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Cuatro sillas por veintidós euros. El transporte me costó treinta y uno.
Esa es la historia entera y lo demás son once horas.
La primera la compré el sábado por la noche, a las doce y veinte, en la cama, que es la hora a la que se compran las sillas de Wallapop.
Cuatro euros, madera, «buen estado», Carabanchel.
La segunda y la tercera eran un lote de dos por diez, Tetuán, «se venden juntas».
La cuarta eran ocho euros y estaba en Las Rozas, y la compré porque en la foto se veía bien y porque a las doce y veinte de la noche Las Rozas parece que está al lado.
Empecé a las nueve y media del lunes, que era festivo y por lo tanto el único día del mes que tengo entero.
En Carabanchel el señor no bajó. Me escribió cinco minutos antes para decirme que el portal estaba abierto y que era el cuarto, y cuando llegué al cuarto la silla estaba en el descansillo con una nota que ponía «es esta» y un sobre pegado con celo para que le dejara el dinero.
No llegué a verle la cara. Le mandé una valoración de cinco estrellas porque en esto la valoración es lo único que tienes.
La silla era buena. Pesaba lo que pesan las sillas buenas, que es lo que no te cuentan.
Con una silla en la mano se entra en el metro.
Con una silla en la mano, a las diez y diez de un festivo, además, no molestas a nadie, porque el metro está vacío y hay un señor con un árbol de Navidad de metro y medio en el vagón de al lado.
El árbol iba metido en su caja pero con la copa fuera, y en cada frenada se inclinaba y le daba en el hombro a una chica que iba leyendo y que no levantó la vista ni una vez.
El problema empezó en Tetuán.
Las dos del lote estaban bien, pero eran dos, y yo ya llevaba una.
La señora que las vendía me dijo que si quería me guardaba una para otro día y le dije que no, que me las llevaba las dos, porque decir que vuelves otro día significa volver otro día, y otro día es el martes, y el martes tengo comedor.
Tres sillas. Una en cada mano y una debajo del brazo, que se puede hacer durante unos ciento cincuenta metros.
El autobús no me dejó subir. No fue antipático. Me dijo que con eso no, y tenía razón, y lo dijo con la cara de quien lo dice cuarenta veces al día en diciembre.
Le escribí a Sergio.
«¿Tienes la furgo hoy?».
«Se la llevó mi cuñado a Toledo hasta el jueves. El jueves te llevo lo que quieras».
El jueves es el nueve. Las sillas estaban en Tetuán el seis.
Volví al metro. De Tetuán a Prosperidad con tres sillas es un transbordo, y un transbordo con tres sillas es lo mismo que sin transbordo pero once minutos más largo y con dos escaleras. En Alonso Martínez una chica me sujetó una puerta y me dijo «madre mía» con muchísimo cariño.
Subí las tres a las doce y media. El ascensor llega al tercero. El último tramo son diecisiete escalones y hay que hacerlo dos veces, porque tres sillas no suben de una.
A la una y cuarto miré Las Rozas.
Cercanías hasta Las Rozas, veinticinco minutos, y luego un autobús urbano, y luego la urbanización, y luego volver con una silla. Dos horas y media si todo salía bien.
Le escribí a la vendedora para preguntarle si podía ir el jueves. Me contestó que el jueves se iba a Valencia y que si no era hoy la ponía otra vez.
Fui.
El Cercanías de un seis de diciembre a la una y media va lleno de gente que vuelve de comprar y de tres chavales con una bolsa de hielo.
Me senté enfrente de una familia entera que llevaba en el regazo una caja de mazapán del tamaño de un microondas, y estuve veinticinco minutos mirando la caja y calculando cuánto pesa una caja de mazapán de ese tamaño, que es lo que hago cuando no tengo nada que hacer.
El autobús urbano tarda trece minutos y para en una rotonda. De la rotonda a la urbanización hay ocho minutos andando por una acera que en algún tramo es un arcén.
La señora de Las Rozas vivía en un chalé pareado con un felpudo que decía «Welcome» y un cartel de la alarma en la verja.
Me abrió con un vaso de agua en la mano y una chaqueta de punto, y lo primero que hizo fue preguntarme si venía en coche.
—En autobús.
—¿En autobús? —Se quedó parada—. Ay, hijo.
La silla estaba en el garaje, apoyada contra una bicicleta estática. Era de comedor, tapizada en beis, con los brazos de madera oscura, y era con diferencia la más bonita de las cuatro.
—Es que tenemos comedor nuevo —dijo—. Estas son de las de antes, que son buenísimas. Mi marido las compró en el noventa y seis.
—Está muy bien.
—¿Y solo te llevas una?
—Solo tenía una puesta.
—Es que hay seis.
Y ahí empezaron los veinte minutos.
Me enseñó las seis. Me explicó de dónde eran. Me explicó por qué habían cambiado el comedor y por qué el nuevo no acaba de gustarle. Me enseñó también una vitrina, que estaba al lado, tapada con una sábana, y me la destapó sin que yo dijera nada.
La vitrina eran cuarenta euros. Era de nogal, con las lunas biseladas y un cajón central que cerraba perfectamente, de esas que hoy cuestan cuatrocientos en una tienda de decoración de Malasaña y las llaman vintage.
En otro momento de mi vida, con otra casa y con una furgoneta, me la habría llevado.
—Cuarenta euros —dijo—. Es que es una pena tirarla.
—Ya lo sé.
—¿No tienes sitio?
—Tengo cuarenta y tres metros en Ciudad Lineal.
—Ay.
Me ofreció café. Le dije que no. Me lo volvió a ofrecer y le dije que no otra vez, y a la tercera me sacó dos polvorones en un plato pequeño y me los comí de pie en el garaje, porque no hay manera humana de decir que no a la tercera.
La silla eran ocho euros. Me los cogió y me dio dos monedas de dos, porque solo llevaba un billete de diez, y me acompañó hasta la verja y me dijo que le mandara una foto cuando la tuviera puesta.
No se la mandé. Se me olvidó tres semanas y ahora ya no toca.
La silla no cabía por el paso de la cocina.
Eso lo descubrí a las seis y veinte de la tarde, arriba, cuando la puse de lado para sacarla del salón. Ochenta y cuatro centímetros de paso. La silla mide setenta y uno de ancho por los brazos, que no parece nada, hasta que intentas pasarla con alguien detrás llevando una fuente.
Y de las tres primeras, la del lote de Tetuán, la de la derecha, cojeaba. No en la tienda de la señora: en el suelo de Begoña, que no es plano, y que a estas alturas tampoco va a dejar de no serlo.
Cuatro sillas. Dos utilizables sin tocarlas, una que hay que calzar, una que no pasa.
Veintidós euros de sillas. Treinta y uno de metro, cercanías, autobús y un café que me tomé de pie en Las Rozas porque me estaba mareando.
Alicia llamó a las cuatro y veintitrés, cuando yo iba en el Cercanías de vuelta.
—¿Dónde estás?
—Volviendo de Las Rozas.
Silencio de un segundo.
—¿Las Rozas?
—Una silla de ocho euros.
—Son las cuatro y veintitrés.
—Ya.
—Has salido a las nueve y media y son las cuatro y veintitrés.
Miré por la ventanilla. Pozuelo, o algo que se parece a Pozuelo.
—¿Y?
—Que no has comido —dijo—. Y que si mañana no puedes cargar nada porque te has quedado sin gasolina hoy, yo tengo que buscar a alguien que suba diez sillas por unas escaleras y no tengo a nadie. Sergio tiene la furgoneta en Toledo.
—Lo sé. Me lo ha dicho.
—Pues eso. Baja en Chamartín, que hay sitios abiertos, y come algo antes de subir.
Y colgó.
Lo cuento tal cual porque tal cual es como fue. No dijo cuídate. Dijo que le suponía un problema de recursos.
Bajé en Chamartín. Comí un bocadillo de tortilla de pie, de esos que en las estaciones cuestan cuatro con cincuenta, y pensé que el bocadillo de tortilla también iba en los treinta y uno.
A las siete y media estaba en el cuarto A colocando las cuatro sillas alrededor de la mesa de seis, para ver cuántas caben cuando caben.
Caben seis y dos en los extremos si nadie tiene que levantarse.
La de los brazos la dejé en el pasillo, de momento, apoyada en la pared, debajo de la pared de las fichas.
Conté las fichas. Once.
Me fui sin decir nada, y en el portal Vicente me dijo que había estado subiendo y bajando gente todo el día y que él, francamente, prefería el ruido.
Hoja de servicio.
Cuatro sillas. Dos sirven, una hay que calzarla, una no pasa por la cocina. Once horas de puerta a puerta. Treinta y un euros de transporte para veintidós de género. Comí a las cinco menos veinte, de pie, en Chamartín, porque alguien me llamó para decirme que no había comido.