CAPÍTULO 22
El diecisiete de octubre, Roan volvió a Austin con tres cajas medianas, una maleta, una guitarra en su funda de tela, la Moka Express envuelta en papel de burbuja, y una fotografía enmarcada de un hombre con ropa de trabajo frente a una cadena de montaje, que tenía el mismo ángulo en la mandíbula y la misma forma de sostener los hombros que el hombre que acaba de bajarse del taxi con todas esas cosas.
Yo estaba en la destilería cuando llegó a su apartamento nuevo, porque el quince había firmado el contrato definitivo y el diecisiete se mudaba, y porque había acordado con él que yo lo ayudaba el fin de semana, cuando tuviéramos más tiempo, a organizar las cajas.
Pero a las cinco de la tarde me mandó una foto del apartamento vacío con la Moka Express sobre la encimera de la cocina pequeña y el texto: Ya está.
El apartamento tiene la terraza al sur y la cocina que te da ventaja estratégica.
La guitarra no sé tocar está en el rincón donde hay mejor acústica por si algún día aprendo.
Respondí: Termino a las seis. ¿Tienes algo para cenar o necesitas que traiga algo?
Respondió: Tengo la Moka y tres cajas sin abrir. Trae lo que quieras.
Llevé pizza, porque la pizza era la solución práctica cuando alguien acababa de mudarse y no tenía ni sartén accesible todavía, y llegué al apartamento de Travis Heights a las seis y veinte con dos cajas y la dirección que me había mandado.
Era un edificio de ladrillo de los años sesenta, cuatro plantas, con un portal que olía a pintura reciente y un ascensor que funcionaba pero que hacía el ruido particular de los ascensores que han funcionado durante demasiados años sin que nadie les hiciera demasiadas preguntas.
La terraza del sur se veía desde la calle, una franja de barandilla de hierro negro con el cielo de Austin detrás, ese cielo de octubre que en Texas tiene una claridad distinta a todos los demás meses.
Roan abrió la puerta antes de que yo llegara a llamar, lo cual significaba que había oído el ascensor, y me encontré con el apartamento detrás de él: espacioso para la cocina pequeña que había en el anuncio, con las cajas apiladas junto a la pared del fondo y la fotografía de su padre ya colgada, la primera cosa que había puesto, en la pared junto a la ventana que daba al sur.
—¿Lo primero que has colgado? —dije, mirando la foto.
—Lo primero siempre. —Se apartó para dejarme entrar—. Si no tienes la foto de tu padre colgada, el resto de las cosas no saben dónde van.
Dejé las pizzas sobre la encimera de la cocina, que era, efectivamente, pequeña, con espacio para dos personas solo si las dos personas estaban dispuestas a ocupar el mismo metro cuadrado sin problema, lo cual en ese momento me pareció una ventaja más que un inconveniente.
La Moka Express estaba en su sitio, en el rincón del fondo junto al fregadero, con la misma autoridad silenciosa de los objetos que han sobrevivido demasiadas mudanzas para impresionarse por una más.
—¿La has probado ya? —pregunté.
—Primera cosa que hice cuando conecté la luz. —Me tendió una taza—. Guardé la primera para ti.
La cogí. La probé. Era café de verdad, no del aceptable de mi cafetera moderna sino del que sabe exactamente a lo que tiene que saber, sin margen de error, sin concesiones.
—Está bien —dije.
—Está bien es lo que dices cuando algo es mejor de lo que esperabas pero no quieres admitirlo.
—Está sorprendentemente bien para una cafetera que tiene más años que algunos de mis empleados.
—La Moka Express no envejece. Mejora.
—Eso es lo que dice la gente sobre el bourbon.
—Y también sobre las guitarras que no saben tocar y las relaciones que llevan siete años encontrando su sitio.
Lo miré sobre el borde de la taza.
—Tres categorías muy distintas.
—Mismo principio —dijo, con una sonrisa que no se molestó en disimular.
Comimos la pizza sentados en el suelo del salón, porque las sillas todavía estaban en una de las cajas y ninguno de los dos tenía ganas de buscarlas, con las cajas apiladas a nuestro alrededor y la terraza al sur al otro lado del cristal mostrando las luces de Austin empezando a encenderse en el azul del atardecer.
—¿Cómo fue lo del notario? —pregunté.
—Dos horas de firmar papeles que Knox y yo habíamos negociado durante tres semanas.
—Tomó un trozo de pizza—. Knox estuvo callado durante el desayuno previo, que es lo que hace cuando está procesando algo que no esperaba que le afectara y que le ha afectado.
Luego, cuando ya habíamos firmado todo, me dijo que me había enseñado a negociar y que era su culpa que fuera tan bueno en ello.
—¿Y tú?
—Le dije que le había enseñado a apostar en frío y que era mérito suyo que yo supiera cuándo una apuesta valía el riesgo.
—¿Y eso qué significa?
—Que Knox me enseñó a analizar los riesgos de manera objetiva, a separar el deseo de la evaluación racional.
Y que la decisión de quedarme en Austin fue la primera vez en diez años que tomé una decisión donde el análisis racional y el deseo coincidían completamente.
Sin tensión entre los dos. Solo la misma respuesta desde sitios distintos.
Lo miré, con el trozo de pizza a medio comer, pensando en lo que acababa de decir y en cómo lo había dicho, con esa claridad tranquila que Roan tenía cuando algo estaba completamente resuelto dentro de él.
—¿Y Knox está bien con eso?
—Knox está bien con eso. Knox, en el fondo, es alguien que valora la coherencia por encima de casi todo.
Y quedarse en Austin es la primera decisión coherente que he tomado en mucho tiempo, según él.
—Pausa—. También dijo que si Earl's Daughter termina en portada del especial de otoño de la publicación de Nueva York, va a usar nuestra colaboración como caso de estudio en todas sus presentaciones futuras, lo que técnicamente nos convierte en socios estratégicos en el sector artesanal texano.
—Knox convierte todo en una ventaja.
—Es su mejor virtud y su rasgo más irritante a partes iguales.
—Suena a alguien que conozco.
—¿A quién?
—A Selah. Misma energía, distintos sectores de aplicación.
Roan consideró esto durante un momento.
—Tienes razón. Si los dos estuvieran en la misma sala, o se harían mejores amigos del mundo o se destruirían mutuamente en cuarenta y ocho horas.
—No los pongas en la misma sala sin supervisión.
—Anotado.
• • •
Después de cenar, mientras desempaquetábamos la primera caja —la de los libros, que Roan organizaba por algún sistema que no conseguí descifrar y que él describió como "cronológico por impacto personal", lo cual no aclaró nada— me acordé de algo que llevaba días queriendo preguntarle y que había ido aplazando porque siempre había algo más urgente delante.
—¿Qué te dijo mi abuelo el tercer día del Festival? —pregunté, colocando un libro de ensayo sobre arquitectura en el sitio que él me señalaba—. Cuando hablasteis los dos en el stand. No lo que te había dicho antes, sobre la barrica veintidós. Esa última vez.
Roan dejó el libro que tenía en la mano sobre la caja, con el cuidado particular de alguien que está eligiendo las palabras.
—Me dijo que llevaba noventa y un años construyendo cosas y que la mitad de lo que había construido eran cosas que podías tocar: alambiques, barricas, edificios, contratos.
Y que la otra mitad eran cosas que no podías tocar, que solo podías ver en la cara de la gente cuando el trabajo había valido la pena.
—Una pausa—. Y luego me dijo que yo tenía pinta de ser alguien que todavía estaba aprendiendo la diferencia, pero que eso no era un defecto sino simplemente una cuestión de tiempo.
Guardé silencio un momento, colocando otro libro.
—¿Y te molestó?
—Me pareció lo más honesto que me han dicho sobre mí mismo en mucho tiempo. —Cogió el siguiente libro—. También me dijo que la barrica veintidós era la última gran cosa que le quedaba por hacer, y que lo único que le pedía a la vida era estar presente cuando la abriéramos.
—Va a estar presente —dije.
—Lo sé. —Me miró—. ¿Cuándo crees que estará lista?
—Tiene treinta años en barrica. Podría haber salido hace cinco. Pero mi abuelo siempre ha creído que la barrica veintidós tiene algo que todavía no ha terminado de hacer, y mientras él siga creyéndolo, yo no la abro.
—¿Y si te lo pidiera?
—Si él me lo pidiera, la abrimos esa misma tarde. —Lo miré—. ¿Por qué?
—Por nada. Solo quería saber quién toma esa decisión.
—Él. Siempre ha sido suya.
Roan asintió, colocó el libro en su sitio, y cogió el siguiente con la misma atención tranquila con la que hacía todo lo que no tenía prisa.
La caja de los libros tardó una hora en vaciarse.
Al final tenía tres estantes llenos de libros organizados por el sistema ininteligible pero aparentemente lógico de Roan, con la fotografía de su padre mirando desde la pared y la guitarra en el rincón de mejor acústica y la Moka Express brillando en la encimera de la cocina pequeña, y el apartamento ya no parecía cuatro paredes vacías sino el principio de algo que tenía carácter propio.
—Bien —dije, mirando el resultado.
—¿Bien o bien de verdad?
—Bien de verdad. —Lo miré—. El de la terraza al sur era el correcto.
—Me lo dijiste tú.
—Sí. Pero a veces las personas que tienen razón necesitan que se las recuerde.
—¿Eso también es filosofía de destilería?
—Eso es sentido común básico que aplico selectivamente.
Se acercó, me quitó el libro vacío que tenía todavía en las manos de manera completamente innecesaria, lo dejó sobre la caja, y me besó con la calma específica de alguien que ya no tiene ningún tren que coger ni ninguna ciudad a la que volver, que es uno de los besos más distintos que existen de todos los demás.
Cuando nos separamos, la terraza al sur seguía ahí, con las luces de Austin brillando en la oscuridad de octubre y las colinas invisibles pero presentes detrás, y pensé que había algo en ese apartamento, en ese primer día de algo que todavía no tenía nombre pero que ya tenía dirección, que merecía quedarse un poco más.
Me quedé.
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