CAPÍTULO 33
El verano llegó sin pedir permiso, como siempre en Texas, instalándose a principios de junio con una determinación que no admitía negociación: treinta y siete grados a mediodía, el aire con esa densidad particular que hace que moverse de un sitio a otro parezca más trabajo del que es, y el cielo de un azul tan intenso y sin nubes que parecía pintado por alguien que no había entendido la instrucción de ser realista.
La destilería en verano tenía sus propias reglas: el turno de mañana empezaba antes, a las cinco y media, para aprovechar las horas en que el calor todavía no había llegado a su punto máximo.
Las naves de añejamiento se convertían en hornos naturales que aceleraban el proceso de manera que ningún destilador de Kentucky entendería del todo, y que en Texas se aceptaba como un rasgo de carácter, no un defecto.
La hidratación era parte de la cultura de la empresa en la misma medida que el roble americano: si alguien en el turno de tarde no había bebido suficiente agua, Corrine lo sabía antes de que el problema se manifestara.
Corrine.
El primer de junio había empezado su nueva posición con la misma eficiencia tranquila con la que hacía todo, y en las primeras dos semanas ya había reorganizado dos procedimientos de registro que llevaban años funcionando aceptablemente y que ahora funcionaban notablemente mejor.
Selah la observaba desde la distancia calculada de quien ha apostado por alguien y está evaluando si el resultado confirma la apuesta, y el resultado la confirmaba con creces.
Denny, al enterarse de su nuevo rol en producción, había respondido con el mismo silencio procesador de siempre seguido de la pregunta que yo había predicho: si Corrine necesitaba que le enseñara algo del turno de tarde antes de que empezara su nueva posición.
—Ya sé cómo funciona el turno de tarde —había dicho Corrine.
—Ya lo sé. Pero a veces hay cosas que solo se aprenden viéndolas, no haciéndolas. —Pausa—. Como lo del olor de la cuba cuando la levadura está contenta.
Corrine lo miró.
—¿La levadura puede estar contenta?
—Las cosas vivas tienen estados distintos. No todos tienen nombre todavía, pero están ahí.
Corrine asintió, con la expresión de quien acaba de aprender algo que no esperaba aprender, y que lo valora precisamente por eso.
Esa anécdota me la contó Selah el jueves de la segunda semana de junio, con el café de media tarde, y cuando terminó me miró con la cara de quien se permite un momento de satisfacción genuina.
—¿Ves? —dijo.
—Ya lo veo.
—Denny es Denny. Pero Denny en el sitio correcto es otra cosa.
—Lleva doce años siendo otra cosa en el sitio que tenía.
—Ya lo sé. Por eso me alegra que ya esté en el correcto.
• • •
Roan pasaba el verano dividido de una manera que había encontrado su equilibrio casi sin que nadie lo diseñara: cuatro días a la semana en Austin o en la destilería, uno en videollamada con Knox desde cualquier sitio con conexión, y los fines de semana compartidos entre los dos sin estructura preestablecida, lo cual en la práctica significaba que el sábado tenía siempre algo específico y el domingo tenía siempre el lago sin nombre o el porche de mi casa o la terraza al sur mirando las colinas invisibles de Austin.
El proyecto de Whitfield Hotels terminó en julio, con el cliente satisfecho y Knox anotando el resultado en su lista de argumentos para el próximo cliente que preguntara por el modelo de trabajo remoto.
—Knox está construyendo un caso —me dijo Roan, un domingo de julio en el porche con el ventilador de techo encendido al máximo y los vasos de agua helada que en agosto eran tan necesarios como el oxígeno.
—¿Un caso para qué?
—Para que otros socios de Hollis & Vane adopten el trabajo remoto parcial.
Dice que mi modelo de este año ha demostrado que la productividad no depende de los metros cuadrados de oficina.
—Pausa—. Lo cual me convierte, sin haberlo pedido, en experimento piloto de una transformación organizativa de la agencia.
—¿Eso te molesta?
—Me parece que si el resultado de quedarse en Austin es que Hollis & Vane llega a más conclusiones correctas, el universo tiene un sentido del humor bastante fino.
—¿Y Knox?
—Knox está convencido de que yo sabía exactamente lo que estaba haciendo cuando decidí quedarme.
—¿Y lo sabías?
Roan me miró desde su silla con el ventilador moviendo el aire caliente sobre los dos.
—Sabía lo que quería —dijo—. Lo que hacía con eso, no del todo.
—¿Y ahora?
—Ahora lo que hago con ello es esto. —Señaló con un gesto impreciso que abarcaba el porche, el campo, las colinas, y de alguna manera también los dos—. Y no se me ocurre nada mejor.
El verano siguió con su calor y su ritmo ajustado a él, y la destilería funcionó con la eficiencia nueva que Corrine había traído a su posición, y Denny aprendió a enseñar lo que sabía con la misma naturalidad con que lo había sabido siempre, y Mandarina siguió apareciendo en la sala de juntas por métodos que nadie conseguía explicar, y el lote C-especial añejó hacia sus cuatro o seis años en la nave más antigua con el perfil de vainilla ahumada desarrollándose despacio en el interior del roble.
En agosto, Roan llevó la guitarra a casa.
No toda la guitarra, porque la guitarra seguía viviendo en el rincón del apartamento de Travis Heights con la mejor acústica, sino el hecho de tocarla: me la mencionó por primera vez desde octubre, cuando me había dicho que la había llevado de Nueva York, en un domingo de agosto en el que yo estaba en el porche leyendo y él apareció con la guitarra y una expresión que mezclaba determinación y una humildad previa al fracaso.
—¿Vas a tocar? —pregunté.
—Voy a intentar tocar —dijo, con la distinción importante—. Mi abuelo me dijo que quería enseñarme. Llevo tres semanas yendo a verle los jueves y hemos llegado al nivel de que puedo tocar sin que él ponga cara de dolor.
—¿Tu abuelo te enseña a tocar la guitarra?
—Earl me enseña a tocar la guitarra. —Sonrió—. Resulta que tampoco la toca muy bien, pero dice que eso no ha sido nunca un impedimento para que la gente disfrute tocándola.
—Eso es una sabiduría considerable.
—Earl tiene mucha sabiduría considerable. —Se sentó en la silla del porche con la guitarra en el regazo—. ¿Puedo?
—Adelante.
Tocó algo que en otro instrumento por otra persona habría podido reconocerse como una melodía. Con la guitarra de Roan en agosto, en el porche, con el ventilador y el calor de Texas, era algo más modesto pero con su propia honestidad.
—¿Qué es? —pregunté.
—No lo sé. Lo estoy inventando mientras toco.
—¿Y Earl sabe que inventas cosas mientras tocas?
—Earl dice que eso es la mejor señal de que alguien está aprendiendo de verdad. Que cuando empiezas a inventar en lugar de repetir, el instrumento ya es tuyo.
Escuché la melodía sin nombre de Roan en el porche de agosto, con el campo oscureciendo al fondo y el primer grillo de la noche empezando en algún punto del campo de pacanas que en esa época del año seguía verde todavía, y pensé que había una frase para lo que estaba sintiendo pero que no la iba a decir en voz alta todavía porque el verano de Texas todavía no había terminado y algunas cosas merecen el otoño para decirse.
—Bien —dije.
—¿El grande?
—El que basta por ahora.
Siguió tocando hasta que se hizo de noche del todo, y yo seguí leyendo, y el ventilador siguió moviéndose, y el calor de agosto siguió siendo lo que era, que era demasiado y perfecto al mismo tiempo.
• • •
En algún punto de agosto, Selah me preguntó si me había dado cuenta.
—¿De qué?
—De que llevas dos semanas sin poner la cara de la barrica dieciocho.
Lo pensé. Era verdad. La cara de la barrica dieciocho, la de algo que podría estar bien pero todavía no tienes la confirmación, había desaparecido sin que yo notara exactamente cuándo.
—¿Cuándo fue la última vez que la puse?
—Antes del Festival de primavera. Cuando Roan te contó lo del periodista de Nueva York y la conversación se quedó en el aire. —Pausa—. Desde entonces no.
—¿Y qué pongo ahora?
Selah me miró con la expresión de quien sabe la respuesta pero disfruta de que la otra persona la encuentre sola.
—La cara del lote número ocho —dijo, al final—. La de cuando algo está exactamente donde tiene que estar y sabes que va a seguir siendo así.
—¿Tengo una cara específica para el lote número ocho?
—Naranja y chocolate negro con especia de fondo. —Sonrió—. Sí. La tienes.
Salió de mi despacho dejándome con esa información y con el ventilador de agosto y el calendario de producción que ya no era el de antes sino algo con más columnas y más nombres y más posibilidades, y pensé que Selah llevaba doce años siendo el espejo más honesto que tenía, y que el espejo me mostraba algo que no sabía que era visible desde fuera pero que aparentemente lo era.
Esa noche se lo conté a Roan, tumbada en el porche con las estrellas de agosto encima y el calor todavía presente pero más llevadero que durante el día.
—¿La cara del lote número ocho? —dijo.
—Eso ha dicho.
—Es una descripción muy específica.
—Selah es una persona muy específica.
—¿Y cómo es esa cara?
—No lo sé exactamente. No puedo verme la cara.
—Yo sí puedo —dijo Roan.
—¿Y?
—Y Selah tiene razón. —Una pausa—. Es la cara que pones cuando estás donde quieres estar y no tienes que decidir nada. Solo estar ahí.
Lo miré en la oscuridad del porche, con las estrellas detrás de él y el ventilador moviendo el aire caliente y la destilería a quince minutos y el lote C-especial añejando hacia sus años.
—¿Tú tienes una cara así?
—Pregúntale a Denny. Según él, la tengo cuando estoy en la nave de barricas.
—¿Denny ha analizado tu cara?
—Denny analiza a todos. Es otro de sus rasgos subestimados. —Pausa—. Me lo dijo en julio, cuando estábamos revisando el estado del roble de los barriles más nuevos. Me dijo: "Oye, Sutherland, tienes cara de haber llegado al sitio que buscabas."
—¿Y qué le dijiste?
—Le dije que llevaba razón. —Me miró—. Y que el sitio no era la nave de barricas exactamente, sino algo más grande que incluía la nave de barricas.
—¿Cómo respondió?
—Dijo "bien" y siguió con las barricas. —Sonrió—. Lleva aprendiendo el idioma.
—El idioma Calloway.
—El idioma Calloway —confirmó—. Que resulta ser bastante contagioso si pasas suficiente tiempo aquí.
Me quedé mirando las estrellas un rato más, con el calor del agosto de Texas encima y la sensación clara y sin complicaciones de haber llegado a un sitio desde el que no quería moverme, y pensé que hacía un año yo habría llamado a esa sensación "tranquilidad" o "satisfacción" o alguna otra cosa genérica, pero que ahora, con el idioma que había aprendido desde entonces, tenía un nombre más exacto.
Era el bien del lote número ocho. Naranja y chocolate negro con especia de fondo. Exactamente donde tenía que estar.