Al diablo con la Navidad de película (Al diablo con… 2) 2
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Ochenta y seis cubiertos para una comida de empresa contratada para ochenta, en un salón de Arturo Soria, y Rivas me había quitado a Yolanda para mandarla a un cóctel de Chamartín.

Esto no es una queja. Es la descripción del trabajo.

Con ochenta y seis hay que tomar una decisión antes de las once, y la decisión no es de cocina, es de aritmética: o das noventa raciones y te comes el coste, o das ochenta y seis justas y el último plato sale con menos guarnición y alguien lo nota.

Yo siempre doy noventa. Llevo doce años dando noventa y en doce años nadie de Rivas me ha preguntado por qué cuadran las mermas.

A las nueve saqué las bandejas de la cámara. A las diez empezó Nacho el del reparto a decir que no había hueco en la furgoneta, y a las diez y veinte había hueco, porque siempre hay hueco cuando terminas de colocarlo tú.

El salón de Arturo Soria es un bajo con moqueta gris, once mesas redondas de diez y una cocina de apoyo que es un office con dos placas y un horno de pizzería.

Ahí no se cocina: se regenera. Todo lo que sale de ese sitio se ha hecho la noche antes en Vicálvaro y se calienta allí en una cadena de cuatro carros térmicos.

Llegué a las once menos cuarto y monté el office en veinte minutos, que es lo primero que aprendí: si el office está mal montado, el servicio se te cae a los diez minutos y ya no lo levantas.

A las once y media apareció la persona de la empresa. Una chica de recursos humanos con una carpeta, muy amable, muy agobiada.

—Oye, una cosa. Al final somos ochenta y seis.

—Vale.

—¿Es un problema?

Siempre preguntan eso, y la respuesta correcta no es sí ni no.

—¿Los seis están en alguna mesa concreta?

—Pues en la del fondo, creo. Es que se han apuntado esta mañana.

—Entonces la del fondo se sirve la última y les pongo una mesa auxiliar. ¿Alguien no come algo?

Miró la carpeta.

—Ay. Es que esto lo llevaba otra persona.

—¿Hay alguien celiaco?

—Creo que no.

—¿Vegetariano?

—Creo que tampoco.

Le saqué tres platos aparte igualmente. Uno sin gluten, dos sin carne. Es lo que se hace y no se avisa a nadie, porque si avisas te dicen que no hace falta y luego a las dos y diez hay una señora de pie en mitad del salón explicándole a su jefe que ella no come cerdo.

Serví a las dos y diez.

Emplaté con una persona menos, que se nota en un sitio muy concreto: en el tiempo que pasa entre el último plato del primer carro y el primero del segundo.

Con dos personas son cuarenta segundos. Solo son dos minutos y medio, y en dos minutos y medio la mesa once ya está mirando hacia la puerta del office.

Llegué a la mesa catorce con un minuto de retraso, que en una comida de empresa no lo nota nadie porque a las dos y diez todo el mundo lleva ya dos cervezas.

De las noventa raciones salieron noventa. Los tres platos apartados los pidieron dos.

A las cuatro estaba recogiendo, y a las cuatro y media, mientras cargaba los carros vacíos, me di cuenta de que tenía la camisa empapada por la espalda y de que no había bebido agua desde las nueve, que es una cosa que me pasa y que no le pasa a la gente que hace este trabajo bien.

A las seis y media aparqué en Alcorcón.

Mi madre y Begoña llevan tres semanas en la cooperativa. Es un edificio nuevo, con una entrada que huele a pintura y a suelo recién fregado, con un tablón de corcho en el que hay un cartel de una charla sobre el testamento vital y otro de un torneo de dominó.

En la puerta de cada vivienda hay un cartelito con dos nombres. En el de ellas pone «Marisa Cobo» y debajo «Begoña Lasheras», y el cartelito no dice nada más, porque los cartelitos no dicen nada más.

Son cuarenta y dos metros con una terraza compartida al fondo del pasillo. Cuando llegué había un señor en la terraza, con abrigo, a seis grados, tocando la armónica.

—Ese es Emilio —dijo mi madre—. Toca dos horas al día. Ha dicho que en enero se apunta a solfeo.

Todavía tenían nueve cajas sin abrir. Cuatro eran de cocina.

—Esa no la toques —me dijo—. En esa hay algo de cristal y no me acuerdo de qué.

Abrí la caja. Eran doce copas de las de Begoña, envueltas una a una en papel de periódico del mes pasado, y no había ningún sitio donde ponerlas, porque en la cocina de la cooperativa hay dos baldas altas y las dos estaban llenas de platos.

Así que hice lo que hago. Bajé los platos, los puse abajo, subí las copas, colgué el escurridor que llevaba tres semanas en el suelo y le cambié de sitio el microondas para que Begoña, que mide un metro cincuenta y cinco, pudiera abrirlo sin ponerse de puntillas.

Begoña me miró hacerlo desde la silla y no se levantó ni una vez.

—Qué gusto —dijo—. Qué gusto que venga alguien y no me pregunte dónde va cada cosa.

Mi madre estaba de pie en el pasillo, con un rollo de cinta de embalar en la mano, esperando a que yo terminara. La conozco. Cuando va a decir algo que ha pensado mucho, se queda de pie con un objeto en la mano.

—El domingo vino Charo —dijo.

—Ya.

—Y dijo, delante de Begoña, que qué bien que hayáis venido juntas las dos amigas, que así os hacéis compañía.

Bajé una balda más los platos hondos, que no hacía ninguna falta.

—¿Y qué dijiste?

—Nada. Lo que digo siempre.

Le di al microondas un empujón de dos centímetros para que quedara recto.

—Jaime.

—Dime.

—Algún día alguien tendrá que decir la palabra delante de esta familia. Y me gustaría que no tuviera que ser yo la primera vez.

Yo tenía las manos dentro de un armario. Es un sitio estupendo para tener las manos cuando alguien te dice algo así.

Le contesté que el extractor hacía un ruido raro y que se lo miraba. Y se lo miré. Tenía el filtro sin quitar el plástico de fábrica, se lo quité, lo puse, funcionó bien, y a las ocho y cuarto estábamos los tres cenando una tortilla en una mesa de un metro veinte.

Hablamos de Emilio y la armónica. De la terraza. De una señora del cuarto que ha puesto tomateras en un cubo. De que en la cooperativa hay una comida común el día uno de cada mes y de que mi madre se ha ofrecido a cocinar y ya le han dicho que no, que se contrata.

—Menos mal —dijo Begoña.

—A mí no me importaba.

—A mí sí.

Antes de irme, mi madre me dio una llave en una arandela con una etiqueta de papel. Ponía «Prosperidad», con la letra de Begoña.

—Te la dejó a ti —dijo Begoña desde la silla—. La otra se la dejé a tu prima.

No es mi prima. Alicia no es mi prima de nada. Llevamos diez años cenando en la misma mesa y no tenemos ni un apellido en común, pero en esta familia llevan diez años metiéndonos a los dos en la misma frase porque es más rápido que explicar quién es cada uno.

—¿Ya lo sabe? —pregunté.

—Se lo mandé ayer.

Ayer. Yo lo sabía desde el ocho de octubre, que es el día que mi madre me dijo que firmaban. Cincuenta y cuatro días.

Podría haberla llamado. Lo pensé tres o cuatro veces, sobre todo al principio, cuando todavía parecía una noticia y no un hecho. Una vez llegué a abrir el chat, que llevaba desde el seis de enero sin abrirse y que tenía arriba un mensaje mío que decía «bajo yo las sillas».

Y no la llamé, y no la llamé por la razón más pequeña que tengo: porque Alicia Monsalve lleva diez años llegando a esa cocina con todo decidido, y por una vez quería ver qué cara se le quedaba al enterarse la última.

En el coche, camino de Ciudad Lineal, me di cuenta de que había estado esperando ese mensaje suyo toda la tarde y que no había llegado.

Hoja de servicio.

Ochenta y seis comensales. Salieron noventa raciones y tres platos apartados sin avisar a nadie.

Se pidieron dos. Cincuenta minutos a sesenta y tres grados.

El último plato salió igual que el primero.

La chica de la mesa cuatro se llevó dos panecillos en el bolso y miró antes si la veía alguien. Dejé la cesta más cerca.