CAPÍTULO 30 #2
Habíamos vendido ciento veinte de las ciento cuarenta y ocho botellas del lote general en siete horas, lo cual era un número que Selah calculó en su cabeza en menos de un minuto y que anotó en el cuaderno de operaciones con la misma cara de quien confirma lo que ya sabía que iba a pasar pero que necesitaba verlo escrito para creerlo del todo.
Las veintiocho botellas restantes iban a distribuidores específicos la semana siguiente, ya confirmados, ya pagadas, parte del plan de distribución selectiva que Roan había diseñado con la misma filosofía de todo lo demás: no a todos a la vez, sino a los que de verdad lo buscaban.
Denny desmontó los carteles con el cuidado de quien sabe que van a volver a colgar en la destilería, doblados o enrollados con cuidado en el tubo de transporte que alguien había encontrado en el almacén y que resultó ser exactamente del tamaño correcto.
Corrine empaquetó las copas. Selah cerró los libros de registro del día con su letra ordenada de directora de operaciones que llevaba cinco años siendo el ancla logística de todo lo que yo hacía.
Mi abuelo se quedó en su silla hasta que Pilar llegó a buscarlo, con Trigo dormido a sus pies y la expresión de alguien que ha llegado al final de un día largo e importante y está completamente satisfecho con lo que ha encontrado al llegar.
—¿Bien? —le pregunté, cuando me agaché junto a él para decirle adiós.
—Muy bien —dijo, con el bien grande, el que no necesita matices.
—¿Te vas a casa a descansar?
—Voy a casa a contarle a tu madre lo que ha pasado hoy. —Me miró—. En el porche, con la botella que me dejaste. No la voy a beber todavía. Solo la voy a tener ahí mientras le cuento.
No dije nada. Lo abracé, con cuidado del hombro que todavía estaba sensible, y lo dejé ir con Pilar y con Trigo hacia el coche que esperaba fuera, y me quedé de pie en la entrada del Almacén del Distrito Este viendo cómo se alejaban con el sol de las seis de la tarde de Austin cayendo sobre ellos en diagonal, y pensé que hay pocas cosas en la vida tan completas como ver a alguien que quieres llegar al sitio al que quería llegar.
Roan apareció a mi lado.
—¿Vamos a comer algo? —preguntó.
—Vamos a comer algo —dije—. Y esta vez eliges tú sin preguntarme dónde.
—¿Confías en mi criterio gastronómico?
—Llevas meses en Austin. Si todavía no sabes dónde comer bien, ese es tu problema, no el mío.
Se rio, esa risa que se le escapaba, y cogió las últimas cajas del stand, y Selah cogió otras, y Denny cogió el tubo de los carteles, y salimos juntos del Almacén del Distrito Este hacia la tarde de abril con las manos llenas de cosas y los pies cansados del día y algo que no tenía un nombre más específico que satisfacción en su versión más limpia, sin complicaciones, sin pendientes, sin nada que todavía esperara resolverse.
Solo el día que había sido. Y la noche que vendría. Y el lote C-especial añejando en la destilería hacia sus cuatro o seis años. Y el cuaderno verde en el diecisiete. Y la libreta de cuero en la página veintitrés. Y el bien grande del abuelo en su silla. Y Margaret en la estantería de las fotos.
Y Roan eligiendo el restaurante sin preguntarme, que era exactamente la confianza correcta para exactamente el momento correcto.
• • •
Eligió un local de barbacoa en el barrio de East Austin, no el que habíamos ido el primer día del Festival de septiembre sino uno diferente, con mesas en el exterior bajo una pérgola de madera y lámparas de filamento que creaban la luz particular de los sitios donde la gente va a tomarse el tiempo que necesita.
Fuimos los cinco: Roan, Selah, Denny, Corrine, y yo.
Nos sentamos alrededor de una mesa larga y pedimos demasiada comida, que es la única cantidad correcta de comida cuando uno ha pasado siete horas de pie en un festival, y durante la primera media hora nadie habló de Margaret ni del Festival ni de los números ni del artículo de Saoirse ni de Pruitt con sus tres botellas.
Hablamos de béisbol, porque Roan había aprendido que en Texas el béisbol es el idioma de la relajación, y de la corona de Navidad de Denny que había prometido mejorar para el año que viene con romero además del eucalipto, y de los planes de Selah para el mes de mayo, que incluían un viaje a Houston que llevaba aplazando desde agosto y al que por fin iba a ir ahora que la empresa tenía oxígeno suficiente.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo Denny, en algún punto entre el segundo y el tercer plato, mirando a Roan con la seriedad de alguien que lleva un rato formulando la pregunta.
—Adelante —dijo Roan.
—¿Qué vas a hacer con la botella de Margaret que te dio el señor Earl? ¿Cuándo la vas a abrir?
Roan se tomó su tiempo.
—Cuando haya algo que merezca abrirla —dijo—. Algo suficientemente importante.
—¿Como qué?
—No lo sé todavía. Pero lo voy a saber cuando llegue.
Denny asintió como si eso tuviera perfecto sentido, que lo tenía.
—Como la barrica veintidós —dijo.
—Exactamente como la barrica veintidós.
Corrine, que llevaba la cena escuchando más que hablando porque era su modo habitual en los contextos de grupo, dijo entonces algo que no esperaba:
—La primera vez que olí Earl's Daughter, pensé en mi abuela.
No sé por qué. No había ninguna razón específica.
Solo que de repente estaba ahí, ese olor, y yo estaba pensando en ella.
—Miró su vaso—. Creo que eso es lo que hace el buen bourbon.
No te lleva a ningún sitio nuevo. Te lleva a un sitio que ya conocías y que creías que habías olvidado.
Nadie dijo nada durante un segundo.
—Eso —dijo Selah— va en el texto de la próxima campaña.
—No —dije—. Eso se queda en la mesa. Hay cosas que se dicen una vez y no se repiten.
Corrine levantó levemente la vista, sorprendida de que yo lo dijera.
—Gracias —dijo.
—No, gracias a ti.
La noche siguió con más comida y menos agenda, y en algún punto Denny empezó a contar la versión más larga que existía de la historia del taladro del vecino, que para entonces todos conocíamos de memoria pero que seguía siendo igual de larga cada vez, y Selah y Corrine la escuchaban con la paciencia de quienes han decidido que el ritual tiene su propio valor independiente del contenido.
Roan me puso la mano en la rodilla bajo la mesa en algún punto de la historia del taladro, sin decir nada, solo eso, y yo no lo aparté, y los dos seguimos escuchando a Denny con la mesa llena de platos vacíos y la noche de abril de Austin encima de nosotros tibia y sin prisa, y era exactamente lo que tenía que ser.
Cuando volvimos a Dripping Springs, con la furgoneta oliendo a barbacoa y el radio de country poniéndose solo porque nadie había cambiado la emisora desde la última vez, Roan dijo, mirando la carretera:
—¿Qué piensas?
—¿Sobre qué?
—Sobre el día. Sobre todo.
Lo pensé durante un kilómetro completo, con las luces de la carretera y los árboles a los lados y las colinas intuidas en la oscuridad.
—Pienso que mi madre habría querido estar ahí —dije—.
Y que de alguna manera lo estaba, porque el cartel de Denny estaba ahí y la foto del abuelo estaba en la portada del artículo y las tres botellas de Pruitt estaban en camino a alguien que perdió a su madre hace dos años y que va a entenderlo.
—Pausa—. Y pienso que el año que viene el Festival de primavera ya no va a ser el debut de Margaret sino la continuación de algo que ya existe, y que eso va a ser diferente pero también va a ser bien.
—¿El bien grande o el bien pequeño?
—El bien que todavía no existe pero que ya se puede intuir desde aquí.
—Eso —dijo Roan— es lo más difícil de articular y lo más importante de saber.
Llegamos a casa con la noche del Festival de primavera guardada en el mismo sitio donde guardábamos las otras cosas que no queremos olvidar, y el lote C-especial añejando hacia sus años, y Margaret en la estantería de las fotos del abuelo Earl, y la terraza al sur a quince minutos en coche hacia el este, y el cuaderno verde en la página correcta de la historia correcta, y todo lo que todavía quedaba por añejar en su tiempo.