Al diablo con el amor CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

El tercer sábado de mayo, cuando Roan llevaba exactamente siete meses viviendo en el apartamento de Travis Heights, encontré en la encimera de mi cocina una nota escrita en papel de la libreta de cuero —reconocí la textura aunque no el tamaño de las hojas— que decía: *Tu cafetera hace café aceptable.

La Moka hace café real. Propongo una solución definitiva que discutiremos cuando vuelvas del turno de mañana. R.*

Llegué a casa a las dos de la tarde con el turno terminado y encontré a Roan en la cocina con las dos cafeteras sobre la encimera, la mía moderna y la Moka, y dos tazas preparadas.

—Prueba ciega —dijo, señalando las tazas—. Sin saber cuál es cuál.

—Sé perfectamente cuál es cuál.

—Pruébalo de todas formas.

—Roan.

—Es un experimento científico. Las conclusiones son inválidas si el sujeto sabe qué está probando.

—Soy maestra destiladora. Tengo el paladar entrenado.

—Exactamente por eso confío en tu evaluación imparcial.

Lo miré durante un segundo, con las dos tazas sobre la encimera y él al otro lado con la paciencia particular de alguien que ha planeado algo y no va a dejarlo caer.

Bebí la primera. Bebí la segunda.

—La primera es la Moka —dije.

—¿Y cuál prefieres?

—La primera.

—Entonces la Moka hace mejor café.

—Eso no es lo que he dicho. He dicho que la prefiero.

—¿Hay diferencia?

—La preferencia no siempre coincide con la calidad objetiva. Prefiero la Moka porque ya la conozco. Si no supiera que era la Moka, podría preferir la otra.

—Pero sí sabías que era la Moka, y la has preferido.

—Hemos dicho que era ciega.

—Has identificado cuál era cuál en menos de dos segundos.

—Porque tengo el paladar entrenado.

—Entonces el experimento es válido.

—El experimento tiene un fallo metodológico fundamental.

—El fallo metodológico fundamental es que tú tienes razón y no quieres admitirlo.

Me apoyé contra la encimera opuesta, mirándolo.

—Tráete la Moka —dije.

—¿A tu casa?

—A esta casa. Para quedarse. —Pausa—. Si el café va a estar aquí todos los días de todas formas, que esté aquí de manera oficial.

Roan no respondió de inmediato. En cambio, me miró con esa atención completa suya, la que usaba cuando quería asegurarse de que lo que estaba escuchando era lo que de verdad se estaba diciendo y no una versión más pequeña de ello.

—¿Estás hablando del café —dijo— o estás hablando de otra cosa?

—Estoy hablando de las dos cosas.

—¿Con la misma propuesta?

—Con la misma lógica. Si algo ya está aquí todos los días de todas formas, que esté aquí de manera oficial.

El silencio que siguió tuvo la calidad de los que se forman alrededor de las cosas que llevan tiempo siendo verdad antes de encontrar la frase que las expresa.

—El apartamento de Travis Heights tiene contrato hasta octubre —dijo, despacio, no como objeción sino como dato que ordenar.

—Octubre está a cinco meses.

—Sí.

—Y yo no te estoy pidiendo que lo rompas. Te estoy diciendo que cuando llegue octubre, si quieres, puedes no renovarlo.

—¿Y si quiero?

—Si quieres, también. —Lo miré—. No es una presión. Es una opción que antes no existía y que ahora existe.

Roan dejó su taza sobre la encimera, cruzó la cocina pequeña de mi casa, y se quedó de pie frente a mí en el espacio de un metro cuadrado que los dos ocupábamos cómodos ya, con la manera particular que tenían dos personas que llevan suficiente tiempo aprendiendo los contornos del otro.

—No quiero el apartamento de Travis Heights en octubre —dijo.

—¿No?

—No. Quiero la terraza al sur a quince minutos de la destilería por la carretera de Dripping Springs. —Hizo una pausa—. Esta terraza. —Señaló hacia la puerta del salón que daba al porche—. Si te parece bien.

—Me parece bien.

—¿El bien grande o el bien pequeño?

—El bien que ya no necesita categoría —dije—. El que simplemente es.

Me besó, ahí mismo, en la cocina pequeña de mi casa con las dos cafeteras sobre la encimera y el sol de mayo entrando por la ventana que daba al campo que en esa época tenía los primeros colores del verano que llegaba, y fue el tipo de beso que no tiene urgencia porque ya no tiene nada que confirmar, que simplemente existe de la manera en que existen las cosas que han encontrado su lugar.

—¿Qué hacemos con el apartamento en octubre? —preguntó, cuando nos separamos.

—Lo dejas. —Pausa—. Y el cuarto de invitados de esta casa lo convertimos en despacho para los dos.

—¿Tienes espacio para un despacho compartido?

—Tengo espacio para lo que importe suficientemente para encontrarle espacio.

—¿Y la Moka?

—La Moka va en el rincón del fondo de la cocina, al lado del fregadero. Ese es su sitio natural.

—¿Y mi cafetera moderna?

—La guardamos en el armario alto. Para visitas.

—¿Qué visitas usarían la cafetera moderna?

—Ninguna que yo conozca. Pero tenerla ahí da la sensación de que somos personas que consideramos las opciones antes de decidir.

—Eso es una descripción muy precisa de cómo funciona esta relación.

—¿Tengo razón?

—Siempre tienes razón. Pero el queso de doce meses sigue siendo mejor que el de seis.

—Eso no tiene nada que ver con la conversación.

—No. Pero es verdad.

—Es verdad —admití, lo cual era la primera vez que lo admitía en voz alta, y él lo sabía.

—Página veinticinco —dijo, ya cogiendo la libreta.

—Anota lo que quieras.

—Estoy anotando *"Tatum Calloway ha admitido en voz alta y sin coerción que el queso de doce meses es superior. Fecha: tercer sábado de mayo. Testigos: ninguno. Valor del testimonio: incalculable"*.

—Ese texto nunca verá la luz pública.

—Está en la libreta, que es prácticamente una publicación privada.

—La libreta es privada.

—Para ti. Para mí es el registro más importante que llevo.

Lo miré durante un segundo, con la libreta en su mano y la Moka Express sobre la encimera y el sol de mayo entrando por la ventana, y pensé que llevaba un año registrando cosas que importaban y que cada página era también la historia de cómo había llegado aquí, a esta cocina, a este sábado, a esta conversación sobre queso y cafeteras y el cuarto de invitados convertido en despacho compartido.

—Bien —dije.

—¿El grande?

—El más grande que hay.

•  •  •

El lunes siguiente, antes de la reunión de Selah, mi padre me esperaba en la sala de juntas con los últimos números de distribución.

—He hablado con Cordray esta mañana —dijo—. Los distribuidores de los cuatro estados del acuerdo han pedido ampliar volúmenes del segundo trimestre. Un veintiocho por ciento de aumento.

Lo miré.

—¿Podemos cubrirlo?

—Con margen justo, sí. La pregunta es si queremos hacerlo o si queremos crecer más despacio.

—¿Tú qué quieres?

Mi padre miró la fotografía del abuelo Earl con el primer alambique.

—Quiero crecer sin perder lo que somos. Y creo que un veintiocho por ciento lo podemos manejar. Pero no mucho más todavía.

—De acuerdo. Y si Cordray pide más en el tercero, la respuesta es que no hasta el año que viene.

—Eso —dijo— es exactamente lo que habría dicho tu abuelo.

—Aprendí de los mejores.

—Él siempre decía lo mismo de mí. —Pausa, mirando la foto—. Y el chico. Roan. Se queda en octubre.

—Sí.

—Bien —dijo, con el bien de los Calloway.

—Bien —dije yo.

Y salí con el veintiocho por ciento y el octubre guardados en el mismo sitio donde guardaba las cosas que no quería olvidar.

La semana siguiente, Selah pidió una reunión que no estaba en el calendario.

Eso, en sí mismo, era una señal de que algo importante estaba por decirse, porque Selah era la persona más meticulosa con el calendario que yo conocía y la que menos reuniones innecesarias convocaba en toda la empresa.

Nos sentamos en la sala de juntas el lunes por la mañana con el café y sin agenda escrita, lo cual era todavía más inusual.

—Quiero hablaros de algo —dijo, con la directness de siempre pero con un tono diferente, más cuidado.

—¿Algo va mal? —pregunté.

—No. Al contrario. —Hizo una pausa—. Lleváis ocho meses trabajando juntos de una manera que ha cambiado la escala de la empresa de manera significativa.

La distribución bajo Cordray, el lanzamiento de Earl's Daughter, el lanzamiento de Margaret, los nuevos acuerdos de mayo.

La empresa ha crecido más en ocho meses de lo que había crecido en los cinco años anteriores.

—Otra pausa—. Y yo he estado haciendo el trabajo de dos personas durante ese tiempo, que es lo que hacen los directores de operaciones cuando las empresas crecen rápido y el equipo no crece al mismo ritmo.

La miré.

—¿Estás pidiendo un aumento?

—Estoy pidiendo un aumento, la incorporación de un segundo coordinador de operaciones, y —hizo una pausa que era claramente la más importante de las tres— que el título de mi posición refleje lo que en realidad estoy haciendo, que es más directora general de operaciones que directora de operaciones a secas.

—¿Cuándo has preparado esto?

—Llevo tres meses preparándolo. Esperaba el momento correcto.

—¿Y el momento correcto es ahora?

—El momento correcto es cuando la empresa tiene el oxígeno suficiente para dar este paso sin que duela. Y ahora lo tiene.

Roan, que había estado callado durante toda la conversación con la libreta abierta pero sin escribir, dijo:

—El título es correcto. El aumento también. ¿Cuánto?

Selah dijo una cifra.

Roan miró a mi padre, que había entrado sin que yo lo notara y estaba en la puerta con su taza de té.

—Es razonable —dijo mi padre.

—Más que razonable —dije yo—. Es lo que deberías haber estado cobrando desde hace al menos dos años.

Selah nos miró a los tres.

—¿Eso es un sí?

—Es un sí —dije—. Y un lo siento por haber tardado tanto en llegar a él.

—No te disculpes. El momento tiene que llegar cuando puede llegar. —Se levantó, recogió sus cosas—. Ahora hay una cosa más.

—¿Qué?

—El coordinador de operaciones que quiero contratar. Ya tengo a alguien en mente.

—¿Quién?

—Corrine.

Guardé silencio un segundo.

—Corrine es la mejor operaria de producción que tenemos.