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Vicente tiene setenta y ocho llaves en un armario de la entrada del portal, clasificadas por letra, y cuarenta y tres años de portero aunque lleve doce jubilado y siga bajando a las ocho.
—Cuarto A —dijo, y la puso encima del mostrador sin soltarla—. La otra salió de aquí el martes.
—Ya lo sé.
—Se la llevó su madre —dijo, como si eso fuera un dato del edificio y no una decisión de mi tía.
Cogí la mía. Antes de dejarme subir me contó tres cosas que yo no había preguntado: que el ascensor llega al tercero y el último tramo se sube andando, que para subir bultos hay que avisarle porque el portal se queda abierto y eso a la del primero no le gusta, y que el cuadro de la luz del cuarto A está en el pasillo, detrás de una puertecilla que se abre empujando hacia arriba y no tirando.
—Que si tiras, se atasca —dijo—. Y luego me llaman a mí.
El piso olía a vacío. No a cerrado: a vacío, que es otra cosa. Huele al producto con el que alguien ha fregado por última vez.
Quedaba la mesa. Seis sillas, seis cubiertos, seis platos: la mesa de diario, la que sacábamos a un lado el veinticuatro para poner la buena encima de dos caballetes que ya no están.
Quedaba el horno, que es de los de una bandeja y que tiene la puerta que hay que cerrar con la cadera. Y quedaban las paredes.
Doce rectángulos más claros en la pared del salón.
Me quedé delante un rato, que es más rato del que pensaba quedarme.
No hace falta saber qué había en cada uno.
Yo sé lo que había en algunos y en otros no, y da igual, porque lo que hay ahora son doce huecos del tamaño de un marco, colocados sin ningún orden, y lo que se ve desde la puerta es la cantidad.
Doce. Otra vez doce.
Estaba contándolos por segunda vez cuando oí la llave.
Jaime entró con una bolsa de tela y una llave en la mano, y los dos hicimos lo mismo, que fue mirar la mano del otro.
—Vicente me ha dicho que habías subido —dijo.
—Vicente dice muchas cosas.
Dejó la bolsa encima de la mesa de seis. Dentro llevaba un metro, una linterna de esas de cabeza y un rollo de papel de cocina, y eso me molestó más que si hubiera llegado con las manos en los bolsillos, porque yo había subido con el móvil y con una libreta.
—¿Vas a hacerla? —preguntó.
—¿A hacer qué?
—La cena.
—No lo he decidido.
—Ya. —Abrió el horno, metió la cabeza, lo cerró con la cadera sin que nadie le explicara lo de la cadera—. Yo creo que sí.
—¿Y eso por qué?
—Porque llevas veinte minutos aquí arriba y has contado los huecos dos veces.
Le dije que no los había contado dos veces. Los había contado dos veces.
Entonces hizo una cosa que no esperaba: sacó el metro y midió el salón.
De pared a pared, apuntando con el pulgar la medida y diciéndola en voz alta para que yo la oyera.
Tres sesenta por cuatro veinte. Después midió el paso que queda entre el aparador que no está y la puerta de la cocina, que son ochenta y cuatro centímetros, y dijo que por ahí no pasan dos personas si una lleva algo.
—Ya lo sé —dije.
—No lo sabías.
—Sé que hay que servir de uno en uno. Es lo mismo.
—No es lo mismo.
Y ahí estábamos otra vez, en el minuto once, exactamente donde llevamos diez años.
Porque esto no empieza este año. Empieza la Navidad en que él llegó con su madre y se metió en la cocina de mi tía sin que nadie le dijera dónde estaban los paños, y desde entonces la familia lleva un marcador.
No está escrito en ningún sitio, pero existe.
La del cordero que se quedó crudo la arreglé yo bajando a comprar dos pollos asados a las nueve y media.
La del año del apagón la arregló él sacando un hornillo del maletero.
En la del pavo relleno hubo empate porque todavía se discute si el pavo estaba bueno.
Y todos los años, sin excepción, llegamos a las pasas.
—Va a haber que hacer cordero —dijo—. Es lo único que aguanta hecho de la mañana.
—Va a haber que hacer algo que no lleve pasas.
Cerró el horno otra vez.
—Las pasas se hidratan.
—Las pasas se quitan.
—No se quitan, Alicia. Se hidratan y se reparten, y el que no las quiera las aparta y no dice nada, que es lo que hace todo el mundo menos tú.
—Cuatro personas de doce las apartan. Cuatro de doce no es todo el mundo menos yo, es un tercio de la mesa.
Y entonces me di cuenta de que había dicho doce. En voz alta. Delante de él.
Jaime lo oyó. Lo vi en la cara, que se le quedó medio segundo más quieta de lo normal.
—Doce —dijo.
—Doce.
—Entonces la haces.
Miré los huecos de la pared. Miré la mesa de seis. Miré el paso de ochenta y cuatro centímetros por el que no pasan dos personas si una lleva algo.
—La hago —dije—. Con una condición. Esta la llevo yo.
—Esta la llevamos.
—Tú lo que quieres es la cocina.
—Yo lo que quiero es que coman.
—No es lo mismo.
—No —dijo, y cogió la bolsa de la mesa—. Pero solo uno de los dos lo va a demostrar.
Bajó las escaleras delante de mí y en el tercero me esperó al lado del ascensor, sin decir nada, para que bajáramos juntos.
Cuando llegamos abajo, Vicente levantó la vista del mostrador, nos vio salir a los dos con una llave cada uno y no preguntó nada, que en Vicente es la forma más ruidosa de preguntar algo.
Subtítulo descartado.
00:09:15,400 / 00:09:18,760 «Los huecos de la pared no son doce fotos. Son doce sillas.» Guía Vertiz, treinta y siete por línea. No cabe ni partido en dos. Mando «Aquí antes había fotos».