Al diablo con el amor CAPÍTULO 16 #2
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CAPÍTULO 16 #2

—Hasta el lunes, señor Pruitt.

Se marchó. Yo me quedé de pie junto a la barra, con el corazón haciendo cosas que no le había autorizado a hacer, y Trigo, desde su posición bajo la silla de mi abuelo, me miró con sus ojos de perro muy viejo que ha visto muchas cosas y ha decidido que la mayoría son impredecibles pero que algunas merecen la espera.

Roan llegó a mi lado treinta segundos después.

—¿Qué ha dicho? —preguntó.

—Ha dicho que mi abuelo es el mejor negociador con el que ha hablado en cinco años.

—Eso ya lo sabíamos.

—Y que se lo piensa el fin de semana.

—¿Tono positivo o negativo?

—Positivo —dije—. Creo. Bastante positivo.

Roan soltó el aire despacio.

—Bien —dijo, y era el mismo "bien" que yo usaba cuando quería decir bastante más, y por eso me hizo sonreír.

•  •  •

El segundo día del Festival empezó con una cola ya formada antes de la apertura, lo cual Denny interpretó como una señal del universo y el resto del equipo como el resultado predecible de que el Chronicle hubiera publicado esa mañana un segundo artículo de Marisol Quintanilla titulado "El bourbon que Austin llevaba treinta y tres años esperando", con una fotografía del stand de Calloway & Sons en portada de la sección de gastronomía y una cita de Earl Calloway que decía, literalmente: "No me pregunten si pensaba que duraría.

Lo que pensaba era que si hacías las cosas bien, el tiempo les daba la razón. "

Selah me lo enseñó en el teléfono a las nueve menos cuarto, antes de que abriéramos.

—Tu abuelo tiene más prensa que nosotras dos juntas —dijo.

—Mi abuelo lleva cincuenta y seis años teniendo razón. Ya iba siendo hora de que alguien lo publicara.

El segundo día fue más tranquilo que el primero en términos logísticos, pero más intenso en términos de conversaciones reales: distribuidores que volvían con preguntas específicas sobre volúmenes y plazos, compradores que querían saber si habría una segunda edición limitada y en qué plazos, dos periodistas de publicaciones de Nueva York que habían llegado al Festival por otras razones y habían terminado delante de nuestro stand por el artículo de Marisol.

Y en algún momento de la tarde, mientras yo estaba explicando el proceso de filtrado en frío a un grupo de tres sumilleres de Houston, noté que Roan estaba hablando con uno de los periodistas de Nueva York en el pasillo, con la libreta cerrada y el teléfono en la mano pero no mirándolo, con la postura particular que tenía cuando una conversación le interesaba de verdad y no solo profesionalmente.

Los sumilleres de Houston me hicieron tres preguntas más que respondí en piloto automático mientras seguía observando a Roan de reojo, y lo que vi no me alarmó exactamente pero dejó una huella pequeña: él escuchaba al periodista de Nueva York con la misma atención completa que me daba a mí, y el periodista gesticulaba hacia el norte, hacia arriba, con el gesto inconfundible de quien está describiendo un horizonte más amplio que el de Texas.

Cuando los sumilleres se marcharon con sus fichas de cata, me acerqué a la barra y serví una muestra de nuestro bourbon de cuatro años para un visitante que llevaba un rato esperando, y no miré hacia el pasillo, porque mirar habría sido convertir algo en algo que quizá no era nada, y no tenía tiempo ni energía para eso en el segundo día de Festival.

Roan volvió al stand veinte minutos después con una expresión que no era la de haber tenido una conversación profesional cualquiera, sino la de haber tenido una conversación que le estaba dando vueltas todavía.

—¿Todo bien? —pregunté.

—Sí. —Una pausa breve—. El periodista trabaja para una publicación de gastronomía de Nueva York. Ha dicho que quiere hacer un reportaje sobre Earl's Daughter para su número de noviembre. Portada del especial de otoño.

—Eso es fantástico.

—Sí.

—¿Por qué no parece que te parezca fantástico?

Se pasó una mano por el pelo, el gesto que tenía cuando estaba procesando algo que todavía no había ordenado del todo.

—También me ha preguntado si estaría disponible para reunirme con su editor la próxima vez que esté en Nueva York. Dicen que están buscando un director creativo para su línea de contenido de marcas artesanales. —Me miró—. No es una oferta formal. Solo una conversación exploratoria.

El corazón me hizo algo complicado que tardé un segundo en identificar y que decidí no identificar en voz alta todavía.

—¿Y tú qué le has dicho?

—Que lo tendría en cuenta.

—¿Eso es todo?

—Le he dado mi tarjeta. —Una pausa—. Tatum.

—¿Qué?

—No he decidido nada. Solo lo cuento porque te prometí que ibas a ser la primera en saberlo cuando hubiera algo que saber.

Lo miré durante un momento. El Festival seguía a nuestro alrededor con su ruido y su movimiento y sus cuatro mil personas evaluando bourbon un miércoles de septiembre, y yo estaba de pie en el stand que habíamos construido juntos pensando que las promesas eran fáciles de hacer y otra cosa distinta de cumplir.

—Gracias por contármelo —dije, con una voz que sonó más plana de lo que pretendía.

—Oye.

—No pasa nada, Roan.

—Sí pasa. Te has puesto la cara que pones cuando algo te afecta y no quieres que se note.

—Tengo una cola de quince personas esperando muestras.

—Tatum.

—Después del Festival —dije, usando sus propias palabras de semanas atrás—. Hablamos después del Festival.

Asintió, y lo vi en su cara: no alivio, sino la misma tensión que había en el mío, la tensión de dos personas que habían decidido querer lo mismo pero que todavía no sabían exactamente si el mundo iba a dejarles tenerlo sin complicaciones.

La cola de quince personas esperaba. Me giré hacia ellas.

Y pasé el resto de la tarde siendo la maestra destiladora de Calloway & Sons con una eficiencia y una atención que nadie de las quince personas habría identificado como actuación, porque llevas suficientes años haciendo algo que amas, lo haces bien incluso cuando el corazón está haciendo otras cosas al mismo tiempo.

•  •  •

Al final del primer día, cuando el Festival cerró las puertas al público a las ocho de la tarde y el equipo empezó a recoger las muestras que quedaban y a cubrir las botellas de exhibición para la mañana siguiente, mi padre se acercó a mí con la cara de quien ha procesado un día muy largo y lo ha encontrado mejor de lo que esperaba.

—Hemos vendido ochenta y siete botellas del catálogo estándar hoy —dijo—. En un solo día de Festival.

—¿Cuánto es eso en términos de cuota mensual?

—El treinta y ocho por ciento de nuestra cuota mensual habitual. En un día.