo miró a los dos minutos. Lo miró a los siete. A los veinte lo cogió, lo desbloqueó, no había nada, y lo dejó otra vez boca arriba en el mismo sitio, un poco más cerca de ella.

No dijo nada más de eso y yo tampoco pregunté, y eso ya no sé si fue respeto o fue lo de siempre.

A las ocho y media empezó a recoger. Yo me quedé de pie delante de la pared mientras ella metía los rotuladores en el estuche.

Once cartulinas blancas, cada una en un rectángulo más claro, a la altura de los ojos.

Y un rectángulo sin nada, abajo a la derecha, con una silla con brazos apoyada justo debajo porque no pasa por el paso de la cocina.

Conté las fichas. Once. Conté los rectángulos. Doce.

Las conté otra vez, las dos cosas, en el mismo orden, como si a la segunda fueran a salir distintas.

Tenía un rotulador en la mano. Lo tuve ahí el tiempo suficiente para saber que lo estaba teniendo.

Lo dejé encima de la mesa con los otros y bajé a por el coche.

Hoja de servicio.

Once raciones apuntadas en la pared. Doce sitios en la mesa. Noventa y cinco minutos de horno para ciento veinte disponibles. Entra si no se cae nada. La ficha que falta es la de la persona que ha escrito las otras once. No la he rellenado.