CAPÍTULO 16 #3
No dije nada, solo asentí, dejando que el número se asentara donde tenía que asentarse.
—Y hay tres distribuidores que quieren reunión mañana —añadió—. No los de la Sala Pecan. Nuevos. Que vieron el stand hoy y preguntaron.
—¿Y Pruitt?
—Pruitt no ha dicho nada todavía. Pero Britta me ha enviado un mensaje hace veinte minutos pidiendo una reunión para el lunes siguiente al Festival. —Una pausa—. Eso, en el lenguaje de Vance Pruitt, es una señal.
—¿De qué tipo de señal?
—De las buenas, creo. —Mi padre me miró—. Lo habéis hecho muy bien, Tatum. Tú y Roan. Y el equipo. Pero vosotros dos sobre todo.
Roan estaba al fondo del stand, ayudando a Denny a desmontar el sistema de iluminación temporal, con la americana quitada y las mangas de la camisa enrolladas, con el aspecto de alguien que lleva un día entero de pie y no lo está midiendo en esfuerzo sino en resultado.
—Sí —dije—. Lo hemos hecho bien.
Esa noche, cuando todos se habían marchado y mi abuelo estaba ya de camino a Dripping Springs con Trigo dormido en el asiento trasero del coche que le había pedido a la enfermera que lo recogiera, Roan y yo nos quedamos los últimos en el pabellón, terminando de cerrar el stand con el cerramiento de seguridad que exigía el recinto para los dos días siguientes.
El pabellón vacío, con solo las luces de emergencia encendidas y el eco de las últimas horas resonando todavía en el espacio grande y quieto, tenía la calidad de los lugares que acaban de contener algo importante.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Roan.
—Agotada. Satisfecha. Un poco asustada todavía.
—¿Asustada por qué?
—Porque queda un día más de Festival y la reunión del lunes con Pruitt y el primero de noviembre y todas las cosas que siguen sin resolverse.
—Sí —dijo—. Pero hoy era el día más importante y ha salido bien.
—Bien no. Ha salido muy bien.
—Ha salido exactamente lo que tú construiste durante cincuenta y seis años de historia familiar y dos meses de trabajo conjunto.
Le miré en la penumbra del pabellón, con las luces de emergencia dándole ese tono extraño a todo, entre azulado y cálido, y pensé que había algo en ese momento específico, el agotamiento y la satisfacción y el miedo todavía presente y él ahí, que era exactamente el tipo de momento del que mi abuelo había hablado cuando le pregunté cómo sabía con la abuela. No el momento grande. El momento real.
—¿Recuerdas lo que te dije cuando te pregunté qué era lo que de verdad me estabas ofreciendo esa noche? —dije.
—"Lo que tú quieras que sea."
—Sí.
—Lo recuerdo.
—Pues ya sé lo que quiero que sea.
No respondió de inmediato. Esperó, porque Roan había aprendido a esperar cuando yo necesitaba espacio para llegar a las cosas a mi ritmo, lo cual era, quizá, la evidencia más consistente de que había cambiado en siete años.
—¿Qué quieres que sea? —preguntó.
—Todo —dije—. Lo quiero todo. Contigo. Ya sé que eso asusta y que todavía hay cosas sin resolver y que el primero de noviembre existe y que nadie sabe lo que pasa después.
Pero ya no tengo energía para ser prudente con algo que de verdad quiero, y lo que de verdad quiero eres tú.
Con todas las complicaciones y los pendientes y la incertidumbre incluidas.
El silencio que siguió duró exactamente el tiempo que tardó en cruzar la distancia entre nosotros.
Me besó, en el pabellón vacío con las luces de emergencia y el olor residual de seiscientas personas y doscientas botellas de bourbon, y fue el tipo de beso que no tiene nada de tentativo, que no está preguntando nada porque la respuesta ya la sabe, y que dura lo que tiene que durar sin que ninguno de los dos piense en cuánto dura.
Cuando nos separamos, apoyé la frente en su hombro, y él me rodeó con los brazos, y durante un rato así nos quedamos, quietos, en el pabellón que había sido durante ese día el escenario de algo que los dos habíamos construido, sin saber del todo que lo estábamos construyendo también para nosotros.
—Lo quiero todo también —dijo Roan, en voz baja, contra mi pelo—. Por si no quedaba claro.
—Quedaba bastante claro.
—Quería decirlo de todas formas.
—Ya sé que sí.
—¿Vamos a casa?
—¿A cuál? —pregunté, levantando la vista.
Sonrió, despacio, de ese modo particular.
—A la tuya —dijo—. La mía es una habitación de hotel con minibar y una vista al aparcamiento que es difícil de defender como opción cuando existe la alternativa.
—El queso de doce meses —dije, recordando de repente.
—¿Qué pasa con el queso?
—Que no me has admitido todavía que tenía razón en que era mejor.
—Ah. —Una pausa deliberada—. Mañana. Cuando esté menos agotado y tenga más energía para la derrota.
—Eso sí que es un sí provisional que acepto.
Y salimos juntos del pabellón, hacia el aparcamiento de un Centro de Convenciones de Austin que a esa hora era casi un desierto de asfalto bajo la luz anaranjada de las farolas, y el segundo día del Festival y la reunión del lunes y el primero de noviembre estaban todos todavía ahí, sin resolver, esperando, pero de alguna manera mucho menos pesados de lo que habían sido esa misma mañana.