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Sonia me escribió a las nueve menos diez de un domingo para preguntarme si podía «echar un ojo» a los episodios uno, dos y tres, ya entregados y ya facturados, para dejarlos también con la guía nueva.
Contesté a las nueve y cinco. «Claro. Son tres archivos completos, unas nueve horas. ¿Los añado al presupuesto de la temporada o abrimos uno aparte?».
A las nueve y siete apareció «escribiendo». Estuvo escribiendo cuarenta segundos y luego dejó de escribir, y ya no volvió a escribir en todo el día, que es la manera moderna de decir que no.
Me duché, me puse el abrigo encima del pijama de cintura para abajo porque nadie me iba a ver de cintura para abajo, y a las once y cuarto estaba en la papelería de Alcalá comprando cartulina y cinta de pintor.
La cartulina son ochenta céntimos el pliego y de un pliego salen ocho fichas.
La cinta de pintor son dos con cuarenta y despega sin arrancar pintura, y eso lo sé porque una vez despegué unos pósits de una pared de alquiler con celo y me costó cuarenta euros de fianza.
Total: cuatro con cero cero. Es la primera vez que me gasto dinero en esta cena y me acuerdo de la cifra porque a partir de ahí dejé de acordarme.
En el metro empecé a escribir las fichas encima de la carpeta.
Escribí once.
Lo cuento en el orden en que pasó porque en el orden en que pasó no parece nada.
Escribí Begoña, Marisa, Noelia, Daniela, Charo, Quique, Loli, Sergio, Vicente, Iván, Jaime.
Conté. Once. Volví a contar. Once. Miré la lista otra vez buscando quién faltaba y no faltaba nadie, y tardé como quince segundos en entenderlo, y cuando lo entendí pensé: bueno, es que yo no soy una invitada.
Y seguí escribiendo.
En cada ficha puse tres casillas, porque el sábado por la noche, después de hablar con Jaime, me había quedado despierta decidiendo qué significa exactamente que una persona esté sentada y comiendo el veinticuatro por la noche.
Significa tres cosas.
Silla: que existe, que cabe por el paso y que alguien sabe cómo llega hasta el cuarto A. Plato: qué trae y si se puede comer, con lo que esa persona pueda masticar, gastar o llevarse. Confirmación: que ha dicho que viene, con hora.
Una ficha con dos casillas no está cerrada. Una ficha con dos casillas es una persona que se queda de pie.
Vicente me abrió el portal sin que yo llamara, porque los domingos está abajo igual que el resto de los días.
—¿Sube a limpiar?
—Subo a trabajar.
—Ah —dijo—. Entonces le bajo la bombilla del pasillo, que está fundida y con la puerta abierta no se ve nada.
Subió él la bombilla. Setenta y ocho años, una escalera de tijera que saca de detrás del mostrador, y una conversación entera sobre la instalación mientras la cambiaba, en la que me explicó por tercera vez lo de la puertecilla del cuadro, que se abre empujando hacia arriba.
Aproveché que estaba allí y saqué su ficha.
—Vicente, el veinticuatro. ¿Viene?
—Hombre. Si hay sitio.
—Hay sitio. Le estoy preguntando si viene.
—Si hay sitio, yo encantado.
Escribí «sí» en confirmación y luego lo taché, porque eso no es un sí.
Eso es una persona que no quiere ocupar un hueco que a lo mejor le hace falta a otro.
Le pregunté si le venía bien a las nueve y me dijo que a él le viene bien todo.
Le pregunté si venía a las nueve. Me dijo que sí. Escribí nueve.
Tardé cuarenta minutos en cerrar una ficha de doce personas que viven en el mismo edificio que la cena.
Arriba pegué las once en la pared.
No las pegué encima de los huecos, al principio.
Las pegué en fila, de izquierda a derecha, como se pegan las cosas.
Y luego di dos pasos atrás y las despegué todas y las volví a poner una en cada rectángulo claro, porque los rectángulos ya estaban ahí, medían lo que mide una cartulina y estaban a la altura de los ojos.
Quedó un hueco sin ficha.
No hice nada con él. Las once fichas eran once y el hueco era un rectángulo un poco más claro que la pared, en la esquina de abajo a la derecha, y ahí se quedó.
Jaime llegó a la una y veinte con una caja de fruta vacía debajo del brazo y se quedó en la puerta del salón mirando la pared un rato largo.
—¿Qué es?
—El reparto.
Se acercó. Leyó de arriba abajo, en silencio, con las manos detrás de la espalda, como en un museo. Después dijo:
—A Quique no le pongas cantidad.
—¿Cómo que no le ponga cantidad?
—Que no le pongas una cifra en el plato. Ponle que traiga el hielo y las bolsas de basura.
—El hielo y las bolsas valen seis euros.
—Ya.
—Y lo demás sale a veintidós por cabeza.
—Ya.
Me quedé con el rotulador en la mano. Jaime había abierto el horno y estaba mirando dentro, que es lo que hace cuando no quiere que le mires la cara.
—¿Por qué? —dije.
—Porque el hielo es fundamental y siempre se olvida.
Eso no es un por qué. Eso es una frase.
Pero lo hice. Taché la cifra de la ficha de Quique y escribí «hielo y bolsas», y lo hice porque, aunque sea mentira lo que me está diciendo, no es mentira lo que me está pidiendo, y también porque me acordé de que en septiembre Quique le preguntó a alguien delante de mí si le podía dejar cincuenta euros hasta el día veintiocho y yo miré el móvil para no estar ahí.
Le he visto hacerlo, al hielo. Es un buen truco. Un truco así se le ocurre a alguien que lleva años buscando maneras de que la gente coma sin que se note que no puede pagar.
Eso lo pensé cuando ya estaba escribiendo en otra ficha, y me molestó pensarlo.
A las dos y media discutimos por el menú, y esa discusión la gané yo, y me costó exactamente lo que valía.
Él quería cerrar la carta ese día. Yo quería cerrar las fichas ese día y el menú cuando supiéramos quién trae qué, porque si cierras el menú antes que la lista, después estás pidiéndole a la gente que traiga cosas que no sabe hacer.
—Entonces no hay menú hasta que tú tengas la pared llena —dijo.
—Hasta que tenga once fichas cerradas.
—Once no. Doce.
Se me paró algo un segundo. Pero no estaba mirando la pared. Estaba mirando el cuaderno.
—Doce personas —dijo—. Once y tú.
—Ya. Doce personas, once fichas. Yo no traigo silla, yo traigo la casa.
—La casa la trae tu tía.
—La casa la traigo yo, que soy la que va a estar aquí el veinticuatro a las cinco de la tarde.
Levantó las manos. No en plan rendición: en plan vale, tú misma.
—Hacemos una cosa —dijo—. La comida la decido yo. Qué se hace, cómo se hace, qué se compra. Eso no lo tocas.
—Y los tiempos los decido yo.
—Los tiempos y el horno son la misma cosa.
—No. Los tiempos son cuándo sale cada bandeja y el horno es tuyo a partir de las seis.
Lo pensó. Tardó. Y luego dijo que vale, y yo pensé que había ganado, y técnicamente había ganado.
Me fui a las siete con nueve fichas sin cerrar, dos llamadas hechas y una cosa en la cabeza que no me dejaba en paz, que era que él había dicho doce y que yo había contestado once sin que se me moviera un músculo, como quien corrige un dato.
En el metro de vuelta abrí el archivo de «Casas imposibles» en el móvil, cosa que no se puede hacer, y lo cerré.
Subtítulo descartado.
00:14:07,240 / 00:14:10,600 «En esta pared había doce fotos. Ahora hay once personas y un rectángulo.» Guía Vertiz, treinta y siete por línea. Sesenta y ocho caracteres. No cabe ni partiéndolo. Mando «Aquí vamos a poner una estantería».