Al diablo con el amor CAPÍTULO 22 #2
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CAPÍTULO 22 #2

El lunes siguiente, cuando Fletcher llamó para informarme de que Cordray había aceptado la redacción revisada de la cláusula doce con una modificación menor que él consideraba aceptable, el acuerdo estaba prácticamente listo para firma.

—¿Cuándo? —pregunté.

—Jueves de la semana que viene, si todos podéis. —Una pausa—. El señor Pruitt ha pedido que la firma sea en la destilería, no en una sala de reuniones de abogados.

Me detuve.

—¿Pruitt quiere firmar en la destilería?

—Son sus palabras exactas: "Prefiero firmar donde está lo que firmamos, no en un despacho que podría ser de cualquier empresa." —Fletcher hizo una pausa breve—. Su abuelo le causó una impresión considerable.

—Mi abuelo le causa una impresión considerable a todo el mundo.

—Sí. —Otro silencio característico de Fletcher—. ¿El jueves les viene bien?

—El jueves nos viene bien.

Llamé a Roan desde el aparcamiento de la destilería, con el sol de octubre calentando el asfalto con esa calidez ya más amable del otoño y las colinas al fondo en los primeros tonos dorados de la temporada.

—Pruitt quiere firmar en la destilería —le dije, cuando contestó.

—Lo sé. Me ha mandado un mensaje hace diez minutos.

—¿Pruitt te manda mensajes directamente?

—Desde el Festival, sí. Me pidió el número después de hablar con tu abuelo.

—Pruitt y mi abuelo y tú os mandáis mensajes directamente.

—Y Knox tiene el número de Denny. Es una red de comunicación muy eficiente.

—Es una red de comunicación que excluye sistemáticamente a la persona cuya empresa está en el centro de todo.

—Tú tienes a Selah. Que en términos de información tiene más cobertura que todos los demás juntos.

Pensé en eso durante un segundo y tuve que conceder que era verdad.

—El jueves —dije.

—El jueves. —Una pausa—. ¿Vas a decirle a tu abuelo que venga?

—Le voy a llamar ahora mismo.

—¿Y Trigo?

—Trigo viene donde va mi abuelo. Eso ya lo sabemos.

—¿Crees que el sistema contraincendios va a cooperar esta vez?

—Denny ha revisado las válvulas esta mañana. —Pausa—. Denny ha revisado las válvulas usando un sistema de marcas de colores en las manijas que yo le sugerí después del incidente del primer día: azul para la izquierda, rojo para la derecha.

—Eso es brillante.

—Es lo que debería haber hecho desde el primer día. Pero a veces necesitas que algo salga muy mal para ver la solución obvia.

—¿Eso también es filosofía de destilería?

—Eso es aprendizaje empírico básico que tarda demasiado en aplicarse, que es lo mismo pero con menos dignidad.

Se rio, esa risa que llevaba semanas siendo tan familiar que ya no podía imaginar no escucharla, y colgamos con el acuerdo de vernos en la destilería a las nueve del jueves, con tiempo suficiente antes de que llegara Pruitt para revisar el espacio y asegurarnos de que Denny recordaba el sistema de colores bajo presión.

Llamé a mi abuelo.

Contestó al segundo tono, lo cual significaba que estaba despierto y cerca del teléfono, como casi siempre.

—Abuelo —dije—. El jueves se firma el acuerdo con Cordray. En la destilería. ¿Puedes venir?

Hubo una pausa más larga de lo habitual.

—¿A qué hora? —preguntó, con la voz de quien ya está reorganizando su agenda interna.

—A las once.

—Estaré ahí a las diez y media. Con Trigo.

—Por supuesto con Trigo.

—¿Y el chico?

—Roan estará ahí.

—Bien. —Otra pausa—. ¿Estáis bien los dos?

—Estamos bien, abuelo.

—¿De verdad bien o bien de los Calloway que en realidad quiere decir "hay cosas que todavía no hemos resuelto pero vamos por buen camino"?

Me reí, sola, en el aparcamiento de la destilería a la que mi abuelo había dedicado cincuenta y seis años de su vida y que el jueves de la semana siguiente iba a firmar el primer acuerdo que la llevaría más lejos de lo que él había podido llevarla solo.

—De verdad bien —dije—. Sin matices.

—Entonces el jueves lo celebramos.

—¿Con qué?

—Con la barrica veintidós —dijo mi abuelo, con la calma absoluta de alguien que lleva mucho tiempo esperando el momento correcto y sabe con certeza que acaba de llegar—. Creo que ya es hora.

Colgué con el corazón haciendo algo que no sabía del todo cómo describir, no en palabras de destilería ni en ningún otro lenguaje que tuviera disponible, así que lo dejé estar como lo que era: grande, cálido, y completamente sin nombre necesario.

Volví a entrar a la destilería.

Mandarina estaba en la sala de juntas otra vez.

—Denny —llamé, mientras pasaba—, la ventana del pasillo.

—Está cerrada —respondió Denny, desde algún sitio del almacén.

—Entonces cómo.

—Mandarina tiene sus métodos.

Decidí que algunas cosas no merecían una investigación más exhaustiva, me senté a la mesa de la sala de juntas con el gato ambarino mirándome desde el centro como si llevara ahí toda la vida, y empecé a preparar la agenda del jueves con la sensación nítida y extraña de que todo lo que llevaba dos meses en movimiento estaba a punto de encontrar su sitio.

Mandarina cerró los ojos.

Yo abrí el ordenador.

Y la destilería siguió siendo lo que siempre había sido: el lugar donde las cosas tardaban el tiempo que necesitaban y luego eran exactamente lo que tenían que ser.

•  •  •

El sábado siguiente, cuando Roan apareció en la destilería a las cuatro y media con la maleta y la guitarra y la Moka Express en el maletero del Uber, Mandarina estaba otra vez en la sala de juntas.

No había forma de explicarlo. La ventana del pasillo estaba cerrada, Denny lo confirmó con la solemnidad de quien ha revisado algo dos veces para asegurarse, y sin embargo Mandarina estaba ahí, tumbado en el centro de la mesa con los ojos entreabiertos como si llevara esperando y no tuviera intención de fingir que no.

Roan dejó la maleta en el pasillo, entró en la sala de juntas, miró al gato, y dijo, con la misma seriedad con que habría dicho cualquier cosa importante:

—Hola. Soy Roan. Llevo semanas oyendo hablar de ti.

Mandarina abrió los ojos del todo, lo evaluó durante tres segundos completos, y volvió a cerrarlos, lo cual en el sistema de valoración del gato equivalía, según Denny, a una aprobación sin reservas.

—Le caes bien —dije, desde la puerta.

—A los gatos y a los perros de noventa y un años de los abuelos de las personas que me importan siempre les caigo bien. Es mi mejor virtud social.

—¿Mejor que el análisis de riesgos o que saber negociar porcentajes?

—Significativamente mejor. El análisis de riesgos solo convence a los humanos. Los animales tienen mejores detectores.

Selah apareció detrás de mí.

—El lote de centeno con jengibre —le dijo a Roan, sin ningún preámbulo—. ¿Quieres verlo antes de que Tatum te lleve al apartamento o después?

—¿Es urgente?

—Nunca es urgente. Pero es interesante, y los viernes de Tatum cuando algo es interesante tienden a parecerse a los lunes de todo el mundo.

—Lo veo antes, entonces.

Lo llevé a la nave de fermentación, donde la cuba del lote de centeno seguía haciendo lo suyo con ese perfil inusual de jengibre y floral que aún no había identificado del todo, y Roan olió el aire de la cuba con la misma atención que le daba a todo, y dijo:

—Cardamomo.

Lo miré.

—¿Cardamomo?

—El floral que no consigues identificar. Huele a cardamomo. No el de la cocina, el otro, el más oscuro. El que usan en el café en algunos sitios de Oriente Medio.

Olí otra vez. Cerré los ojos. Y ahí estaba, debajo del jengibre y de la especia del centeno, algo que no era exactamente cardamomo pero que se le parecía lo suficiente como para que la descripción fuera útil.

—¿Cómo sabes lo que huele el cardamomo oscuro? —pregunté.

—Hay un café en el Upper West Side de Nueva York que lo sirve así todos los jueves. Llevo siete años yendo los jueves y nunca le había prestado atención al olor hasta que empecé a ir a una destilería donde la gente vive de prestar atención a los olores.

—¿Siete años yendo al mismo café los jueves?

—Soy una persona de costumbres.

—No lo parecías.

—Parecía una persona de costumbres que buscaba cambios. No es lo mismo.

Anotamos el cardamomo en el cuaderno verde.

Roan lo anotó también en su libreta, página dieciocho, con fecha y hora, y yo no le pregunté qué sistema de organización usaba para esa libreta porque había aprendido que algunos sistemas son más intuitivos de lo que parecen si les das el tiempo suficiente.

Esa noche, después de dejar la maleta y la guitarra en el apartamento de Travis Heights y de tomar el primer café real de la Moka Express en la terraza al sur con las luces de Austin abajo, Roan dijo, mirando el horizonte donde las colinas serían visibles si hubiera sido de día:

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por esperar. No solo esta semana. Por los cuatro días y por los siete años y por todos los momentos en los que habrías tenido razones suficientes para no esperar más y lo hiciste de todas formas.

—No esperé —dije—. Simplemente no encontré nada que valiera más que esto.

—¿Y ahora?

—Ahora tampoco busco nada que valga más. —Lo miré—. Pero ya no hace falta buscar.

El café de la Moka Express era exactamente lo que había prometido ser. Las colinas estaban donde siempre. Y el jueves de la firma estaba a seis días, que era exactamente el tiempo suficiente para que todo lo que llevaba dos meses en movimiento encontrara por fin su sitio de reposo.