CAPÍTULO 20 #2
No por ninguna razón de trabajo. Solo porque a ninguno de los dos nos había dado tiempo de salir de la órbita Austin-Dripping Springs en dos meses, y porque San Antonio era el tipo de ciudad que se merece un día sin agenda, con el río y el mercado y los tacos de carnitas en el puesto que llevaba en el mismo sitio desde antes de que ninguno de los dos hubiéramos nacido.
—No tienes que planificarlo —le dije, cuando empezó a buscar restaurantes con la aplicación.
—Solo quiero tener opciones.
—En San Antonio las opciones se improvisan. Eso es parte del punto.
—¿Y si improvisamos algo malo?
—Entonces habremos tenido una historia que contar.
Me miró, guardó el teléfono, y dijo:
—Tienes una relación muy diferente con la incertidumbre en los contextos de ocio que en los contextos de trabajo.
—En el trabajo la incertidumbre cuesta dinero. En el ocio solo cuesta tiempo, y el tiempo en un sábado libre no tiene el mismo precio.
—Eso es lo más relajada que te he visto razonar en dos meses.
—Es que llevaba dos meses sin tener un sábado libre.
Fuimos a San Antonio sin reservas ni itinerario, y fue exactamente lo que tenía que ser: el río a media mañana con el calor todavía manejable, el mercado del centro con sus puestos de artesanía y su olor a chile y a cuero, los tacos de carnitas que encontramos por recomendación de un hombre que vendía sombreros en el puesto de al lado y que resultaron ser los mejores que había comido desde que tenía dieciséis años.
Roan comió con el tipo de silencio concentrado que reservaba para las cosas que de verdad le gustaban, y yo lo observé mientras lo hacía, con el mismo inventario involuntario que llevaba meses haciendo y que ya no pretendía que no estaba haciendo.
—¿Sabes qué es lo primero que pensé cuando te vi en la inundación? —dije, cuando terminamos.
—¿Que tenías ganas de que me fuera de tu destilería?
—Lo segundo. Lo primero fue que llevabas exactamente la misma cara que tenías cuando nos conocimos en la cafetería de la facultad. Esa cara de alguien que ha entrado en el sitio equivocado pero decide quedarse de todas formas para ver qué pasa.
—¿Eso pensaste?
—En medio de los aspersores y el desastre del sistema contraincendios, sí.
—¿Y cuándo dejaste de querer que me fuera?
Lo pensé de verdad, buscando el momento exacto, el punto en que la balanza había empezado a inclinarse.
—Cuando probaste el bourbon de la cata a ciegas y te quedaste en silencio treinta segundos antes de decir nada —dije—. Fue la primera vez que sentí que eras real en lugar de la versión de publicista que me esperaba. El silencio de alguien que de verdad está atendiendo a lo que siente.
—Treinta segundos —dijo.
—Los conté.
—¿Por qué?
—Porque me parecieron importantes. Y resulta que sí lo eran.
Roan me miró con esa atención completa que siempre había tenido, la que al principio me resultaba incómoda y que ahora reconocía como una de las formas más consistentes que tenía de decirme que estaba ahí del todo, sin parte de él en otro sitio, sin la siguiente decisión ya calculada, solo presente.
—Treinta segundos —repitió—. Voy a anotarlo.
—¿En la libreta?
—En la libreta. Página diecisiete, después de la admisión del queso.
—¿Llevas un registro de los momentos importantes?
—Llevo un registro de los momentos que no quiero olvidar. —Una pausa—. Es una costumbre nueva.
El mercado seguía a nuestro alrededor con su ruido y sus colores y el olor mezclado de especias y flores y cuero recién trabajado, y la tarde se estaba moviendo despacio hacia el naranja de las cinco, y ninguno de los dos tenía prisa por ningún sitio, lo cual era, después de dos meses de plazos y urgencias y el calendario del Festival colgado en la pared de la sala de juntas, una sensación tan extraña como buena.
—¿Cuándo tomas posesión del apartamento? —pregunté.
—El quince. Dos semanas.
—¿Y hasta entonces?
—Hasta entonces, el hotel con vista al aparcamiento.
—O —dije, sin mirarlo directamente, concentrándome en un puesto de jarras de barro pintadas que no tenía ninguna intención de comprar— mi cuarto de invitados.
—¿El despacho con el sofá cama que nunca has desplegado?
—He desplegado el sofá cama desde que llevas aquí.
—¿Por si lo necesitabas o por si lo necesitaba yo?
—Por si alguien lo necesitaba. No especifiqué quién.
—Qué conveniente.
—Soy muy práctica.
—Entre las cosas que eres, Tatum Calloway —dijo—, "práctica" no aparece en los primeros diez puestos.
Levanté la vista del puesto de jarras.
—¿En qué puesto está?
—En el once. Justo después de "terco" y antes de "incapaz de admitir cuándo tiene razón sobre el queso".
—Eso es "terca". En femenino.
—Lo que yo diga —dijo, sonriéndome desde el otro lado del puesto de jarras de barro—, califico.
Volví a Austin cuando ya era noche cerrada, con el olor a chile todavía en la ropa y la sensación de haber recuperado algo que la urgencia de los últimos dos meses había ido aplazando: la versión de nosotros que no tenía nada que demostrar ni ningún plazo que cumplir, la versión que simplemente era, en un mercado de San Antonio un sábado por la tarde, sin que nada más tuviera que justificarlo.
• • •
El domingo por la mañana, con el sol entrando temprano por las persianas de madera del dormitorio y el café hecho antes de que ninguno de los dos dijera nada, Roan salió a la terraza con su taza y yo lo seguí con la mía, y nos quedamos de pie mirando las colinas con la luz de las ocho de la mañana todavía sin endurecer.
Había un silencio distinto al de las noches anteriores, que habían tenido su propia densidad cargada de cosas recién dichas y decisiones recién tomadas. Este era más ligero. El silencio de un domingo que no tenía nada que exigir.
—Tengo que volver a Nueva York el miércoles —dijo Roan, sin apartar la vista de las colinas—. Cuatro días para cerrar el traspaso de las cuentas que quedan con Knox, firmar los papeles de la sociedad con el notario, y recoger lo que quiero traerme del apartamento antes de devolver las llaves.
—¿Cuánto tiempo llevas en ese apartamento?
—Seis años. —Una pausa—. Es el primer sitio que alquilé cuando llegué a Nueva York que no tenía muebles de ikea de los anteriores inquilinos.
Lo amueblé yo desde cero, elegí cada cosa.
—Giró el café entre los dedos—. Y sin embargo no me cuesta dejarlo.
Eso me parece la señal más clara de que la decisión es correcta.
—¿Qué vas a traerte?
—Los libros. La guitarra que no sé tocar. Las fotos de mi padre. Y la Moka Express que compré en Tulsa hace quince años y que ha sobrevivido a tres mudanzas porque hace el café mejor que cualquier cafetera moderna y no acepto argumentos en contra.
—Mi cafetera es moderna.
—Tu cafetera hace café aceptable. La Moka hace café real.
—¿Vamos a tener una discusión sobre cafeteras en el porche a las ocho de la mañana?
—Es el domingo perfecto para esa conversación.
—Está bien. Trae la Moka. Pero la mía no se va a ningún sitio.
—Tenemos dos cafeteras distintas y un principio de desacuerdo filosófico sobre el café. Eso es una base sólida para cualquier convivencia.
Lo miré de reojo.
—No estamos hablando de convivencia, estamos hablando de dos cafeteras en dos casas distintas.
—Todavía.
—Sutherland.
—Era un "todavía" neutral y sin implicaciones.
—Era un "todavía" lleno de implicaciones que no hemos discutido.
—¿Quieres discutirlas?
—Son las ocho de la mañana del domingo.
—Has dicho que era el momento perfecto para la conversación de las cafeteras.
—Las cafeteras son más fáciles que las implicaciones del "todavía".
Se giró hacia mí con esa expresión quieta que reservaba para las cosas que quería decir con claridad.
—No tengo prisa —dijo—. Acabo de firmar un contrato de arrendamiento de doce meses en Travis Heights. Tengo tiempo para esperar a que el "todavía" encuentre su momento.
—Doce meses es mucho tiempo para un "todavía".
—Doce meses es exactamente el tiempo que necesita una cosa bien hecha para empezar a parecerse a lo que tiene que ser. —Una pausa—. O eso me enseñaron en una destilería que conozco.
Le lancé una mirada que pretendía ser severa y que no lo fue en absoluto.
—Eso es usar mis propias metáforas en mi contra.
—Es usarlas a favor de los dos.
El sol siguió subiendo sobre las colinas, los grillos fueron cediendo el turno a los pájaros, y el café se enfrió un poco mientras los dos mirábamos el mismo horizonte desde el mismo porche, sin prisa por ningún sitio, que era exactamente la manera correcta de empezar un domingo que no tenía nada que exigir.
Era suficiente. Era, honestamente, más que suficiente.