CAPÍTULO 32 #2
—Corrine es la mejor operaria de producción que tenemos y podría hacer mucho más si tuviera la posición correcta. —Selah me miró—. ¿No te parece que en esta empresa tenemos la costumbre de asumir que la gente seguirá haciendo lo que ha hecho siempre sin preguntar qué más podría hacer?
Pensé en Denny y en los carteles. Pensé en Corrine y en la frase sobre el buen bourbon que te lleva a un sitio que ya conocías.
—Sí —dije—. Tienes razón.
—Habla con Corrine esta semana.
—Esta semana —confirmé.
Selah salió de la sala con la eficiencia de alguien que ha conseguido lo que vino a conseguir y no necesita más tiempo del necesario para ello, y Roan y yo nos quedamos solos en la sala de juntas con el café y el sol de mayo y la sensación de que la empresa que habíamos estado construyendo durante los últimos ocho meses estaba creciendo de la manera en que las cosas crecen bien: desde dentro hacia afuera, empezando por las personas que ya estaban ahí y que llevaban esperando la oportunidad correcta.
—Corrine —dijo Roan.
—Corrine —repetí.
—¿Crees que aceptará?
—Creo que lleva meses esperando que alguien le pregunte.
—Entonces pregúntale.
—Esta semana —dije.
Y la destilería siguió siendo lo que siempre había sido: el lugar donde las cosas tardaban el tiempo que necesitaban y luego eran exactamente lo que tenían que ser, solo que ahora con una Moka Express que iba a mudarse a la cocina de mi casa en octubre y un cuarto de invitados que iba a convertirse en despacho compartido y una coordinadora de operaciones que iba a pasar a ser la directora que siempre había sido.
El bien grande, en todas sus versiones simultáneas.
• • •
Hablé con Corrine el miércoles de esa misma semana, en la sala de catas, con el sol de la tarde entrando por la ventana y el lote C-especial fermentando en silencio en la nave de al lado.
La llamé cuando terminó el turno de mañana, antes de que se marchara, y lo hice de pie en el pasillo, sin sala de reuniones ni formalidad preparada, porque algunas conversaciones funcionan mejor sin el peso del protocolo.
—Quiero ofrecerte algo —dije.
Corrine me miró con la expresión tranquila que tenía para casi todo.
—¿Qué?
—Coordinadora de operaciones. Bajo Selah. Más responsabilidad, más sueldo, acceso a las decisiones de producción en primera línea en lugar de ejecutarlas desde el turno.
Corrine no respondió de inmediato. Miró hacia la nave por la ventana, donde el turno de tarde estaba empezando.
—¿Por qué ahora? —preguntó.
—Porque la empresa tiene el tamaño que justifica el puesto y porque Selah me lo dijo antes de que yo lo viera sola.
—Pausa—. Y porque en mayo, en la cena después del Festival, dijiste algo sobre el bourbon y tu abuela que fue la cosa más exacta que he escuchado sobre lo que hacemos aquí.
Y me hizo darme cuenta de que llevabas mucho tiempo siendo más de lo que el título decía.
Corrine me miró.
—¿Cuándo empezaría?
—El primero de junio, si aceptas.
—¿Y el turno de producción?
—Formarías a quien ocupe tu posición. —Pausa—. Ya tengo a alguien en mente, si me lo permites.
—¿Quién?
—Denny.
El silencio que siguió tenía capas.
—Denny —dijo Corrine, con el tono de alguien que está procesando.
—Denny confunde la izquierda y la derecha bajo presión, sí.
Pero conoce esta destilería mejor que casi nadie, sabe comunicar lo que hacemos con una claridad que ningún manual enseña, y lleva doce años siendo el corazón informal del turno de tarde sin que nadie le haya dado el reconocimiento formal.
—La miré—. Y desde que empezamos con los carteles, sabe que puede hacer más de lo que siempre hizo.
Corrine asintió, despacio.
—De acuerdo —dijo.
—¿Solo "de acuerdo"?
Sonrió, apenas, de esa manera suya tan controlada.
—De acuerdo y gracias —dijo—. Y creo que Denny va a ser mejor de lo que cualquiera espera.
—Yo también lo creo —dije.
Salió hacia el turno de tarde, y yo me quedé en el pasillo un momento mirando el cartel de Denny en la pared, *lo que se guarda con amor el tiempo lo convierte en algo que no tiene precio*, y pensé que llevaba un año aprendiendo una versión de esa frase en todos los idiomas posibles, y que cada vez que la aprendía de nuevo se volvía más cierta, no menos.
Roan estaba en el despacho de mi padre cuando volví, con la libreta y el ordenador y la concentración particular del trabajo a media tarde.
—Corrine ha aceptado —dije desde la puerta.
Levantó la vista.
—¿Y Denny?
—Denny todavía no lo sabe. Se lo cuento mañana.
—¿Cómo crees que va a reaccionar?
—Creo que va a necesitar un momento para procesarlo y luego va a ir a buscar a Corrine para preguntarle si necesita que le enseñe algo sobre el turno de tarde. Porque así funciona Denny.
—¿Y eso es malo?
—No. Es exactamente lo que necesitamos de él en esa posición.
Roan cerró el ordenador.
—¿Tienes hambre?
—Mucha.
—He encontrado un sitio nuevo en Austin que hace el mejor pozole que existe fuera de México. Knox me lo recomendó después de su visita de diciembre, tardé cinco meses en ir, y resulta que Knox tenía razón.
—¿Knox tiene razón en gastronomía?
—Knox tiene razón en casi todo. Es irritante pero consistente.
—¿Y tú tardaste cinco meses en comprobarlo?
—Estaba ocupado con otras cosas.
—¿Con qué?
—Con esta destilería. Con esa maestra destiladora. Con treinta y tres años de bourbon y treinta años de paciencia y seis meses de centeno especial con vainilla ahumada. —Cerró el ordenador—. Con cosas suficientemente importantes como para olvidarme del pozole durante cinco meses.
—Eso —dije — es la definición más exacta de prioridades que he escuchado en mucho tiempo.
—¿Vamos?
—Vamos.
Y fuimos, en el coche de Roan por la carretera de Dripping Springs a Austin con el sol de mayo cayendo de lado y la radio puesta y los cinco meses de pozole pendiente por fin a veinte minutos, y la destilería quedando atrás con sus barricas y sus lotes y el cartel de Denny en el pasillo y el cuarto de invitados que en octubre iba a convertirse en otra cosa, y todo lo que todavía quedaba por construir perfectamente visible desde la carretera si sabías hacia dónde mirar.