CAPÍTULO 20
El viernes de esa semana, Knox Whitlow volvió a Austin.
Esta vez no me lo anunció Roan con antelación, lo cual en circunstancias normales me habría resultado molesto pero que en esta ocasión interpreté, después de dos segundos de reflexión, como una señal de que la visita no tenía que ver con el proyecto sino con algo entre ellos dos que Roan no quería mezclar con mi trabajo.
Lo supe porque Knox entró en la destilería a las once de la mañana con el mismo traje oscuro de la primera vez, me saludó con la misma eficiencia, y me preguntó si Roan estaba disponible sin usar el tipo de tono que se usa cuando se quiere incluir a alguien en la conversación.
—Está en el despacho de mi padre revisando el informe de cierre —dije.
—Gracias.
—Knox.
Se detuvo.
—Si viene a intentar convencerle de algo que no quiere hacer, le aviso de antemano que mi destilería tiene un sistema contraincendios con tendencia al protagonismo y que Denny no sabe distinguir la izquierda de la derecha bajo presión.
Knox me miró durante un segundo con los ojos ligeramente entornados, y luego hizo algo que no esperaba: se rio, de verdad, brevemente, del mismo modo en que se había reído la primera vez que Selah le había servido una tercera porción de chile sin preguntarle.
—No vengo a convencerle de nada —dijo—. Vengo a cerrar los términos de nuestra renegociación. En persona, porque Roan y yo hemos llegado a todos los acuerdos importantes de los últimos diez años en persona, y no me parece bien romper esa costumbre por teléfono.
Lo miré.
—¿Ya hay acuerdo?
—Hay un principio de acuerdo que necesita que los dos firmemos algo con una pluma, no con un escáner y un PDF. —Una pausa—. ¿Puedo pasar?
—Tiene el mismo camino de siempre.
—Gracias, señorita Calloway.
—Tatum —dije—. A estas alturas, Tatum.
Asintió, con algo que no era exactamente una sonrisa pero que se le parecía más que cualquier expresión que le hubiera visto en la primera visita, y siguió hacia el despacho de mi padre.
Los dejé solos durante una hora. Usé ese tiempo para revisar los registros de temperatura de las cámaras de añejamiento, que era una tarea que podía hacer con el cerebro en otro sitio, lo cual era exactamente la capacidad que necesitaba en ese momento, porque el cerebro que se supone que tenía que usar para los registros de temperatura estaba ocupado pensando en Knox y Roan firmando cosas con plumas en el despacho de mi padre y en lo que eso significaba para el siguiente capítulo de una historia que todavía no sabía del todo cómo iba a terminar.
Selah apareció a mi lado sin que yo la hubiera visto llegar, con una taza de manzanilla en la mano que me tendió sin decir nada.
—No soy ansiosa —dije, aceptando la taza.
—Lo sé. Pero la manzanilla te va bien de todas formas.
—¿Qué están haciendo ahí dentro?
—Lo mismo que llevan haciendo diez años: resolver entre los dos lo que tienen que resolver sin que nadie más tenga que intervenir.
—Se apoyó contra la pared a mi lado—. Roan lleva una semana siendo honesto contigo sobre cada paso de esta negociación.
Confía en que ha hecho lo que ha dicho que iba a hacer.
—Confío en él.
—Entonces bebe la manzanilla y deja de mirar el pasillo hacia el despacho de tu padre con esa cara.
—¿Qué cara?
—La cara de la barrica dieciocho. La que pones cuando algo podría estar bien pero todavía no tienes la confirmación.
—¿Tengo una cara específica para la barrica dieciocho?
—Llevas cinco años dirigiendo esta destilería, Tatum. Tienes una cara específica para casi todo lo que ocurre en ella.
Bebí la manzanilla. Dejé de mirar el pasillo. Me ocupé de los registros de temperatura con algo más parecido a la atención real.
Cuarenta minutos después, Roan apareció en la sala de catas donde yo había terminado de instalarme, con la pluma todavía en la mano como si hubiera olvidado devolverla o como si no hubiera querido soltarla todavía.
—Cuarenta y dos punto cinco —dijo.
—¿Puntos porcentuales?
—Knox y yo hemos llegado al cuarenta y dos punto cinco.
Él retiene el cuarenta y dos punto cinco de los beneficios netos y yo el cincuenta y siete punto cinco, con trabajo remoto desde Austin como base principal, presencia en Nueva York un mínimo de cuatro semanas al año distribuidas según las necesidades de los clientes, y libertad total para aceptar cuentas locales en Texas de manera independiente sin que computen en el reparto de la sociedad.
—¿Las cuentas locales en Texas?
—Si la destilería, por ejemplo, necesitara un consultor de branding para el lanzamiento de futuras líneas de producto — dijo, con una cuidadosa inocencia que no conseguía sostener del todo —, esa sería una cuenta independiente fuera de los términos de la sociedad con Knox.
Lo miré.
—¿Le has explicado a Knox por qué ibas a necesitar una cláusula sobre cuentas locales en Texas?
—Le he explicado que tenía razones personales y profesionales para establecer base en Austin, y que las razones personales eran suficientemente importantes como para que las profesionales se reorganizaran alrededor de ellas.
—¿Y Knox?
—Knox me ha dicho que esperaba que la persona en cuestión valiera el cuarenta y dos punto cinco.
—¿Y tú qué le has dicho?
—Que valía bastante más que eso, pero que eso era información irrelevante para los términos de la sociedad.
Dejé la manzanilla sobre la mesa.
—¿Estás diciendo que vas a vivir en Austin?
—Estoy diciendo que estoy buscando apartamento en Austin desde el martes.
—Sacó el teléfono del bolsillo, me lo tendió con la pantalla abierta en una aplicación de alquiler—.
Hay tres opciones en el barrio de Travis Heights que están dentro del presupuesto y que tienen distancia razonable a la carretera de Dripping Springs.
El primero tiene una cocina muy pequeña pero una terraza que da al sur.
El segundo tiene dos habitaciones, lo cual es más de lo que necesito, pero el precio es razonable.
El tercero está en la planta baja, tiene jardín, y el anuncio menciona que admite perros.
—No tienes perro.
—No todavía.
Lo miré durante un segundo entero, con el teléfono todavía en la mano y la pantalla con las tres opciones de apartamento, y sentí que algo que llevaba semanas contenido simplemente dejó de contenerse, no de golpe sino con la suavidad de algo que ya estaba listo para soltar.
—El de la terraza al sur —dije.
—¿Por qué ese?
—Porque el sur da a las colinas. Porque las mañanas con sol mirando hacia las colinas son el mejor inicio de día que existe en este estado. Y porque la cocina pequeña te va a obligar a venir a la mía con más frecuencia, lo cual es una ventaja estratégica para mí.
—¿Eso es una razón arquitectónica o una razón de política de pareja?
—Las dos. No son excluyentes.
Se rio, esa risa que se le escapaba, cogió el teléfono de vuelta y marcó el número de la agencia del primer apartamento antes de que yo pudiera añadir nada más.
Selah, que llevaba de pie en la puerta de la sala de catas durante quién sabe cuánto tiempo, dijo:
—Qué bonito.
—¿Cuánto llevas ahí? —pregunté.
—Lo suficiente para oír lo de la terraza al sur y la ventaja estratégica de la cocina.
—Entró como si hubiera sido invitada, que no había sido el caso—.
El de la terraza al sur es la opción correcta, Roan.
La cocina pequeña es un inconveniente real en el día a día pero una excusa perfecta para el tipo de visitas frecuentes que benefician a todo el mundo.
Roan, con el teléfono todavía en la oreja esperando a que contestaran en la agencia, le hizo un gesto de agradecimiento con la mano libre.
—¿Me va a ayudar todo el mundo a elegir apartamento hoy? —preguntó.
—Todo el mundo que te aprecia, sí —dijo Selah, con total serenidad—. ¿Hay alguna instrucción de preguntar si el vecino de arriba tiene perro o hace ruidos raros a horas raras? Porque eso no lo dice el anuncio pero determina el ochenta por ciento de la calidad de vida en un edificio.
—Anótalo —le dije a Roan.
—Lo anoto —confirmó él, cuando la agencia por fin contestó al otro lado, y Selah sacó su propio teléfono para buscar el edificio en cuestión con una eficiencia de investigación previa que sugería que llevaba más tiempo pensando en dónde iba a vivir Roan en Austin de lo que cualquiera de los dos le había pedido que pensara.
Knox salió del despacho de mi padre en ese momento, nos encontró a los dos en la sala de catas, a Roan con el teléfono en la oreja y a mí con una taza de manzanilla en la mano y una expresión que probablemente no era muy diferente de la cara de la barrica dieciocho, y dijo, con la misma brevedad con la que decía todo:
—Supongo que el proyecto ha salido bien en todos los sentidos posibles.
—En la mayoría —dije.
—¿Queda algo sin resolver?
—El acuerdo con Cordray todavía está en revisión legal. Y el lote número ocho necesita una decisión de embotellado para el trimestre que viene.
—Me refería a lo que importa.
Lo miré. Knox Whitlow, con su traje oscuro y su eficiencia de diez años como socio de Roan, me miraba con algo que no esperaba ver en su cara y que reconocí como la versión específica de la satisfacción que tiene alguien que ha hecho una apuesta calculada y ha salido bien.
—En lo que importa —dije—, sí. Creo que sí.
—Bien. —Cogió su maletín—. Señorita Calloway, ha sido un placer trabajar en el mismo proyecto aunque en capacidades distintas.
—Tatum —dije, por segunda vez en el mismo día—. Y ha sido un placer tenerlos a los dos aquí.
Se marchó con la misma puntualidad con la que había llegado, Roan colgó el teléfono con la cara de quien acaba de reservar el apartamento antes de que nadie pudiera convencerlo de que lo pensara más, y yo volví a la manzanilla que se había enfriado un poco pero que seguía siendo, en ese momento concreto, exactamente lo que necesitaba.
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El sábado, el primer sábado desde el inicio del proyecto en el que ninguno de los dos tenía nada obligatorio que hacer, Roan me propuso que fuéramos a San Antonio.