Al diablo con el amor CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

El miércoles por la mañana, a las seis y cuarto, Roan metió una maleta de cuatro días en el maletero de un Uber que lo llevó al aeropuerto de Austin-Bergstrom mientras yo me quedaba de pie en el porche de mi casa con una taza de agua caliente con limón que se estaba enfriando más rápido de lo que me gustaría admitir.

No era la primera vez que lo veía marcharse. Técnicamente era la primera vez desde el Broken Spoke y la nave de barricas y todo lo que había pasado después, lo cual hacía que fuera una cosa completamente diferente aunque la mecánica, maleta más Uber más aeropuerto, fuera idéntica.

—Cuatro días —me había dicho antes de bajar al coche.

—Cuatro días —había repetido yo.

—¿Vas a estar bien?

—Llevo cinco años dirigiendo esta destilería sola. Puedo sobrevivir cuatro días sin ti.

—Eso no era lo que te preguntaba.

—Ya lo sé. —Había pausado—. Sí. Voy a estar bien. Cuatro días es cuatro días.

—El quince enseño el apartamento con la agente y firmo el contrato definitivo.

—Lo sé.

—Y el dieciséis tengo el notario para los papeles de la sociedad.

—También lo sé.

—Y el diecisiete vuelvo.

—Roan. Tengo el calendario.

Se había reído, me había besado, se había metido en el Uber, y yo me había quedado en el porche viéndolo irse mientras el sol de octubre empezaba a salir por detrás de las colinas con esa luz nueva de otoño que en Texas tiene una calidad dorada y levemente nostálgica que el verano no permite.

Cuatro días.

Había tenido peores semanas.

•  •  •

El primer día, el miércoles, fue perfectamente llevadero porque tenía trabajo real que hacer: la revisión mensual de los registros de fermentación, una reunión con Corrine sobre el calendario de producción del cuarto trimestre, y una llamada con Fletcher para ver en qué punto estaba la respuesta de Cordray a las enmiendas propuestas.

—Han respondido —dijo Fletcher, con la calma de alguien que da las noticias importantes con el mismo tono que da las ordinarias, lo cual era al mismo tiempo su mayor virtud y su rasgo más exasperante—.

Han aceptado la enmienda a la cláusula cuatro.

Tienen observaciones sobre la cláusula siete que no son insalvables.

Y han rechazado, como se esperaba, la redacción de la cláusula doce sobre el uso del nombre "Calloway" en mercados internacionales.

—Eso es negociable —dije.

—Es negociable. Les he propuesto una redacción alternativa esta mañana. —Una pausa—. Mi estimación, sin compromiso, es que podemos tener un documento listo para firma en diez días.

Diez días. El primero de noviembre era en diecinueve. Lo habíamos conseguido con margen.

Llamé a mi padre, le conté lo de Fletcher, y él respondió con el mismo silencio que usaba cuando algo era mejor de lo que esperaba y necesitaba un momento para asimilarlo.

—Bien —dijo, al final, en el tono familiar.

—Bien —repetí.

—¿Vas a llamar a Roan?

—Está en el aeropuerto todavía, probablemente.

—Tatum.

—Le voy a mandar un mensaje.

Le mandé un mensaje. Él respondió en tres minutos: La cláusula doce se negocia en la reunión final. Fletcher tiene razón en que es el punto débil. Pregúntale si quiere que yo hable con el legal de Cordray directamente o si prefiere llevarlo él.

Le pregunté a Fletcher. Fletcher, con la dignidad de un hombre que lleva veinte años siendo el abogado de la familia Calloway y no estaba dispuesto a compartir posición con un publicista de Austin, dijo que prefería llevarlo él.

Le devolví el mensaje a Roan: Fletcher dice que prefiere llevarlo él.

Roan respondió: Predecible. Bien. Dale mi número por si acaso.

Lo hice. Fletcher lo archivó con la expresión de alguien que lo guardaba "por si acaso" con plena intención de que el "por si acaso" nunca llegara.

El miércoles terminó sin incidentes, lo cual era exactamente lo que necesitaba, y me fui a casa a las seis de la tarde con el trabajo del día hecho y la leve extrañeza de llegar a una casa en la que la Moka Express todavía no había hecho acto de presencia pero cuya ausencia, curiosamente, ya se notaba.

•  •  •

El viernes lo pasé en la destilería de principio a fin, porque el viernes era el día en que revisábamos el estado del lote de centeno especial que habíamos iniciado en julio y que según los parámetros de temperatura y el perfil de fermentación que Corrine había ido documentando cada semana, estaba desarrollando algo inusualmente interesante en el registro de especias.

—Huele diferente —dijo Denny, inclinado sobre la cuba con una expresión que en otro contexto habría parecido alarmante y que yo reconocía como su cara de descubrimiento positivo—. No como la vez de la cuba tres, que olía a calcetín. Esto es... ¿pimienta? ¿Canela?

—Gengibre —dije, después de oler yo también—. Y algo floral que todavía no tengo identificado. Puede que sea el lote de centeno de este año. El proveedor cambió la zona de cultivo en primavera y avisó de que el perfil podía ser ligeramente distinto.

—¿Es bueno o malo?

—Es interesante. Lo cual en destilación es siempre mejor que malo y a veces mejor que bueno.

Pasé la mañana documentando los parámetros en el cuaderno verde, con la misma letra de siempre, en las páginas que llegarían a ser el cuaderno número diecisiete de la serie.

Y en algún punto de la mañana, mientras anotaba las temperaturas y los tiempos de fermentación con la precisión de quien sabe que alguien podría necesitar leer esto dentro de veinte años, pensé en lo que Roan había dicho sobre el café malo del termo, y en los dieciséis cuadernos anteriores, y en la manera en que las cosas que documentas se vuelven parte de lo que eres de manera que ninguna otra cosa consigue.

Roan llamó a las dos de la tarde, en medio de la pausa del almuerzo, desde algún sitio que por el ruido de fondo parecía una calle de Manhattan en hora punta.

—¿Estás comiendo? —preguntó.

—Estoy considerando la posibilidad de comer.

—¿Eso es un no?

—Es un "todavía estoy pensando si tengo hambre o si lo que tengo es que me he olvidado de comer porque el lote de centeno de este año tiene un perfil de jengibre que no había visto nunca y he pasado las últimas tres horas documentándolo".

—Come.

—Estoy comiendo.

—Tatum.

—Estoy a punto de comer.

—¿Qué tienes disponible?

—El pan de Denny. Que sigue siendo de la panadería de la carretera.

—Come el pan de la panadería de la carretera y mañana, cuando llegue, te llevo a comer algo de verdad.

—¿Cuándo llegas mañana?

—El vuelo aterriza a las tres. Estaré en la destilería antes de las cinco.

—No tienes que venir directamente a la destilería.

—Ya lo sé. —Una pausa—. Pero quiero verlo. El lote de centeno con jengibre. Y a Mandarina. Y a ti. En ese orden solo porque es el orden en que los mencioné, no el orden de importancia.

—El orden de importancia sería el inverso.

—Efectivamente.

Comí el pan. Era de la panadería de la carretera, exactamente como todos los viernes, y estaba perfectamente bien, y el lote de centeno siguió siendo interesante durante el resto de la tarde, y cuando me fui a casa a las seis, la extrañeza de la Moka Express ausente seguía ahí, pero era un día menos que el miércoles.

•  •  •

El jueves, Selah encontró a Mandarina.

Mandarina, el gato tabby naranja que había decidido vivir en el almacén de mantenimiento hacía dos años y que desde entonces había desarrollado con Denny una relación de dependencia mutua que ninguno de los dos reconocería en voz alta, había salido de su territorio habitual y estaba sentado en el centro de la sala de juntas con la actitud particular de los gatos que han decidido que un espacio les pertenece y no entienden por qué los humanos tienen algún problema con eso.

—¿Cómo ha entrado aquí? —preguntó Selah, mirando al gato con una mezcla de exasperación y algo parecido al afecto involuntario.

—La ventana del pasillo —dijo Denny, apareciendo detrás de ella con una expresión vagamente culpable—. La dejo abierta a veces para que entre un poco de aire y Mandarina a veces la aprovecha.

—¿Mandarina entra con frecuencia a la sala de juntas?

—Solo cuando hay reuniones. Le gustan las reuniones.

—¿El gato tiene preferencias sobre el uso del espacio de trabajo?

—Tiene preferencias sobre todo. Es un gato con criterio.

Mandarina nos miró a todos con sus ojos ambarinos y estornudó con una elegancia improbable para alguien que acababa de colarse en una sala de reuniones.

—Bien —dije, sentándome en mi silla habitual mientras Mandarina procedía a instalarse en el centro de la mesa con total indiferencia hacia nuestra opinión—. Que conste que esto no es una práctica habitual.

—Claro —dijo Selah, que ya estaba tomando una foto con el teléfono.

—¿A quién le mandas eso?

—A Roan. Le dije que podría conocer al gato.

—Selah.

—Ha respondido ya. Dice que el gato tiene mejor presencia en una sala de reuniones que la mitad de los clientes que ha tenido.

Mandarina, como si hubiera escuchado y aprobado la evaluación, se tumbó en el centro de la mesa con la satisfacción de quien ha conseguido lo que quería.

La reunión del jueves se celebró con un gato de dos kilos y medio en el centro de la mesa, lo cual Denny consideró un buen augurio, Corrine ignoró con la eficiencia profesional de alguien que tiene demasiadas cosas en la cabeza como para añadir un gato a la lista, y yo terminé por encontrar razonablemente normal después del primer cuarto de hora.

A las cuatro de la tarde, con la reunión terminada y Mandarina de vuelta en su territorio habitual después de haber dormido durante toda la sesión de revisión presupuestaria, Roan llamó desde Nueva York.

—He visto la foto —dijo, sin preámbulos—. ¿Cuándo puedo conocerlo en persona?

—Mandarina tiene sus propios horarios.

—Denny dice que los martes y los jueves cuando le apetece.

—¿Estás hablando con Denny directamente?

—Denny me mandó el número del almacén de mantenimiento en agosto y me dijo que si alguna vez necesitaba información sobre la destilería que tú no me quisieras dar, que le llamara.

Guardé silencio durante un segundo procesando eso.

—Denny me va a oír.

—Denny está en Texas y yo estoy en Nueva York. Técnicamente estás en desventaja geográfica.

—¿Cómo va todo?

—El apartamento se confirma el viernes. Los papeles de la sociedad están listos para el notario el dieciséis. Y esta tarde he estado en el apartamento recogiendo cosas y me he dado cuenta de que después de seis años hay sorprendentemente poco que quiero llevarme.

—¿Cuánto es sorprendentemente poco?

—Lo que cabe en tres cajas medianas y la maleta que traje. Todo lo demás, los muebles, la vajilla, las cosas que compré porque había que tener cosas en un apartamento que en realidad nunca sentí completamente mío, lo dejo.

—¿No te da pena?

—Me da la pena justa de dejar cosas que nunca fueron más que objetos. Los libros me los llevo. La guitarra. La foto de mi padre en la fábrica. —Una pausa—. Y hay una cosa más que quiero decirte.

—¿Qué?

—El apartamento, cuando estás vaciándolo y ya no queda nada que sea tuyo, es simplemente cuatro paredes y una ventana que da a otro edificio.

Y estaba de pie en medio del salón vacío pensando que el porche de tu casa con las colinas al fondo es más mío que esto después de seis años.

Lo cual o dice algo muy bueno sobre el porche o algo muy revelador sobre los seis años.

—Dice algo sobre las dos cosas —dije, con la voz un poco más tranquila de lo que me salía en general—. Y dice algo sobre ti.

—¿Qué dice sobre mí?

—Que sabes la diferencia entre estar en un sitio y pertenecer a un sitio. Y que has tardado siete años en reconocerlo, lo cual es mucho tiempo, pero algunos tardan toda la vida.

Se quedó callado un momento al otro lado de la línea.

—Te echo de menos —dijo, con la sencillez absoluta de alguien que ha decidido dejar de hacer que las cosas simples suenen complicadas.

—Cuatro días —dije.

—Tres ya.

—Tres ya.

—Buenas noches, Cal.

—Buenas noches, Sutherland.