CAPÍTULO 18
La reunión con Vance Pruitt fue el lunes a las diez de la mañana, en la sala de juntas de Calloway el asesor tenía una carpeta delante que no había abierto todavía, lo cual sugería que su análisis ya estaba hecho y que la reunión no era para recopilar información sino para presentarla.
Mi padre estaba a la cabecera. Roan a su derecha. Yo frente a Pruitt, con una taza de agua con menta delante porque necesitaba tener algo en las manos y el café a esa hora me habría puesto el corazón a ciento ochenta.
—El Festival —empezó Pruitt, sin preámbulos, con la eficiencia de quien no considera necesaria la introducción cuando ya todo el mundo sabe de qué se va a hablar— ha superado las expectativas que yo traía a esta mesa hace tres semanas. No marginalmente. Sustancialmente.
—Las nuestras también —dijo mi padre.
—Lo sé. He hablado con tres de los distribuidores que firmaron acuerdos preliminares este fin de semana.
Los tres confirman interés real, no cortesía de feria.
—Pruitt abrió la carpeta que tenía delante, la primera vez que la abría desde que había entrado—.
El reportaje de la publicación de Nueva York va a darle a Earl's Daughter una visibilidad nacional que ninguna campaña de marketing regional podría haber conseguido en este plazo. Eso cambia el análisis.
Sentí que Roan, a mi izquierda, se movía muy levemente, no de incomodidad sino de atención, el gesto de quien está procesando más de una capa de información al mismo tiempo.
—¿En qué sentido lo cambia? —preguntó mi padre.
—En el sentido de que la propuesta que traigo hoy no es la que traía hace tres semanas.
—Pruitt sacó un documento de la carpeta y lo deslizó sobre la mesa—.
Cordray Spirits no está interesada en una participación mayoritaria.
Está interesada en una asociación de distribución exclusiva para mercados interestatales, con Calloway & Sons manteniendo el cien por cien de la propiedad, el control total de producción, y un porcentaje de ingresos sobre ventas externas que detalla el documento.
El silencio que siguió fue diferente a cualquier silencio que hubiéramos tenido en esa sala en las últimas semanas.
Mi padre cogió el documento. Lo leyó durante un momento sin decir nada. Luego me lo pasó.
Los números eran buenos. Mejores de lo que esperaba, honestamente.
No era lo que Cordray había insinuado al principio, la absorción de control que habíamos temido desde el principio.
Era, más parecido a lo que necesitábamos: acceso a la red de distribución de una empresa grande sin ceder lo que hacía que valiera la pena distribuirlo.
—¿La receta? —pregunté, sin levantar la vista del documento.
—Intocable. Está en la cláusula cuatro. —Una pausa—. Su abuelo fue bastante explícito sobre ese punto el viernes.
—Mi abuelo suele ser explícito sobre los puntos que importan.
—Lo noté —dijo Pruitt, con algo que no era exactamente una sonrisa pero que tampoco era su expresión habitual de negocios—. También fue explícito sobre lo que esperaba a cambio de esa explicitud.
—¿Qué esperaba?
—Un acuerdo que permitiera a su nieta seguir haciendo lo que sabe hacer sin tener que pelearse con nadie para conseguirlo.
Levanté la vista del documento. Pruitt me miraba con los ojos entornados de la primera vez, pero sin la evaluación fría de entonces. Con algo más parecido al reconocimiento.
—¿Necesitan tiempo para revisarlo? —preguntó.
—Sí —dijo mi padre.
—¿Una semana?
—Una semana —confirmé.
Pruitt asintió, recogió sus cosas, y antes de levantarse miró la fotografía del abuelo Earl en la pared con la misma atención que le había dado al bourbon en la Sala Pecan.
—¿Cuándo la hicieron? —preguntó.
—Mil novecientos sesenta y ocho —dije—. El primer año de la destilería. Tiene veinticuatro años en esa foto.
—Parece alguien que ya sabe lo que va a hacer el resto de su vida.
—Lo sabía —dije—. Desde los veinte años, según él.
Pruitt asintió por última vez, algo que en él equivalía a bastante más que un simple gesto, y salió de la sala con Britta y el asesor, dejando el documento sobre la mesa y el silencio de tres personas que acaban de recibir una noticia que cambia el cuadro y necesitan un momento para que la nueva imagen se asiente.
• • •
Nadie dijo nada durante casi un minuto.
Luego mi padre dijo, con la voz de alguien que lleva semanas sin saber exactamente qué va a encontrar al final de este camino y acaba de descubrir que el camino lleva a algún sitio:
—Necesito llamar al abogado.
—Sí —dije.
—Y necesito leerlo tres veces más antes de hablar de los términos.
—Sí.
—Y necesito un té.
—Yo lo hago —dijo Roan, levantándose antes de que nadie más pudiera, con la practicidad particular de quien sabe cuándo lo mejor que puede hacer es ser útil de una manera concreta y pequeña.
Mi padre salió al pasillo con el documento, el teléfono ya en la mano. Yo me quedé sola en la sala de juntas durante un momento, mirando la fotografía del abuelo Earl, que me miraba desde mil novecientos sesenta y ocho con la misma terquedad que llevaba noventa y un años perfeccionando.
—Lo ves —le dije, en voz baja, solo para mí, en la sala vacía—. Tenías razón. El tiempo da la razón a las cosas bien hechas.
Roan volvió con el té, cerró la puerta de la sala detrás de él, y se sentó en la silla que había ocupado Pruitt, enfrente de mí, con una expresión que mezcla el alivio y algo más cauteloso.
—El periodista de Nueva York me ha mandado un correo esta mañana —dijo—. Antes de la reunión.
—¿Y?
—Le he respondido que no. Que agradezco el interés pero que mi trabajo actual no me permite asumir nuevos compromisos en ese plazo.
Lo miré.
—¿Esta mañana? ¿Antes de saber lo de Pruitt?
—Esta mañana. Antes de saber lo de Pruitt. —Una pausa—. No quiero que pienses que tomé la decisión porque la reunión salió bien. La tomé porque era la correcta independientemente de cómo saliera la reunión.
Algo que llevaba instalado en el pecho desde el sábado por la tarde se aflojó del todo, esa fisura pequeña que había estado ignorando porque no era el momento pero que había estado ahí, persistente y silenciosa.
—¿Y Knox? —pregunté.
—Knox dice que si voy a seguir rechazando cuentas grandes por quedarse en proyectos de destilerías familiares de Texas, puede que tengamos que renegociar los términos de la sociedad.
—Sonrió levemente—. También dice que Earl's Daughter en portada de una publicación de Nueva York va a ser el mejor marketing que Hollis & Vane ha tenido nunca, así que puede que al final salga rentable de todas formas.
—¿Y tú qué piensas?
—Pienso que Knox tiene razón, que siempre tiene razón en los números, y que los números esta vez cuentan la misma historia que el resto de las cosas.
Alcancé el documento de Pruitt en el centro de la mesa, lo cogí, y lo leí otra vez, despacio, desde el principio, con la atención que merecía y que en la reunión no había podido darle del todo porque tenía demasiadas cosas en la cabeza simultáneamente.
La cláusula cuatro decía, con la precisión del lenguaje legal que no admite interpretaciones: "La receta de producción, los procesos de elaboración y los estándares de calidad de Calloway & Sons permanecerán bajo el control exclusivo de Calloway & Sons en todo momento.
Cordray Spirits Group no tendrá derecho a modificar, adaptar ni influir en ningún aspecto del proceso de producción. "
La cláusula ocho decía: "Las decisiones sobre la denominación, el diseño y la narrativa de marca de todas las líneas de producto de Calloway & Sons serán tomadas por Calloway & Sons sin requerir aprobación de Cordray Spirits Group."
Dejé el documento sobre la mesa.
—Es un buen acuerdo —dije.
—Es un acuerdo muy bueno —dijo Roan—. No es perfecto, ningún acuerdo lo es, pero es mucho mejor de lo que nadie esperaba hace dos meses.
—¿Qué significa para Hollis & Vane? El proyecto termina aquí, técnicamente. La campaña de lanzamiento ya está hecha.
—El proyecto de lanzamiento termina aquí, sí. —Me miró—. Lo que pase después depende de conversaciones que todavía no hemos tenido. Pero me gustaría tenerlas, si tú también quieres.
—¿Qué tipo de conversaciones?
—Las del primero de noviembre y más allá. Las de qué hago yo en Austin cuando ya no tengo un cliente específico aquí pero tengo otras razones para estar. Las de si hay alguna forma de construir algo que no requiera que ninguno de los dos pierda lo que le importa para tener lo que quiere.
—Eso son conversaciones muy grandes para un lunes por la mañana después de una reunión con un corporativo.
—Son las conversaciones que hay que tener, Tatum.
—Lo sé. —Cerré el documento, lo dejé cuadrado en el centro de la mesa con los bordes alineados, un gesto pequeño de orden en medio de todas las cosas que todavía estaban sin resolver—. Sí quiero tenerlas.
—¿Cuándo?
—Esta noche. En mi casa. Con el queso de doce meses.
Sonrió, despacio, de esa manera particular.
—Anotado —dijo.
Selah entró en ese momento con cara de quien ha estado esperando en el pasillo los últimos diez minutos y ha agotado su reserva de discreción.
—¿Han llegado a algo? —preguntó.
—Han llegado a algo —confirmé.
—¿Bueno?
—Bastante bueno, sí.
—¿Y vosotros dos? —dijo, mirando de uno al otro con la eficiencia de quien ha aprendido a leer el estado emocional de una sala en tres segundos.
—Eso también —dije.
—Mejor todavía. —Se sentó en la silla de mi padre sin que nadie se lo pidiera—. ¿Me vas a dejar leer el documento o tengo que esperarme al resumen ejecutivo?