CAPÍTULO 34
Septiembre llegó con la primera lluvia real del año, una tormenta de tarde que duró tres horas y dejó el aire limpio y la tierra oscurecida y el olor a petricor mezclado con el roble de la destilería en una combinación que Roan definió como "lo que debería oler el mundo entero" y que yo definí como "martes de septiembre en Texas".
Era el primer aniversario, en sentido amplio, de cuando Roan había aparecido en la inundación de los aspersores con los zapatos caros y la American Express y el teléfono muerto.
No lo celebramos de manera formal. Pero ese martes de la primera lluvia, Roan llegó a la destilería con una caja de zapatos que dejó sobre la mesa de la sala de juntas con la expresión de quien está a punto de hacer algo levemente ridículo a propósito.
—¿Qué es eso? —pregunté.
—Los zapatos —dijo.
—¿Cuáles?
—Los del primer día. Los que se quedaron destrozados con el agua de los aspersores.
—Abrió la caja. Dentro, en efecto, había un par de zapatos de cuero que tenía el aspecto de algo que había sobrevivido a algo que no estaba diseñado para sobrevivir—.
Los guardé. No sé por qué exactamente. Pero los guardé.
Los miré.
—Están arruinados.
—Completamente. Pero llevan un año en el cajón del armario y no he podido tirarlos.
—¿Por qué no?
—Porque me recuerdan el primer día. Y el primer día merece ser recordado aunque los zapatos estén arruinados. —Me miró—. ¿Qué hago con ellos?
Lo pensé durante un segundo.
—El almacén de mantenimiento —dije—. Hay una estantería alta en el fondo donde guardamos cosas que no se usan pero que tampoco se pueden tirar.
Las primeras llaves del primer alambique que tuvo mi abuelo están ahí.
Las fotos del primer día de apertura de la destilería.
Una botella vacía del primer lote que salió bien.
—¿Los zapatos tienen derecho a esa estantería?
—Creo que sí. Son el primer objeto de valor sentimental que entró en esta destilería en los últimos doce meses.
—¿El objeto o yo?
—Los dos llegaron el mismo día, así que la distinción es irrelevante.
Roan cerró la caja con cuidado.
—¿Me acompañas al almacén?
—Te acompaño al almacén.
Pusimos los zapatos en la estantería alta entre las llaves del alambique de mi abuelo y la botella vacía del primer lote, y Denny, que pasó por ahí mientras lo hacíamos, los miró y preguntó:
—¿Son los zapatos del primer día?
—Los mismos —dije.
—Bien —dijo Denny, y siguió hacia el turno de tarde sin necesitar más explicación.
No era la primera vez que me preguntaba si Denny entendía más de lo que preguntaba o si simplemente tenía el instinto de no preguntar lo que no necesitaba preguntar, y seguía sin saberlo con certeza, pero ambas opciones me parecían igualmente válidas.
• • •
Lo mencioné en el lote de centeno ese mismo martes, mientras revisábamos juntos el estado del lote C-especial, que marcaba su primer cumpleaños completo en la barrica.
—Un año —dije.
—Un año —repitió Roan, anotando la temperatura en su libreta junto con las mías en el cuaderno verde.
—¿Qué has anotado?
—La temperatura ambiente, la temperatura de la barrica, el porcentaje de alcohol estimado. Y una nota que dice: "Un año en la barrica. Perfil en desarrollo. No hay prisa."
—¿Eso es una nota técnica o una metáfora?
—Los dos, supongo. Igual que casi todo lo que escribo aquí desde hace un año.
Fuimos a ver a mi abuelo ese domingo, como hacíamos casi todos los domingos desde hacía meses, y él estaba en el porche con la guitarra de Roan —que había empezado a dejar en casa de mi abuelo los jueves porque Pilar había decidido que el instrumento le daba un aire más joven al porche— practicando algo que reconocí vagamente como una canción country que sonaba en la radio cuando yo era pequeña.
—¿Eso es lo que creo que es? —pregunté.
—Depende de lo que creas que es —dijo mi abuelo, sin levantar la vista de los trastes.
—¿Mamá tenía esa canción en un casete?
—La tenía en tres casetes porque siempre perdía el primero y compraba otro antes de encontrarlo. —Siguió tocando—. Le gustaba porque hablaba de quedarse en el sitio que quieres en lugar de ir al sitio que se supone que tienes que ir.
Lo miré, luego miré a Roan, que estaba escuchando con la misma atención con la que siempre escuchaba a mi abuelo.
—¿Cuándo la aprendiste? —pregunté.
—Esta semana. Roan me dijo cuál era el título y la busqué en YouTube, que Pilar me ha explicado por fin cómo funciona, y la aprendí. —Una pausa—. Quería poder tocarla cuando hiciera falta.
—¿Cuándo hace falta?
—Hoy, por ejemplo. —Me miró por primera vez desde que habíamos llegado—. El primer aniversario de muchas cosas importantes merece una canción que la señale.
No respondí. No hacía falta.
Mi abuelo siguió tocando la canción de los casetes de mi madre bajo el sauce de septiembre, con Trigo a sus pies y Roan y yo sentados en las sillas del porche, y el campo de pacanas al fondo ya empezando a mostrar los primeros colores del otoño que no eran los del norte pero que eran los de aquí, dorados y marrones y un verde que se estaba volviendo otra cosa.
Cuando terminó, se quedó un momento con las manos sobre las cuerdas sin moverse.
—Margaret habría estado muy contenta —dijo.
—¿Con qué? —pregunté.
—Con todo esto. —Señaló de nuevo con el gesto amplio que usaba para indicar cosas que no cabían en un señalamiento concreto—.
Con la destilería, con el acuerdo, con que el bourbon lleva su nombre en una etiqueta blanca que la gente compra en sitios que ella nunca pisó.
Con que las barricas siguen ahí y que las estáis cuidando.
—Pausa—. Y con esto también. Con que estás contenta, niña.
Con que tienes a alguien que sabe estar sin necesitar que le expliques cómo.
Roan, a mi lado, no dijo nada. Pero le vi la mano buscando la libreta en el bolsillo y deteniéndose, porque había cosas que no merecían ser anotadas sino guardadas de otra manera.
—¿Me prestas la guitarra? —le preguntó a mi abuelo.
Mi abuelo se la tendió sin preguntar por qué.
Roan la cogió, la colocó con la torpeza todavía presente de quien lleva aprendiendo menos de un año, buscó algo en los trastes con la concentración de quien no está seguro de encontrarlo, y tocó la misma canción que mi abuelo había tocado, más lenta y con más errores pero reconocible.
Mi abuelo lo escuchó con los ojos cerrados.
Yo lo escuché mirando el campo de pacanas, donde en los meses de primavera mi madre sembraba las flores que salían en la foto de Saoirse sin estar en ella.
Cuando terminó, mi abuelo abrió los ojos y dijo:
—Bien.
—¿El grande? —preguntó Roan.
—El más grande que tengo —dijo mi abuelo.
• • •
El primero de octubre, Roan devolvió las llaves del apartamento de Travis Heights.
No lo hizo solo. Lo hice con él, porque le había dicho en mayo que si algo ya estaba aquí de manera constante merecía estarlo de manera oficial, y porque había llegado el día en que eso de oficial tenía que concretarse en algo más que una propuesta en la cocina con dos cafeteras.
La agente inmobiliaria recogió las llaves con la eficiencia de alguien que ha hecho ese proceso cientos de veces, hizo la inspección del apartamento que estaba en perfectas condiciones salvo por tres marcas pequeñas en la pared donde Roan había colgado cuadros y que Roan había repintado él mismo el fin de semana anterior, y nos dio la confirmación del depósito en cinco días laborables.
Bajamos al coche en silencio, con el sol de octubre empezando a caer sobre Austin de esa manera dorada que tenía el mes cuando decidía ser generoso, y Roan se quedó un momento mirando el edificio desde la acera, el de ladrillo de los años sesenta con el ascensor ruidoso y la terraza al sur.
—¿Echas algo de menos? —pregunté.
—La terraza al sur —dijo—. Aunque la de tu casa también da al sur.
—La tuya tenía mejor vista de Austin.
—La mía tenía vistas de Austin. La tuya tiene vistas de las colinas. —Me miró—. Las colinas ganan.
—Eso no lo sabías cuando elegiste el apartamento.
—Lo intuía. —Sonrió—. Selah me había investigado el edificio de antemano y me dijo que el vecino del segundo tenía un perro tranquilo y que la comunidad de vecinos tenía buena fama. Nada sobre las vistas. Pero la terraza al sur ya me pareció la respuesta correcta en el anuncio.
—¿Por qué?
—Porque las mejores cosas siempre están al sur en Texas. Así que si dudas, elige el sur.
—Eso es una heurística de vida muy específica para alguien que llevaba siete años en Nueva York.
—Nueva York me enseñó muchas cosas. Texas me enseñó las que importaban.
Nos subimos al coche y salimos hacia la carretera de Dripping Springs, y Roan llevaba en el maletero las últimas cajas del apartamento que eran pocas porque la mayor parte ya había ido migrando a mi casa de manera orgánica a lo largo de los meses, la Moka Express en el rincón del fondo de la cocina desde mayo, los libros en las estanterías del despacho compartido desde julio, la guitarra viajando entre el porche de mi abuelo y la sala de mi casa según los jueves y los domingos.
El cuarto de invitados ya era un despacho con dos escritorios, el de él con la libreta y el ordenador de Hollis & Vane y una foto de su padre en la fábrica, el mío con el cuaderno verde y los manuales de destilación y la libreta de catas del lote C-especial.
Lo que quedaba en las cajas eran objetos menores, cosas que llenan los rincones de un apartamento de seis años sin ser imprescindibles pero sin poder tirarse tampoco: el batidora de mano que nunca había usado, unos libros de diseño que había comprado en una conferencia en 2021, la planta de cactus que había sobrevivido a seis años de cuidados mínimos con la resiliencia silenciosa de los cactus.
—El cactus —dijo Roan, mirando al frente de la carretera.
—¿Qué pasa con el cactus?
—Que ha sobrevivido seis años de mi negligencia botánica y creo que se merece un sitio en el porche de tu casa. Con más sol del que tenía en el apartamento.
—Mi porche ya tiene dos macetas de romero y una de lavanda que Denny me trajo en agosto.
—El cactus no compite con el romero. Son temperaturas distintas.