CAPÍTULO 16
El jueves por la mañana, el primer día del Festival abierto al público, mi abuelo llegó al stand de Calloway & Sons a las once y cuatro minutos, con el bastón en la mano derecha, la camisa de cuadros que reservaba para las ocasiones que él consideraba importantes, y Trigo, que se había negado a quedarse en casa y cuya presencia en un evento cubierto de cuatro mil personas era técnicamente problemática pero prácticamente imposible de discutir con un perro de once años y carácter férreo.
—No se permite la entrada de animales al recinto —dijo el vigilante de seguridad de la entrada, mirando a Trigo con la expresión de alguien que ha tenido esa conversación veinte veces esa mañana.
—Este perro —dijo mi abuelo, con la serenidad de quien ha vivido suficiente como para no dejarse intimidar por ningún tipo de autoridad no vinculante— ha sobrevivido a once años, a tres veterinarios que le dieron seis meses de vida, y a una demanda de una empresa de Kentucky.
No se le va a impedir la entrada a un festival de espirituosos.
El vigilante miró a Trigo. Trigo lo miró con sus ojos cansados de perro muy viejo.
—¿Es un perro de asistencia? —preguntó el vigilante, buscando una salida razonable.
—Es un perro de compañía imprescindible —dijo mi abuelo.
El vigilante decidió que algunas batallas no valían la energía.
Trigo entró al Festival de Espirituosos de Texas Hill Country como el perro oficial de Earl Calloway, y se instaló bajo la barra del stand de Calloway & Sons con la dignidad particular de quien sabe que está exactamente donde debe estar, y no se movió de ahí en toda la mañana salvo cuando algún visitante particularmente interesante se acercaba a olfatear, momento en el que Trigo levantaba la cabeza, evaluaba, y volvía a su posición con el veredicto implícito de su expresión.
El primer día del Festival fue lo que Roan había predicho que sería y un poco más.
La cola ante el stand de Calloway & Sons se formó antes del mediodía, no por un motivo específico sino por el efecto contagio que solo ocurre en eventos así: alguien se detiene, dos personas se detienen a ver por qué se ha detenido la primera, cuatro personas quieren saber qué están mirando las dos anteriores, y antes de que te des cuenta tienes una fila de treinta personas esperando probar el bourbon de los carteles pintados a mano.
El artículo de Marisol Quintanilla del Chronicle había sido compartido más de dos mil veces en las últimas semanas.
La nota de prensa de Roan había llegado a cuatro publicaciones especializadas.
Las botellas numeradas del uno al cien se habían agotado en el evento de la Sala Pecan la noche anterior, dos horas después de que empezara la degustación.
No éramos solo un stand de una destilería familiar de Dripping Springs.
Éramos la historia del abuelo que esperó treinta y tres años.
Éramos los carteles escritos a mano por el operario que pintaba rótulos para su madre.
Éramos el sello de lacre con las iniciales E.C.
Éramos, de alguna manera que ninguna campaña de marketing podría haber fabricado, reales.
Mi abuelo se sentó en la silla que habíamos colocado al fondo del stand y pasó la mañana respondiendo preguntas a todo el que se acercaba a él, con la fluencia narrativa de quien ha contado las mismas historias durante cincuenta años y las mejora en cada versión, y Trigo a sus pies actuaba como un imán involuntario de simpatía, porque pocas cosas generan más afecto en un evento lleno de adultos que un perro viejo con dignidad propia durmiendo bajo una barra de bourbon.
Denny fue el revelación inesperada del día.
Colocado en el extremo del stand con instrucciones de hablar con la gente "de manera natural", lo cual había interpretado como licencia para contar anécdotas de producción con todo detalle, terminó siendo el punto de contacto más efectivo del stand, porque nadie desconfiaba de un hombre con cara de trabajador honesto que hablaba del proceso de fermentación con el entusiasmo genuino de quien lo ha vivido desde dentro durante doce años.
—¿Sabe cómo se sabe cuándo la fermentación va bien?
—le decía a un visitante con la misma voz con la que habría hablado de fútbol—.
Por el sonido. Las burbujas, cuando son sanas, suenan como una conversación tranquila.
Cuando algo va mal, el sonido cambia. No sé cómo explicarlo, pero te das cuenta.
Como cuando alguien en casa está enfadado y todavía no te ha dicho nada pero ya lo notas en el ambiente.
El visitante asintió con la cara de alguien que no sabe exactamente por qué pero entiende lo que acaba de escuchar.
Roan me lo señaló durante uno de esos intercambios, desde el otro extremo del stand, con una expresión que no necesitaba palabras. Yo asentí. Sí. Ya lo sé. Doce años y nunca le pregunté.
A las tres de la tarde, Vance Pruitt apareció en el stand.
No venía con Britta. No venía con el asesor.
Venía solo, con las manos en los bolsillos, y se acercó a la barra con la misma actitud evaluadora de siempre, pero con algo diferente debajo, algo que los dos meses anteriores no había tenido y que reconocí porque era lo mismo que le había visto al asesor en la Sala Pecan cuando probó Earl's Daughter: curiosidad genuina, no curiosidad estratégica.
—Señorita Calloway —dijo.
—Señor Pruitt.
—He visto la cola esta mañana.
—Yo también la he visto.
—El evento de anoche fue impresionante. —Una pausa—. No esperaba ese nivel de respuesta del mercado en esta fase.
—Nosotros sí.
Me miró, y por un momento pensé que iba a decir algo sobre la negociación, sobre los términos, sobre el primero de noviembre, pero en lugar de eso cogió la copa que yo le ofrecí con el último sorbo de muestra que quedaba en la botella de la barra de degustación, la bebió, y dijo:
—¿Quién es el hombre de la silla del fondo con el perro?
—Mi abuelo. Earl Calloway.
Pruitt miró a mi abuelo durante un momento. Luego me miró a mí.
—¿Le importa si hablo con él?
Me sorprendió. No lo demostré.
—No le importa —dije—. Pero le aviso de que él habla con franqueza.
—Lo prefiero así —dijo Pruitt, y se dirigió hacia el fondo del stand.
Los estuve observando desde la barra. Pruitt se sentó en la silla vacía junto a mi abuelo. Trigo levantó la cabeza, evaluó, y no levantó el resto del cuerpo, lo cual, en el sistema de evaluación de Trigo, equivalía a una aprobación provisional.
No pude oír qué hablaron. Mi abuelo gesticuló dos veces, señalando la barra, luego el techo, luego hacia afuera, en la dirección general de Dripping Springs.
Pruitt escuchó con la atención que le había visto usar en la destilería, esa atención de procesar y no solo escuchar.
En algún punto de la conversación, mi abuelo soltó una carcajada, la de verdad, la que reservaba para las cosas que le parecían genuinamente divertidas, y Pruitt, para mi absoluta sorpresa, sonrió, no la sonrisa de negocios sino una real, más pequeña pero de otro material.
Roan apareció a mi lado.
—¿Qué hablan? —preguntó, en voz baja.
—No lo sé.
—¿Debería preocuparnos?
—Tu abuelo tiene noventa y un años y ha sobrevivido a cosas peores que Vance Pruitt. —Pausa—. No debería preocuparnos.
Denny apareció al otro lado de mí.
—El señor mayor del traje ha pedido una segunda copa —susurró, con la misma solemnidad con la que habría anunciado el avistamiento de algo raro pero prometedor.
—¿Pruitt ha pedido una segunda copa?
—Él solito, sin que nadie se la ofreciera. Ha cogido la botella de la barra y se ha servido. —Pausa—. No sé si eso es bueno o malo.
—Es muy bueno —dijo Roan.
—¿Por qué?
—Porque la gente que evalúa no repite. Solo repite la gente que disfruta.
Denny procesó esto durante un segundo.
—¿Eso significa que lo hemos convencido?
—Significa que el bourbon lo ha convencido —dije—. Que era el plan desde el principio.
—El plan desde el principio era salvar la empresa de vuestra familia, que es básicamente lo mismo.
—Técnicamente, sí.
—Entonces estamos bien.
—Técnicamente, puede que sí.
Denny asintió con la expresión satisfecha de quien ha participado en algo grande sin haber necesitado entender todos sus detalles, se fue a atender a tres personas que llevaban un rato esperando en la barra, y Roan y yo nos miramos sobre su cabeza con la comprensión compartida de que Denny, como casi siempre, había llegado a la conclusión correcta por el camino menos ortodoxo posible.
Mi abuelo y Pruitt hablaron durante veintidós minutos. Lo sé porque Britta los cronometró desde su posición junto a la columna del pasillo, con la tableta en la mano y una expresión de quien está tomando nota de algo que no había anticipado en el orden del día.
Cuando Pruitt se levantó para marcharse, estrechó la mano de mi abuelo con los dos brazos, un gesto que yo nunca le había visto hacer con nadie más durante todo el proceso, y mi abuelo dijo algo que hizo que Pruitt soltara una carcajada breve, genuina, que resonó en el pasillo más de lo que probablemente él pretendía.
Pasó junto a mí de camino a la salida, se detuvo un momento.
—Su abuelo —dijo— es el hombre más honesto con el que he hablado en los últimos cinco años de reuniones de negocios.
—Lo sé —dije.
—Me ha dicho que si Cordray toca la receta, va a ir personalmente a Chicago con su bastón y sus noventa y un años a explicarnos la diferencia entre comprar una empresa y destruirla.
—Eso también suena a él.
—También me ha dicho —continuó Pruitt, con algo en la voz que ya no era del todo corporativo— que la única condición que pone es que cualquier acuerdo incluya la garantía de que su nieta sigue siendo quien decide qué sale de esos alambiques.
Sentí algo que se apretaba en el pecho, no de angustia sino de lo contrario.
—¿Y usted? —pregunté.
—Yo —dijo Pruitt, con pausa deliberada— me lo pienso el fin de semana. Pero ya le anticipo que su abuelo es un negociador mejor de lo que me esperaba para ser alguien que dice que no le importan los negocios. —Me tendió la mano—. Hasta el lunes, señorita Calloway.