7
El martes cerré tres fichas y cada una me abrió un problema distinto, que es un rendimiento malísimo y aun así fue el mejor día de la semana.
Tenía que haber estado recortando «Casas imposibles». Llevaba ciento noventa subtítulos de los doscientos ochenta y seis que Sonia me había mandado rehacer gratis el domingo, y me quedaban las siete horas menos las cuatro que ya había metido.
Hice cero.
Empecé por Loli, que es la fácil.
Loli lleva treinta años trayendo lo mismo. No hay que preguntarle qué trae: hay que preguntarle a qué hora llega, y contestarle tres veces que sí, que de verdad, que traiga lo de siempre.
—Loli, soy Alicia.
—¡Ay, hija! ¿Qué tal? ¿Cómo está tu madre?
Mi madre murió hace veinte años. Loli lo sabe perfectamente y lo dice tres o cuatro veces al año, y lo dice sin pensar, como quien empieza una frase por donde la empezaba antes, y siempre se da cuenta a mitad y se queda callada.
—Digo tu hermana.
—Bien. Liada con la niña.
—Claro, claro.
Nueve minutos de conversación para tres datos. Que sube con Sergio, que trae lo de siempre y que llega a las ocho y media, porque Loli siempre llega media hora antes para «ayudar», que significa sentarse en la cocina y contar cosas.
Ficha cerrada en once minutos. La pegué en su hueco y me duró la alegría hasta que Loli, ya despidiéndose, después de que las dos hubiéramos dicho «venga» dos veces, dijo:
—Y lo meto en el horno nada más llegar, que se me tiene que hacer cuarenta minutos.
—¿Cuarenta?
—Cuarenta. Y arriba y abajo, que si no se me queda pálido.
Cuarenta minutos. A las ocho y media. Con un horno de una bandeja y el asado dentro.
Le dije que ya lo hablaríamos y colgué, y escribí en la ficha, en pequeño, en una esquina: «horno 40 min». Y luego, debajo, «hablar con Jaime», que fue la primera vez en toda esta historia que escribí su nombre en un sitio en el que hacía falta.
Segunda: Quique.
A Quique lo llamé a la hora de comer, que es cuando se puede. Trabaja en atención al cliente en un sitio de Vallecas en el que le dan treinta y cinco minutos para comer y los llaman «pausa flexible».
Silla: no tiene, en su piso hay tres taburetes y una silla de escritorio. Plato: hielo y bolsas. Confirmación: sí, seguro, fijo.
—¿A qué hora?
—Yo salgo a las ocho y media.
—El veinticuatro también.
—El veinticuatro también.
Salir a las ocho y media de Vallecas y estar en Prosperidad a las nueve es imposible, y él lo sabía, y yo lo sabía, y estuvimos los dos tres segundos fingiendo que no.
—Quique.
—Que llego. Que llego, tía.
—Llegas a las nueve y veinte.
—Pues a las nueve y veinte.
—Vale. Entonces te pongo en la esquina de la puerta.
—Me da igual dónde me pongas.
—A ti sí. A los ocho que se tienen que levantar para dejarte pasar no.
Se rio y dijo «joder, Alicia», que es lo que dice todo el mundo, y colgamos.
Escribí nueve y veinte y luego escribí, debajo, «no servir hasta 21:30».
Y ahí se me movió todo el plano de la noche, porque si no se sirve hasta las nueve y media, Loli no puede meter nada a las ocho y media, y si Loli no mete nada a las ocho y media hay que meterlo antes, y si se mete antes hay que sacarlo y volver a calentarlo, y el horno solo tiene una bandeja.
Tres fichas y ya tenía dos problemas que se tocaban entre sí.
La tercera fue Iván.
Iván es el sobrino de Marisa y hasta esta semana yo no le había escrito nunca. Le mandé un mensaje explicándole lo del piso, lo del veinticuatro y lo de que cada uno lleva una silla y una parte, y le pedí perdón por no habérselo dicho antes.
No le expliqué por qué no se lo había dicho antes. Él tampoco preguntó.
Contestó a los diez minutos. Que se apuntaba. Que silla tiene, una plegable del camping de su madre. Y que de comida lo que haga falta, que él se adapta.
Le escribí: «¿Alguna cosa que no comas?».
Estuvo escribiendo. Vi el «escribiendo» aparecer y desaparecer tres veces. Yo estaba en ese momento recortando un subtítulo de un señor de Boadilla y no le presté atención, porque el «escribiendo» que aparece y desaparece lo hace todo el mundo.
Al final puso: «yo como de todo, no te compliques».
Escribí «normal» en la casilla del plato y cerré la ficha.
La cuarta no la cerré.
Llamé a Charo a las seis y no lo cogió. Le escribí por el grupo y no contestó. Le escribí por privado a las siete y veinte preguntándole si traía la tarta de queso o si prefería traer otra cosa, y vi los dos checks azules a las siete y veintidós y no contestó tampoco.
Charo contesta cuando le apetece. Lleva haciéndolo desde que yo tengo memoria y en esta familia se ha decidido, sin que nadie lo decidiera, que eso es una característica suya y no una falta de educación.
Dejé su ficha con la silla puesta, el plato puesto a lápiz y la casilla de confirmación vacía.
Noelia vino a las siete con Daniela y con dos sillas en el maletero, dos sillas de verdad, compradas por ella, doce euros el par, recogidas en Moratalaz de camino al colegio.
Es lo que hace mi hermana. No dice que va a ayudar. Aparece con dos sillas.
Subió una ella y yo subí la otra. Hizo un bizum de veintidós euros mientras esperábamos el ascensor, sin decir nada, sin preguntar cuánto era, porque ya se lo había dicho el domingo y ella se acuerda de las cosas que se dicen una vez.
Daniela se sentó en el suelo del salón con un cuaderno y se puso a dibujar el horno, que es lo único que hay.
—¿Y esto? —dijo Noelia, señalando la pared.
—El reparto.
—Ah. —Se acercó. Leyó—. Qué bien.
Leyó las once, una por una, con el abrigo puesto y sin tocarlas.
—¿Y lo de Vicente lo has puesto tú?
—Se lo pregunté el domingo.
—Vicente hace cuatro años que no cena con nadie.
—Ya.
—¿Y cómo lo sabes?
—Porque se lo pregunté.
Y en ese momento llegó Jaime con dos bolsas y una botella de algo, y Noelia, sin pensarlo, sin maldad, mirando la pared, dijo:
—Es que esto lo hace Alicia y no lo hace nadie. De verdad. Si esto lo montamos entre todos, el veinticuatro estamos a las once sin cenar y a alguien se le ha olvidado el pan.
Jaime dejó las bolsas en el suelo.
—Puede ser —dijo.
Y yo, que llevaba veinte minutos de pie, con los pies fríos, después de un día de once horas de trabajo sin facturar y de cuarenta y cuatro euros míos gastados en sillas ajenas, sentí exactamente lo que se siente cuando alguien dice delante de otro que tú eres la única que sabe hacer algo.
Me gustó.
No me molestó, no me pareció injusto y no pensé nada elegante sobre el trabajo invisible de las mujeres. Me gustó y quise que lo repitiera.
Daniela preguntó desde el suelo por qué había un cuadrado sin papel.
—Porque son once —dije.
—¿Y por qué son once si sois doce?
Noelia le dijo que no se metiera.
—Es que sois doce —insistió Daniela—. Lo pone ahí. Ponía doce en el papel de mamá.
—Dani.
—Vale.
Jaime se agachó a coger las bolsas del suelo y tardó en levantarse un poco más de lo que se tarda en coger dos bolsas.
Subtítulo descartado.
00:31:52,880 / 00:31:55,960 «No lo hace nadie porque nadie más lo ha intentado nunca.» Guía Vertiz, treinta y siete por línea. Caben cincuenta y cuatro. Mando «Es que ella tiene muy buen ojo».