CAPÍTULO 17
El domingo, último día del Festival, cerramos el stand a las ocho de la tarde con ciento treinta y cuatro botellas del catálogo estándar vendidas en tres días, cuatro acuerdos de distribución preliminares firmados sobre la mesa de la barra de ciprés, y una lista de contactos de prensa que Roan organizó en el coche de vuelta a Dripping Springs con la eficiencia de quien sabe que el trabajo real empieza cuando el evento termina.
El tercer día había tenido su propio ritmo, más tranquilo en términos de público pero más intenso en conversaciones largas con los distribuidores que habían probado Earl's Daughter la noche de la Sala Pecan y vuelto el domingo con preguntas concretas, de las que no buscan impresiones sino compromisos.
Mi padre había pasado la tarde en una sala lateral del pabellón con tres de ellos, con Roan tomando notas a su lado, mientras yo me quedaba en el stand atendiendo al flujo constante de visitantes que llegaban porque el artículo del Chronicle seguía circulando en redes y porque, en Austin, las cosas buenas se propagan por recomendación boca a boca con una velocidad que ningún algoritmo entiende del todo.
El abuelo Earl había pasado el segundo día también, sin Trigo esta vez porque la enfermera había convencido al perro de que el sábado había sido suficiente aventura para una semana, y había pasado la tarde sentado con una copa de agua en la mano y una energía que no debería tener un hombre de noventa y un años después de dos días consecutivos de Festival, hablando con todo el que se acercaba con esa combinación de autoridad y calidez que los años le habían enseñado a manejar mejor que cualquier curso de oratoria.
En algún momento del domingo por la tarde, mientras yo estaba explicando las diferencias entre nuestras distintas líneas de añejamiento a un grupo de cuatro personas de Dallas, lo vi hablar con Roan en el extremo del stand, los dos inclinados ligeramente hacia el mismo punto, el lenguaje corporal de dos personas que comparten una conversación que les importa a los dos.
No pude oírlos. Solo vi que mi abuelo dijo algo, y que Roan escuchó, y que al final del intercambio mi abuelo le puso la mano en el brazo un momento, el gesto que solo hacía con las personas a las que consideraba suficientemente serias como para merecerlo.
Roan me miró desde el otro lado del stand después. Yo levanté una ceja. Él movió la cabeza levemente hacia mi abuelo, que ya estaba hablando con otra persona, y puso una expresión que no conseguí descifrar del todo, algo entre el sobrecogimiento y la gratitud.
Se lo pregunté más tarde, en el coche de vuelta.
—¿Qué te dijo el abuelo?
—Me dijo —respondió, con la voz de alguien todavía procesando— que si seguía por el camino correcto tenía posibilidades de convertirme en alguien decente para su nieta.
Y luego añadió que "posibilidades" era la palabra que usaba cuando en realidad ya había tomado una decisión pero no quería que yo me relajara demasiado pronto.
—Eso suena exactamente a él.
—También me dijo que la barrica número veintidós la había iniciado el año en que nació tu madre y que algún día, si las cosas salían como él esperaba, podríamos abrirla juntos.
Guardé silencio durante un momento, mirando la carretera.
—¿Sabes lo que eso significa? —pregunté.
—Creo que sí —dijo Roan.
—Que te ha dado su aprobación. Con treinta años de margen de comprobación incluidos.
—Eso es lo que entendí, sí.
—Mi abuelo —dije, con un tono que era más cariño que queja— lleva noventa y un años siendo el hombre más manipuladoramente afectuoso que conozco.
—Manipuladoramente afectuoso es una descripción perfecta.
—La he practicado.
• • •
Nadie habló mucho en el trayecto de vuelta.
El agotamiento de tres días de Festival tiene una calidad particular, más densa que el cansancio habitual, porque no es solo físico sino también emocional, el agotamiento de haber estado en modo de máxima concentración durante setenta y dos horas seguidas sin margen real para relajarse.
Denny se durmió en el asiento trasero antes de que saliéramos del aparcamiento del Centro de Convenciones.
Selah miraba por la ventana con la expresión de alguien que está haciendo las sumas en su cabeza y le están saliendo bien pero no quiere decirlo todavía por si acaso.
Mi padre conducía con las dos manos sobre el volante, como siempre que tenía algo importante en la cabeza.
Y yo miraba la carretera desde el asiento del copiloto pensando en el periodista de Nueva York y en la tarjeta que Roan le había dado, y en la promesa de que me lo contaría cuando hubiera algo que saber, y en si "una conversación exploratoria" era algo que saber o todavía no, y en si la distinción importaba o si lo que importaba era la sensación que me había dejado en el pecho desde que me lo contó, una sensación pequeña pero persistente como la fisura en el cerco de la barrica dieciocho, que parece manejable hasta que se convierte en un problema.
En el coche de alquiler que iba detrás del nuestro, Roan conducía solo.
No podía verle la cara desde donde estaba, solo las luces del coche siguiendo las curvas de la carretera hacia Dripping Springs en el oscuro de la noche de domingo, y pensé que esa imagen, el coche que te sigue pero al que no puedes mirarle la cara, era una metáfora bastante exacta de lo que llevaba sintiendo desde la tarde anterior.
Llegamos a la destilería, descargamos lo imprescindible, dejamos el resto para el lunes, y nos despedimos en el aparcamiento con el tipo de brevedad que solo ocurre cuando todos están demasiado agotados para el ritual habitual de los finales de día.
Roan esperó a que los demás se marcharan.
—¿Puedo hablar contigo? —preguntó, cuando ya éramos solo los dos coches en el aparcamiento.
—Mañana tenemos reunión con Pruitt a las diez —dije.
—Lo sé. Esto no tardará mucho.
Me apoyé contra la furgoneta, con los brazos cruzados, no de manera defensiva sino porque hacía la temperatura fresca que a veces llegaba a finales de septiembre después de un día de calor y los brazos cruzados eran lo más parecido a un jersey que tenía disponible.
—El periodista de Nueva York —dijo Roan—. Quiero que sepas que no es algo que esté considerando en serio.
—No me has dicho eso antes.
—No, porque cuando me lo contaste ayer no era el momento ni el lugar, y porque quería pensarlo bien antes de decirte algo que no fuera verdad.
—Se acercó un paso—. Tatum, llevo siete años en Nueva York haciendo un trabajo que es bueno pero que no me llena de la manera que me llenó trabajar aquí estos dos meses.
No voy a irme a hacer otro trabajo en Nueva York por mucho que la publicación sea grande y la oportunidad parezca importante en papel.
—Dijiste lo mismo sobre Hollis & Vane hace siete años, Roan.
Lo dije sin ánimo de hacerle daño y con plena conciencia de que se lo haría de todas formas, porque era la verdad más directa que tenía disponible en ese momento y la única que sentía que necesitaba decir.
Él se quedó quieto.
—No es lo mismo —dijo, al final.
—¿Por qué no?
—Porque entonces no sabía lo que dejaba. Ahora sí.
—¿Y eso es suficiente? ¿Saberlo? Porque el problema no era que no supieras lo que dejabas, Roan. El problema era que lo sabías y lo dejaste igual.
El silencio que siguió fue de los que duelen, no porque ninguno de los dos dijera nada hiriente sino porque los dos sabíamos que lo que acababa de decir era verdad, y que la verdad, a veces, no llega en el momento en que resulta más fácil de sostener.
—Tienes razón —dijo, con la misma voz plana con la que admitía cualquier cosa que preferiría no tener que admitir—. Tienes razón en que lo sabía y lo dejé igual. Y no tengo una explicación que lo haga mejor de lo que fue. Solo puedo decirte que no pienso repetirlo.
—¿Por qué debería creerte?
—Porque en siete años nunca te he mentido, Tatum.
He cometido errores, he tomado decisiones equivocadas, he elegido mal cuando debería haber elegido bien.
Pero no te he mentido nunca. Y lo que te digo ahora es la verdad: no quiero ese trabajo en Nueva York.
Quiero esto. Quiero aquí. Y te quiero a ti, aunque eso suene a demasiado y demasiado pronto y a todas las cosas que sé que piensas que es.
—No pienso que sea demasiado pronto —dije, más despacio ahora—. Pienso que tengo treinta y un años y que la última vez que confié en esto perdí siete años y que no sé si puedo permitirme otra pérdida de siete años si sale mal.
—Tatum.
—No, déjame terminar. —Solté el aire—. No te estoy diciendo que no te creo.
Te estoy diciendo que me asusta creerlo y que necesito que entiendas la diferencia, porque una cosa es decir que te quedas y otra es quedarte de verdad cuando llegue el siguiente momento difícil, la siguiente oportunidad grande, la siguiente razón que parezca suficientemente importante.
—Lo entiendo —dijo.
—¿Lo entiendes de verdad?
—Lo entiendo de verdad. Y lo único que puedo ofrecerte que valga algo no son palabras, Tatum, son decisiones.
Y mi próxima decisión, la que voy a tomar esta semana cuando el periodista me llame para concretar la reunión en Nueva York, va a ser decirle que no.
No porque tú me lo pidas. Porque es lo que quiero.
No respondí de inmediato. Lo dejé estar en el aire entre nosotros, con el frío de la noche y los grillos y el olor a roble que impregnaba el aparcamiento de la destilería aunque estuviéramos al aire libre.
—De acuerdo —dije, al final.
—¿De acuerdo?
—De acuerdo. —Lo miré—. Pero si en algún momento cambias de opinión, me lo dices antes de tomar ninguna decisión. Eso es lo único que te pido.
—Te lo prometo.
—Bien.
Nos quedamos de pie en el aparcamiento en silencio durante un momento más, y luego me acerqué a él, no para besarlo sino simplemente para apoyar la frente en su hombro durante un segundo, el tipo de contacto que no es una respuesta sino una continuación, y él me rodeó con los brazos, y así nos quedamos el tiempo suficiente para que el frío de la noche fuera menos frío.
—Mañana, Pruitt —dije, contra su camisa.
—Mañana, Pruitt —confirmó—. Pero primero, el queso de doce meses.
—¿Qué pasa con el queso?
—Que tenías razón. Era mejor.
Me aparté para mirarlo.
—¿Lo admites así, sin más?
—Es tarde, estoy agotado y acabo de tener la conversación más difícil de las últimas semanas. No tengo energía para defenderme en el tema del queso.
—Anótalo en algún sitio para que no se te olvide mañana cuando hayas dormido.
—Lo tengo en la libreta.
—¿Tienes apuntado en la libreta de cuero que yo tenía razón sobre el queso manchego?
—Página dieciséis. Con fecha y hora.
Me reí, y la risa deshizo el resto de la tensión que quedaba, y nos fuimos a casa, a la mía, porque la habitación de hotel con vista al aparcamiento seguía siendo una opción difícil de defender cuando existía la alternativa.