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La lista no la hizo Alicia. La lista la hizo Charo, que es peor.
A las diez y cuarto de la mañana del sábado me llegó una notificación de un grupo nuevo. «Nochebuena definitivo». Foto de grupo: una bola de Navidad con purpurina sacada de internet. Administradora: Charo Lasheras.
Yo estaba en la cocina del comedor de Moratalaz, que abre tres sábados al mes porque el ayuntamiento paga un taller de cocina para mayores y Rivas lo factura. Lo doy yo. Son cuatro horas, cuarenta euros brutos y ocho señoras y un señor que ya saben cocinar mejor que yo y que vienen a hablar.
Lo cojo por los cuarenta euros y porque después me quedan dos horas con fogones de verdad, que en mi casa no tengo.
Ese sábado tocaba crema de calabaza y les enseñé a no pasarse con la nata. Una señora que se llama Puri me dijo que a ella eso de la calabaza le sabe a poco y que en su casa lleva patata, y tenía razón, y lo apunté.
A las once y media se fueron y me quedé solo con dos ollas, un cuaderno y lo único que sé hacer cuando una cena todavía no existe, que es contar cuerpos.
Contar cuerpos no es contar nombres.
Alicia cuenta nombres. Un nombre es una persona que cabe y que hay que sentar.
Yo llevo doce años sirviendo a gente que no ha pedido lo que se le pone delante, y lo que cuento es otra cosa: cuántos comen poco, cuántos comen el doble y nadie lo tiene previsto, cuántos no pueden con algo duro, cuántos van a decir que ya han comido.
Con doce personas la cuenta real nunca son doce raciones. Son entre diez y media y catorce, según quién esté.
Abrí el grupo.
Éramos catorce.
Los conté tres veces por si acaso. Estaba Charo, estaba Alicia, estaba Noelia, estaba Loli, estaba Sergio, estaba Quique, estaba Vicente, estaba mi madre, estaba Begoña, estaba yo. Faltaba Daniela, que tiene siete años y no tiene móvil, y eso lo entendí.
No estaba Iván.
Y estaba Óscar.
Óscar es el exmarido de Noelia desde marzo.
Se separaron sin ruido, que es la manera más incómoda de separarse porque no le da a la familia nada que contar.
Noelia lleva desde entonces apareciendo en las comidas con Daniela, sentándose, comiendo, recogiendo y yéndose la primera, y nadie le ha preguntado nada, que es lo que ella ha pedido sin pedirlo.
Óscar estuvo en ese grupo cuarenta segundos.
Lo sé porque lo estaba mirando. Charo escribió «¡Ya estamos todos!» con dos exclamaciones, Óscar apareció en la lista de miembros, y cuarenta segundos después Noelia, sin escribir una sola palabra, lo sacó.
Nadie dijo nada. Doce personas mirando la pantalla a la vez y nadie dijo nada.
Lo siguiente que apareció en el grupo fue un mensaje de Charo que decía: «Bueno, y digo yo, ¿y no sería más fácil ir a un restaurante y nos olvidamos todos?».
A eso sí contestaron. Cuatro mensajes en dos minutos diciendo que qué buena idea.
Loli puso que ella se apunta a lo que sea. Mi madre puso un emoji de manos aplaudiendo, que es lo que pone mi madre cuando no quiere opinar. Sergio puso «yo lo que digáis».
Y entonces alguien preguntó cuánto saldría, y Charo contestó que ella eso no lo sabía, que quien entienda de eso que mire, y se quedó escribiendo durante diez segundos y no volvió a escribir en cuatro horas.
Miré el precio de un menú de Nochebuena para doce en un sitio que no fuera un horror. Miré tres.
El primero eran cuarenta y ocho euros y el menú era una cosa con mousse. El segundo, ochenta y cinco. El tercero, sesenta y cinco por persona sin bebida, con dos platos, postre y un cotillón que no ha pedido nadie.
Setecientos ochenta euros. Con bebida, novecientos y pico.
Noelia paga una pensión de guardería y medio alquiler.
Quique comparte piso a los cuarenta y uno y en septiembre le pidió a mi madre cincuenta euros que devolvió en octubre, y eso lo sé porque estaba delante.
Vicente cobra lo que cobra un portero jubilado.
Iván tiene veintinueve años y trabaja de lo que sale.
Escribí en el grupo: «Sesenta y cinco por cabeza sin bebida».
Nada más. Sin opinión.
El grupo se quedó callado ocho minutos.
Después Loli escribió «ay». Luego Sergio escribió que él tiene furgoneta, que es su manera de decir que prefiere cargar sillas a pagar sesenta y cinco euros. Y mi madre escribió «en casa de Begoña se está muy bien», que es la frase más diplomática que ha escrito nadie en esta familia.
Charo no contestó a eso tampoco.
A la una llamé a Alicia.
—Ya lo he visto —dijo, antes de que yo dijera nada.
—¿Has visto lo de Óscar?
—He visto lo de Óscar.
—¿Y lo de que Iván no está?
Silencio de dos segundos, que en Alicia es mucho.
—No lo había visto.
—Charo no lo ha metido.
—A lo mejor no tiene su número.
—Charo tiene el número de un señor que le arregló una persiana en 2019.
Otro silencio.
—Iván es de la parte de Marisa —dijo ella, muy despacio, como si estuviera leyendo algo que no le gustaba.
—Ajá.
—Ya.
Y ahí lo dejamos los dos, porque llevamos diez años dejándolo ahí.
Me dijo que tenía once nombres y que con Iván eran doce, y me los leyó en el orden en que los tenía apuntados, que era un orden rarísimo, ni alfabético ni por edades ni por parentesco.
Le pregunté por qué ese orden.
—Por el que menos sitio tiene.
Y cuando llegó al final se paró un momento antes de decir el suyo.
—Doce —dijo—. Y no más de doce.
—¿Por qué no más?
—Porque el salón mide tres sesenta por cuatro veinte y el paso de la cocina son ochenta y cuatro centímetros. Me lo dijiste tú.
Yo estaba mirando mi cuaderno mientras hablaba. Tenía doce rayas y al lado de cada raya una palabra: poco, poco, doble, blando, blando, táper, verduras, normal, normal, poco, normal, normal.
Después de colgar volví a las ollas, y a las cuatro, cuando ya había recogido, me quedé un rato delante del horno del comedor de Moratalaz, que es un horno de convección de seis niveles, con carro, de los que meten cuarenta bandejas en una hora y no se inmutan.
Y luego pensé en el otro. El de Prosperidad. Un horno doméstico de los antiguos, una bandeja, y la puerta que hay que cerrar con la cadera.
Hice la cuenta que hace cualquiera que haya trabajado en una cocina.
Doce raciones de algo que hay que servir caliente, en un horno de una bandeja, con una sola bandeja dentro cada vez.
Cuarenta minutos el asado. Doce para atemperar.
Veinte por tanda para lo que hay que recalentar, y hay tres cosas que hay que recalentar, y ninguna se puede recalentar antes de que salga la anterior.
No salen los números. No es que salgan justos. Es que no salen.
Guardé el cuaderno. No se lo dije.
Hoja de servicio.
Doce comensales previstos. Un horno de una bandeja. Cuarenta minutos el asado, veinte por tanda, tres tandas, y todas van detrás. Loli no puede con nada duro. Trae el mismo plato desde hace treinta años.