Al diablo con el amor CAPÍTULO 31
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CAPÍTULO 31

El número de mayo de la publicación de Nueva York llegó a los quioscos el primer miércoles del mes, y antes de que yo tuviera tiempo de verlo en papel, Saoirse me había mandado un enlace al artículo digital, Roan me había mandado una fotografía de la portada desde una librería del Upper West Side de Manhattan donde había entrado a buscarlo mientras estaba en uno de sus días de trabajo presencial en Nueva York, y Colette Sutherland me había mandado un mensaje desde Tulsa que decía: *Vi la revista en el supermercado y me la compré antes de leer el artículo. Solo por la foto.*

La foto de mi abuelo mirando el campo de pacanas.

En portada de un número de mayo de una publicación de Nueva York.

Me quedé mirando la imagen en el teléfono durante un momento que fue más largo de lo que esperaba, con el alambique Dorothy trabajando de fondo y el olor familiar de la fermentación en el aire, y pensé que hay cosas que uno imagina que van a pasar de determinada manera y que cuando pasan resultan ser completamente distintas, no peores ni mejores, solo distintas, con una textura que ninguna anticipación habría podido replicar.

Llamé a mi abuelo.

—Ya lo sé —dijo, antes de que yo pudiera abrir la boca—. Pilar me lo ha enseñado en el teléfono.

—¿Y?

—Y nada. —Una pausa—. Está bien.

—¿Bien bien o bien de los Calloway?

—Bien bien. Sin matices esta vez. —Otra pausa, más larga—. Tu madre habría dicho algo sobre la luz de la foto. Siempre se fijaba en la luz.

—¿Qué habría dicho?

—Habría dicho que en esa foto parece que toda la luz del mundo viene de donde estoy mirando yo. —Silencio breve—. Y tendría razón. Porque viene de donde sembraba ella las flores.

Tuve que esperar un segundo antes de poder responder.

—¿Qué haces hoy? —pregunté.

—Tenía pensado quedarme en casa con Trigo. Pero si vienes a comer, cambio los planes.

—Voy a comer.

—Trae algo. Pilar está de mal humor y cuando está de mal humor no cocina.

—¿Por qué está de mal humor?

—Porque le he dicho tres veces esta mañana que no quiero tomar la medicación de la tensión con el desayuno, que sabe fatal con el té, y al tercero se ha puesto seria.

—La medicación de la tensión hay que tomarla con el desayuno, abuelo.

—Ya lo sé. Pero me gusta quejarme.

—Lo sé. Llevo décadas sabiéndolo.

Llevé enchiladas del restaurante mexicano que había a dos kilómetros de su casa y que a mi abuelo le gustaba aunque nunca lo admitiera del todo porque decía que las enchiladas de su mujer habían sido mejores y que comer las de cualquier restaurante era una rendición filosófica a la que todavía se resistía en términos conceptuales pero que en términos prácticos había aceptado hace años.

Comimos en el porche, con la revista encima de la mesa entre los dos, con la foto de mi abuelo mirando hacia el campo donde en ese momento de mayo las primeras flores silvestres ya empezaban a asomar entre los pastos.

—¿Cuánta gente va a leer esto? —preguntó mi abuelo.

—La publicación tiene unos cuatrocientos mil lectores en papel y más en digital.

—Cuatrocientos mil personas van a ver esta foto.

—Aproximadamente.

Miró la portada durante un momento.

—Espero que no piensen que soy guapo —dijo—. A mi edad uno no quiere que le digan que es guapo. Que le digan que tiene bien conservado, vale. Pero guapo, no.

—Nadie te va a decir que eres guapo, abuelo.

—¿Por qué no?

—Porque eres extraordinario, que es mucho mejor.

—Eso es un cumplido muy hábil que no sé si creerme.

—Es la verdad.

Se quedó callado mirando hacia el campo de pacanas, con la revista sobre la mesa y Trigo a sus pies y el sol de mayo siendo ya más intenso que el de abril pero todavía con esa calidad no del todo pesada que tiene el mes cuando todavía no ha decidido ser verano.

—¿Crees que lo ve? —preguntó.

No necesité preguntar quién.

—Creo —dije, con la honestidad que merecía la pregunta— que si hay algo después de esto, ella lo ve. Y que si no hay nada, entonces lo que queda de ella está exactamente en el sitio donde siempre ha estado: en esta destilería, en este porche, en el campo donde sembraba las flores, y en nosotros.

Mi abuelo asintió, lentamente.

—Tu madre —dijo— era buena eligiendo las personas que la rodeaban. Tú también lo eres. —Me miró—. Roan es una de las mejores elecciones que has hecho.

—Ya me lo dijiste en septiembre.

—Te lo repito en mayo porque las cosas que son verdad no dejan de serlo por haberlas dicho una vez.

—¿Y cuántas veces piensas repetírmelo?

—Las que hagan falta. Soy viejo y tengo derecho a la redundancia.

Comimos el resto de las enchiladas en un silencio que era del tipo correcto, el que no necesita llenarse, y cuando me fui por la tarde, con la revista todavía en la mesa del porche y el campo de flores empezando a cerrarse con la luz baja, mi abuelo dijo desde la silla:

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por hacer que esto existiera. Por quedarte. Por no marcharte cuando podrías haberlo hecho.

—Nunca quise irme, abuelo.

—Ya lo sé. Pero se agradece de todas formas.

•  •  •

El artículo de Saoirse generó, en las dos semanas siguientes a su publicación, más consultas de distribuidores nuevos de las que la destilería había recibido en los dos años anteriores combinados.

Roan las gestionó con la metodología que había desarrollado durante el Festival de septiembre y que con Margaret había refinado todavía más: primero escuchar lo que el distribuidor quería conseguir, luego evaluar si lo que querían conseguir era compatible con lo que nosotros queríamos ser, y solo entonces avanzar en la conversación.

De las cuarenta y tres consultas de las primeras dos semanas, diecisiete pasaron a una segunda conversación, ocho llegaron a términos preliminares de acuerdo, y tres llegaron a contratos formales que Roan y mi padre y Fletcher revisaron con la misma meticulosidad que el acuerdo con Cordray.

—¿Cómo decides cuáles avanzan y cuáles no? —le pregunté un miércoles de mayo, mirando la lista en su ordenador.

—Por la pregunta que hacen en la primera llamada —dijo—. Los que preguntan primero por el precio o por el volumen mínimo los descarto de inmediato. Los que preguntan primero por la historia o por el proceso, esos son los que nos interesan.

—¿Y los que no preguntan nada y esperan?

—Esos son los mejores. Los que esperan a escuchar antes de hablar normalmente ya saben escuchar, que es la mitad del trabajo.

Lo miré.

—Eso también es filosofía de destilería.

—O de publicidad. O de relaciones humanas en general. Algunas cosas son universales.

—¿Y a ti cuándo te enseñaron a esperar antes de hablar?

Se lo pensó.

—Cuando llegué aquí y probé Earl's Daughter por primera vez —dijo—. Treinta segundos de silencio que alguien contó y que resultaron importantes.

—Yo lo conté.

—Ya lo sé. —Me miró—. ¿Sabes cuánto tiempo tardé yo en aprender que el silencio era una ventaja en lugar de un vacío que había que llenar?

—¿Cuánto?

—Hasta que vi cómo tú y tu abuelo y Selah y Denny operáis. Todos vosotros tenéis una relación con el silencio que en Nueva York se considera una señal de que algo va mal. Aquí es simplemente el espacio donde las cosas se asientan antes de ser lo que tienen que ser.

—Es la paciencia del añejamiento —dije.

—Es exactamente eso. —Cerró el ordenador—.

¿Sabes que cuando hablo con Knox ahora, él también ha cambiado la velocidad de las conversaciones?

Me lo dijo la semana pasada. Que desde que trabaja conmigo a distancia y yo no estoy físicamente en la oficina presionando el ritmo, las reuniones son más cortas y más productivas.

—Knox aprendiendo de una destilería de Texas.

—Knox aprendiendo del hombre que aprendió de la destilería de Texas. Hay un grado de separación.

—Ese grado de separación es toda la diferencia.

—Siempre lo es.

•  •  •

Tres días después de la publicación del artículo de Saoirse, Marisol Quintanilla del Chronicle llamó para pedir hacer un seguimiento.

—No un artículo nuevo —aclaró—. Solo una conversación. Quiero entender qué ha cambiado desde septiembre.

—Mucho —dije.

—¿Puedo venir a la destilería?

—El miércoles a las once.

Llegó puntual, sin grabadora, solo con su libreta y su té helado permanente, y nos sentamos en el patio bajo el sauce, que en mayo tenía esas hojas nuevas de verde muy claro que duran poco antes de oscurecerse, y hablamos durante una hora sin que ella encendiera nada.

Hablamos de Margaret y del Festival de primavera y de la foto de Saoirse y de lo que había sentido mi abuelo al verla.

Hablamos de los nuevos distribuidores y de Corrine y de Denny y de los libros en la sala de degustación.

Hablamos de cosas que en septiembre no existían todavía y que en mayo eran simplemente parte de lo que la destilería era.

Y en algún punto le conté lo de la caída de mi abuelo en abril y cómo Roan había venido sin que nadie le pidiera y había hecho el té con miel y anotado lo del protocolo de las caídas.

Marisol anotó algo.

—¿Puedo preguntarte algo personal? —dijo.

—Depende de qué sea.

—Saoirse menciona en el artículo que el timing de Margaret fue el correcto porque llegó alguien que ayudó a la empresa a salir adelante. Nunca especifica quién. ¿Sigue aquí?

Miré hacia el fondo del patio, donde Roan hablaba con Corrine sobre los nuevos calendarios de producción.

—Sigue aquí —dije—. En octubre deja el apartamento de Austin.

Marisol siguió mi mirada.

—Es una buena historia —dijo.

—Ya tenemos suficientes historias buenas para el Chronicle.

—Esto no es para el Chronicle. Es simplemente lo que pienso. —Cerró la libreta—. Y cuando abráis el lote del centeno especial, avisadme.

—¿En cuatro o seis años?

—Puedo esperar. —Se levantó—. Las cosas buenas siempre merecen esperar.

Se fue dejando el patio más quieto de lo que había estado antes, con esa calidad particular de los silencios que dejan las conversaciones que han dicho lo que tenían que decir.

Roan se acercó cuando Marisol ya había desaparecido por el camino de tierra.

—¿Qué ha dicho?

—Que es una buena historia.

—¿Cuál?

—La nuestra. En general. —Lo miré—. Y que va a esperar cuatro o seis años para ver el lote C-especial.

—Marisol Quintanilla tiene paciencia de destiladora.

—Eso es lo más bonito que podrías decir de alguien en este sitio.

—Lo sé. —Sonrió, esa sonrisa lenta—. Por eso lo he dicho.