Al diablo con la Navidad de película (Al diablo con… 2)
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A las nueve y veinte de la mañana, Vertiz me mandó la guía de estilo actualizada de «Casas imposibles». Yo llevaba doscientos ochenta y seis subtítulos hechos con la anterior.
Lo primero que hice fue abrir las dos guías en pantallas distintas para comprobar que no me lo estaba inventando.
No me lo estaba inventando. Cuarenta y dos caracteres por línea habían pasado a treinta y siete.
La velocidad de lectura bajaba de diecisiete a quince.
Y había una nota al final, en negrita, que decía que los cambios aplicaban a la temporada completa.
Doscientos ochenta y seis subtítulos. Calculé por encima: cuatro horas de recortar, dos de volver a pautar lo que se desajustara al recortar, y una tarde entera de comprobación porque cuando tocas un archivo entero siempre se rompe algo que no estabas mirando. Siete horas. Facturables, cero.
Contesté a Sonia, la coordinadora, con la frase más neutra de mi repertorio: «Recibido. Entiendo que la nueva guía aplica a partir del episodio ocho, ¿correcto?». Tardó cuarenta minutos en contestar que no, que a partir del uno. Y luego, en otro mensaje, un emoji de manos juntas.
El emoji de manos juntas cuesta siete horas. Lo tengo medido.
Mi salón mide tres metros ochenta por tres diez.
Lo sé porque lo medí el día que firmé, para saber si cabía la mesa que tenía entonces, que no cabía.
El escritorio está pegado a la ventana porque es el único sitio de la casa donde entra luz antes de las cuatro.
Detrás tengo el sofá, y detrás del sofá está la pared, y esa es toda la información arquitectónica que necesita nadie sobre cuarenta y dos metros cuadrados en Ventas.
En diciembre, además, el salón es el único sitio caliente.
El radiador del dormitorio hace un ruido de tubería con gases y calienta hasta media altura.
Aprendí hace años a trabajar con una manta sobre las piernas y a no contárselo a nadie, porque en cuanto lo cuentas se convierte en una anécdota simpática sobre lo mal que viven los autónomos y a mí no me hace gracia.
A las once y media empecé a recortar. «Esta casa tiene un potencial enorme» son treinta y cuatro caracteres y cabía.
«Lo que vamos a hacer aquí es abrir completamente el espacio» no cabía de ninguna manera, así que se quedó en «Vamos a abrir el espacio», que dice lo mismo y miente igual.
En «Casas imposibles» siempre abren el espacio.
Llevo cuatro temporadas viendo a gente con presupuesto tirar tabiques para descubrir que una casa más grande sigue siendo la misma casa.
A la una y cuarto me llegó el audio de mi tía Begoña.
Cuatro minutos y doce segundos. Begoña manda dos clases de audio: los de cuarenta segundos, que son para decir que ha llegado bien a algún sitio, y los de más de tres minutos, que son para cosas que ha decidido sin consultar a nadie.
Lo puse a velocidad uno y medio mientras seguía recortando, que es lo que hago con todo, y a los cincuenta segundos tuve que parar, volver atrás y escucharlo otra vez a velocidad normal.
Había vendido el piso.
Lo contaba con el tono con el que se cuenta que has cambiado de frutería.
Que la operación se firmó en octubre, que los compradores son una pareja joven muy maja, que le dan las llaves el siete de enero.
Que ella ya está instalada en Alcorcón, en la cooperativa, con Marisa, y que la habitación es más pequeña pero tiene una terraza compartida donde se puede tomar el café «con gente que también se ha muerto un poco». Eso lo dijo riéndose.
Y que no pensaba volver a hacer la Nochebuena.
No lo dijo así. Dijo: «Este año os lo montáis vosotros, que yo llevo treinta y ya está bien».
Y luego, como si fuera un detalle logístico menor, dijo que había dejado un juego de llaves con Vicente, el portero, por si alguien quería usar el piso hasta la entrega, que está vacío y que allí caben más que en ningún otro sitio de la familia. Ese juego era para mí.
El otro se lo había dado ya a Marisa.
Retrocedí los quince segundos para asegurarme. «Y el otro se lo he dado a Marisa para Jaime, que él sabe dónde está todo».
Me quedé mirando la línea de tiempo del subtítulo doscientos ochenta y siete, que llevaba parada desde hacía cuatro minutos, y pensé una cosa fea y muy exacta: Jaime Cobo es el típico hombre al que todo el mundo llama espontáneo porque alguna mujer ha puesto antes las servilletas.
Luego pensé una cosa peor: que él ya lo sabía. Que Marisa lleva viviendo esa mudanza desde octubre y que Jaime es hijo de Marisa, y que durante siete semanas nadie de mi familia consideró necesario avisarme de que la casa donde hemos cenado treinta Nochebuenas estaba vendida.
Cerré el archivo de subtítulos. Abrí una hoja de cálculo.
No fue una decisión. Fue lo que hago.
Puse en la primera columna los nombres, que me salieron sin pensar, y en la segunda una pregunta de cuatro palabras: dónde cena esta persona. Y ahí empezó el problema, porque la respuesta de casi todos era en blanco.
Mi hermana Noelia, primera Nochebuena con custodia repartida, y ella todavía no sabía si le tocaba la cena o la comida.
Quique, cuarenta y un años, piso compartido en Vallecas con dos desconocidos, uno de los cuales se va a Cuenca y el otro no.
Loli y Sergio, que llevan yendo a casa de Begoña desde antes de que yo tuviera edad de acordarme.
Iván, el sobrino de Marisa, que el año pasado apareció con un táper de algo y se sentó donde pudo.
Vicente, que dejó de decir que cenaba con su cuñada hace cuatro años y nadie le preguntó por qué.
Todos tienen casa. Ese es el detalle. Ninguno tiene sitio.
Conté las filas. Con Begoña y Marisa eran diez. Conmigo, once. Con Jaime, doce.
Miré el doce un rato. Un número par está bien. Un número par se sienta.
A las cuatro y media volví al subtítulo doscientos ochenta y siete, que era el de un señor de Boadilla explicando por qué había decidido unir la cocina con el salón, y me di cuenta de que llevaba veinte minutos con la mano encima del ratón sin tocarlo.
Recorté tres líneas más. A las cinco llamé a Vicente para decirle que pasaría a recoger las llaves el viernes.
Me dijo que las tenía en el cajón de la mesa de la entrada, y luego, sin que yo le preguntara nada, me dijo que Jaime llevaba dos días con la suya.
Le dije que me parecía muy bien. Colgué. Volví a la guía de estilo.
Esa noche entregué cuarenta subtítulos recortados de los doscientos ochenta y seis y me acosté a las dos menos cuarto con la manta todavía puesta, porque me había quedado dormida en el sofá y en esta casa el sofá es donde se está bien.
Subtítulo descartado.
00:22:41,120 / 00:22:44,000 «Una casa grande no es sitio. Sitio es que te esperen.» Guía Vertiz, treinta y siete por línea. Caben cincuenta y dos. Mando la del señor de Boadilla.