Al diablo con el amor CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

La semana que siguió al Festival fue la más rara que recuerdo desde que me hice cargo de la destilería, y lo fue precisamente porque no pasó nada urgente.

Después de dos meses en los que cada día había traído alguna forma de crisis, de plazo, de decisión que no podía posponerse, encontrarme de repente con una semana de trabajo ordinario fue algo para lo que no estaba del todo preparada.

Las barricas seguían añejando sin necesitar mi intervención inmediata.

El equipo de producción, liderado por Corrine en el turno de mañana y por Denny en el de tarde con su eficiencia imprevisible pero constante, funcionaba solo.

Los pedidos del catálogo estándar llegaban y salían en los plazos habituales.

La barrica dieciocho, sellada y monitoreada, no presentaba novedades.

El documento de Pruitt estaba en manos del abogado, que lo estaba revisando con la meticulosidad que le pagábamos para que tuviera, y no esperábamos respuesta hasta el jueves como pronto.

Y Roan estaba en la destilería todos los días, pero trabajando en el informe final de la campaña para Hollis & Vane, en las videollamadas con Knox y con los clientes de Nueva York que no habían dejado de existir solo porque él estuviera en Texas, en las negociaciones internas de la sociedad que me iba contando por las noches con la misma honestidad con la que me había contado todo lo demás.

—Knox quiere un cuarenta y cinco por ciento de los beneficios netos si voy a trabajar de forma remota —me dijo el martes, mientras los dos revisábamos el estado de las barricas del lote número ocho, que ese año había producido algo especialmente interesante en el perfil de especias y que yo quería documentar antes de la siguiente decisión de embotellado—.

Normalmente toma el cuarenta y nueve. Dice que la diferencia compensa el coste operativo de cubrirme presencialmente en Nueva York cuando haga falta.

—¿Es razonable?

—Es razonable desde su perspectiva. Desde la mía, estoy cediendo cuatro puntos porcentuales de mis beneficios a cambio de poder elegir dónde vivo. En términos objetivos, es una ganga.

—¿Y en términos subjetivos?

—En términos subjetivos —dijo, sacando la pipeta del lote número ocho para tomar una muestra—, es exactamente lo que habría hecho yo si Knox me hubiera pedido quedarse en Texas por algo que le importara de verdad.

Le pasé el vaso de cristal grueso. Olió la muestra. La probó con la misma atención que le había dado al bourbon desde el primer día, esa concentración que todavía me sorprendía en alguien que no venía del mundo de la destilación.

—¿Qué notas? —pregunté.

—Naranja. —Frunció el ceño, concentrado—. No la fruta exactamente. Más como la cáscara. Y debajo de eso algo que recuerda al chocolate negro, de los que tienen un porcentaje alto de cacao y son demasiado intensos para comer solos pero perfectos para combinar con algo.

—El lote número ocho es de nueve años en barrica con un roble tostado número tres. El perfil de naranja viene del éster que se forma cuando el alcohol reacciona con los ácidos del roble a esa temperatura.

—Eso suena mucho más técnico que mi descripción.

—Tu descripción es mejor para el marketing. La mía es mejor para saber qué está pasando dentro del líquido.

—¿Podríamos usar las dos?

—Las dos en el mismo texto van a resultar raras.

—Las dos en el mismo texto van a resultar completas.

Lo miré.

—¿Estás aplicando principios de campaña de marketing a mis notas de cata?

—Llevo dos meses haciéndolo. Solo que ahora te lo digo en voz alta.

Cogí el vaso que me tendía, bebí la muestra yo también, y durante un momento los dos estuvimos en silencio con el sabor del lote número ocho en la lengua, el perfil de naranja y chocolate negro y la especia de fondo que era la firma del centeno en todos nuestros bourbons, y pensé que había algo en compartir eso con alguien, el ritual específico de la cata, que llevaba una dimensión que iba más allá del trabajo.

—Knox —dije, volviendo al principio—. ¿Vas a aceptar sus términos?

—Voy a contraofertarle un cuarenta y dos. Probablemente lleguemos al cuarenta y tres y pico, que es donde siempre llegamos cuando negociamos.

—¿Lleváis diez años negociando así?

—Llevamos diez años fingiendo que negociamos cuando en realidad los dos sabemos de antemano dónde vamos a acabar. Es una forma de respetarnos mutuamente que funciona mejor de lo que parece.

—Los Calloway tenemos algo parecido con el abogado. Llevamos veinte años fingiéndole que no sabemos la tarifa que va a cobrar y él fingiendo que nos hace descuento.

—Son relaciones de trabajo adultas con dignidad bilateral.

—Exacto.

—Me gusta esta empresa.

—Esta empresa te gusta porque ahora mismo hueles a roble y naranja y estás de buen humor.

—Esta empresa me gusta por muchas razones —dijo, devolviéndome el vaso de muestra—, pero el roble y la naranja ayudan.

Terminamos la inspección del lote número ocho con las notas de cata anotadas en el cuaderno que guardaba para ese fin, no la libreta de cuero de Roan sino el cuaderno de espiral verde que usaba desde hacía cinco años y que tenía las tapas manchadas de algo que seguía sin conseguir identificar del todo.

—¿Cuántos cuadernos llevas? —preguntó Roan, mirándolo.

—Dieciséis desde que empecé. El primero tiene la letra de mi abuelo mezclada con la mía, porque los primeros meses me sentaba con él y anotábamos juntos.

—¿Lo guardas?

—Están todos en el despacho, en orden cronológico. —Le lancé una mirada de reojo—. No son para consumo externo.

—Nunca he sugerido que lo fueran.

—Pero lo estabas pensando.

—Estaba pensando que serían un material extraordinario para una campaña de contenido a largo plazo. Dieciséis años de notas de cata en primera persona es el tipo de archivo que la mayoría de las marcas de bourbon no tiene porque nadie se molestó en tomarlo.

—Ya lo sé. Por eso los guardo.

—¿Para usarlos en el futuro?

—Para que el futuro tenga dónde buscar si necesita saber cómo se hicieron las cosas. —Cerré el cuaderno y lo metí en el bolsillo del mono—. Mi abuelo me enseñó que las destilerías que duran son las que documentan. Las que desaparecen son las que piensan que alguien va a recordarlo todo.

Roan asintió despacio, y vi cómo anotaba algo en su propia libreta, no para la campaña sino con la letra pequeña y apretada que usaba cuando escribía cosas para sí mismo.

—¿Qué estás apuntando? —pregunté.

—Las que duran son las que documentan. —Levantó la vista—. Para el informe de cierre. Y para mí.

—¿Para ti en qué sentido?

—En el sentido de que llevaba diez años trabajando en proyectos que no documentaba de manera que importara. Carpetas de Drive con archivos que se llaman "final_v3_revisado_2" y libros de Excel que nadie va a entender en dos años. Nada con la densidad de dieciséis cuadernos de espiral verde.

—¿Vas a empezar un cuaderno?

—Puede que sí. Aunque el mío no va a oler a roble y acetato de etilo.

—¿A qué va a oler?

Lo pensó durante un segundo con más seriedad de la que la pregunta estrictamente requería.

—Al café malo del termo del asiento trasero de un coche averiado en la I-35 —dijo—. Probablemente a eso.

Y eso, aunque era una respuesta completamente absurda en el contexto de un almacén de barricas a las tres de la tarde de un miércoles, fue de las cosas más importantes que me había dicho en todo el tiempo que llevábamos juntos, porque significaba que él también lo guardaba, el mismo recuerdo, con el mismo peso, y que lo había guardado durante siete años sin tener dónde ponerlo hasta ahora.

No lo dije en voz alta. No hacía falta.

Seguimos con la inspección de barricas.

•  •  •

El jueves, el abogado nos dio su primera lectura del documento de Pruitt con una lista de doce puntos que quería revisar antes de recomendar la firma, lo cual era exactamente lo que le pagábamos para hacer y tardó exactamente el tiempo que habíamos estimado.

Mi padre leyó la lista con la misma paciencia con la que había leído todo lo relativo a este proceso durante los últimos dos meses, que era bastante más paciencia de la que yo habría tenido en su lugar.

—Punto siete —dijo, señalando el papel—. La cláusula sobre auditorías de producción.

—Cordray quiere acceso trimestral a nuestros registros de producción —explicó el abogado, un hombre llamado Fletcher que llevaba con nuestra familia desde que yo tenía quince años y que tenía la habilidad específica de hacer que los términos legales complicados sonaran como conversaciones de sobremesa—.

No a la receta, eso está blindado. Pero sí a los volúmenes, a los calendarios de embotellado, a los planes de producción anuales.

—¿Y eso es estándar? —pregunté.

—Es razonable desde su perspectiva como socio de distribución. Necesitan saber qué van a tener disponible para vender y cuándo. El problema es la redacción, que es ambigua sobre si el acceso incluye también los proyectos de nuevos productos antes de que sean públicos.

—No —dije.

—No —repitió mi padre.

Fletcher anotó algo.

—Les propongo una enmienda a la cláusula siete que limite el acceso a los datos históricos de producción y al calendario confirmado del año en curso, excluyendo expresamente cualquier producto en fase de desarrollo. —Levantó la vista—. ¿Pruitt aceptará?

—Pruitt —dije— es un hombre que en el fondo respeta las líneas claras. Le costará aceptarlo, pero si la enmienda está bien redactada y es consistente con el espíritu general del acuerdo, sí.

—¿Cómo sabe que respeta las líneas claras?

—Porque mi abuelo de noventa y un años le puso una línea delante el primer día del Festival y él no solo la aceptó sino que la incorporó a la propuesta que trajo el lunes.

Fletcher me miró durante un segundo, asintió, y anotó más cosas.

La reunión duró dos horas y media. Cuando terminó, mi padre y yo nos quedamos en la sala de juntas mientras Fletcher recogía sus cosas para marcharse.

—¿Cuándo crees que podemos firmar? —le pregunté.

—Si Cordray acepta las enmiendas sin renegociar cada punto, dos semanas. Si hay contraoferta, un mes.

—¿Y tu predicción personal?

Fletcher cerró su maletín con el clic particular que usaba cuando la reunión había terminado formalmente.

—Cordray lleva dos años queriendo entrar en el mercado artesanal de Texas. Esta es su mejor opción disponible. Aceptarán. —Una pausa—. Pero si les pregunta, diré que es una predicción neutral basada en datos.

—Claro —dije.

—El descuento de siempre —añadió, como si lo hubiera olvidado, y salió antes de que ninguno de los dos pudiera reírse en su cara.