Al diablo con el amor CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

Faltaban dieciséis días para el Festival cuando Roan se quedó dormido en mi sofá.

No era la primera vez que trabajábamos hasta tarde en mi casa.

Desde que la dinámica entre nosotros había cambiado, desde el Broken Spoke y la nave de barricas y los mensajes de las cuatro de la mañana, habíamos desarrollado una costumbre de los martes y los jueves de sentarnos en el salón de mi casa con los ordenadores abiertos y los papeles extendidos sobre la mesa de café, porque la sala de juntas de la destilería a ciertas horas tenía el peso de un lugar de trabajo que ninguno de los dos quería cargar cuando lo que necesitábamos era pensar sin estructura.

Lo que no habíamos hecho todavía era quedarnos a solas más tiempo del que duraba el trabajo.

No porque no quisiéramos. Sino porque los dos sabíamos, aunque ninguno lo había dicho en voz alta, que cruzar esa línea iba a cambiar algo que todavía no habíamos terminado de definir, y que hacerlo antes de tiempo podría enredar dos cosas que de momento iban mejor separadas: lo que sentíamos y lo que teníamos que terminar.

Eso era lo que pensaba yo en teoría.

En la práctica, esa tarde habíamos parado en el mercado de Dripping Springs porque a Roan se le había ocurrido que si íbamos a pasar cuatro horas en mi casa trabajando podíamos al menos cenar algo que no fuera lo que quedara en el fondo de mi nevera, y había elegido los ingredientes con la concentración de alguien que toma las decisiones de compra tan en serio como cualquier otra decisión, mientras yo lo seguía por los pasillos con la cesta y le discutía la elección del queso y él me explicaba, con total seriedad, que el manchego que yo quería comprar y el que él quería comprar no eran el mismo queso aunque los dos dijeran manchego en la etiqueta.

—Son exactamente el mismo queso, Sutherland.

—Uno lleva curación de seis meses y el otro de doce. No son el mismo queso.

—Estamos comprando queso para comer mientras revisamos un guion de presentación, no para maridarlo en una cena de cinco tenedores.

—El queso merece respeto independientemente del contexto.

—Eso es lo más absurdo que me has dicho en dos meses, y me has dicho cosas bastante absurdas.

Compramos el de doce meses, porque Roan tenía una capacidad de convicción en los argumentos triviales que solo podía describirse como profesional, y porque en el fondo tenía razón y el queso de doce meses era mejor, aunque no pensaba decírselo hasta que pasaran al menos tres semanas.

Cenamos en la cocina antes de abrir los ordenadores, sentados en los taburetes de la barra de desayuno con el queso y unas aceitunas y un poco de jamón que encontré en el cajón del fondo de la nevera, y hablamos de cosas que no tenían nada que ver con el Festival ni con Pruitt ni con Knox: él me contó que su madre vivía en Tulsa todavía, en la misma casa donde había crecido, y que llamaba los domingos con una puntualidad que podía usarse para ajustar un reloj.

Yo le conté que había intentado tener un gato hace dos años pero que el gato, un tabby naranja llamado provisional pero definitivamente Mandarina, había decidido a los tres días que la destilería era su hogar y se había instalado en el almacén de mantenimiento sin que nadie pudiera convencerlo de volver.

—¿Sigue ahí?

—Sigue ahí. Denny le pone comida. Han desarrollado una relación codependiente que nadie ha logrado entender del todo.

—¿Puedo conocer al gato?

—Mandarina recibe visitas los martes y los jueves cuando le apetece. El resto del tiempo es inaccesible por razones que solo él comprende.

—Ese gato tiene más carácter que la mitad de los clientes que he tenido.

—Ese gato tiene más carácter que la mayoría de las personas que conozco, incluida yo.

Se rio, y luego nos pasamos cuatro horas con los ordenadores hasta que él se quedó dormido en el sofá.

•  •  •

La realidad era que era un martes de finales de agosto, que eran las once de la noche, que habíamos estado revisando durante cuatro horas el guion de presentación para la Sala Pecan, y que Roan, en algún momento entre la versión tres y la versión cuatro del texto de introducción a Earl's Daughter, se había recostado contra el respaldo del sofá con el ordenador en el regazo y se había quedado dormido con la misma discreción silenciosa con la que hacía casi todo, sin ruido, sin aviso, simplemente dejando de estar despierto.

Me di cuenta cuando llevaba cinco minutos hablándole sobre si la segunda frase del párrafo de apertura debía mencionar a mi abuelo por su nombre completo o solo como "Earl", y no me respondió.

Me giré. Tenía los ojos cerrados, el ordenador ligeramente ladeado sobre el muslo, y una expresión que solo aparece en la cara de alguien que lleva demasiados días con demasiado poco descanso: esa relajación absoluta de quien se ha rendido sin darse cuenta.

Me quedé mirándolo durante un momento que probablemente fue más largo de lo que habría reconocido si alguien me hubiera preguntado.

Tenía una arruga leve en la frente que no desaparecía del todo ni dormido, el resultado de semanas frunciendo el ceño sobre libretas de cuero y hojas de cálculo y la presión constante de un proyecto con una fecha límite que no admitía retrasos.

Tenía las manos abiertas sobre las rodillas, sin la libreta, sin el teléfono, y la camisa con el cuello desabrochado de la manera concreta en que él siempre lo desabrochaba después de las nueve de la noche, un solo botón, no dos, como si una parte de él siguiera siendo el hombre del traje incluso en reposo.

Cerré mi propio ordenador con cuidado de no hacer ruido, cogí la manta de lana que tenía en el sillón de al lado y la extendí sobre él con la torpeza particular de quien intenta hacer algo delicado sin práctica suficiente, y fui a la cocina a hacer lo único que sabía hacer cuando no sabía qué más hacer: agua caliente con miel y limón, porque el té era demasiado estimulante a esa hora y el bourbon habría sido demasiado honesto sobre lo que estaba sintiendo.

Me senté en la silla del comedor con el vaso entre las manos y lo miré desde la distancia segura de cuatro metros de sala y un mueble de por medio, y pensé que llevaba semanas construyendo argumentos internos muy convincentes sobre por qué debía ir despacio, por qué la prudencia era lo correcto, por qué las cosas que importaban merecían tiempo y no urgencia.

Y que todos esos argumentos seguían siendo válidos.

Y que de todas formas iban a dejar de importarme muy pronto si seguíamos así, porque había un límite práctico a cuánto tiempo podía alguien convivir con Roan Sutherland en distancia corta antes de que los argumentos cedieran ante algo más antiguo y más directo que cualquier razonamiento.

Roan se movió en el sofá, abrió los ojos con la confusión particular de quien se despierta en un lugar que no es el suyo, y me encontró sentada en la silla del comedor mirándolo con el vaso de agua con miel en las manos.

—¿Cuánto tiempo llevo dormido? —preguntó, con la voz todavía espesa.

—Unos veinte minutos.

—Lo siento. —Se incorporó, pasándose una mano por la cara—. Llevaba tres noches con menos de cinco horas. Me ha traicionado el sofá.

—Es un sofá muy cómodo.

—Podría irme ya.

—Son las once y veinte y vives a cuarenta minutos de aquí. Puedes quedarte en el cuarto de invitados si quieres.

Lo dije con la misma voz con la que habría dicho cualquier cosa logística, y lo escuché con la misma atención con la que procesaba los datos de distribución, y los dos sabíamos que no era solo una oferta de hospitalidad pero ninguno lo dijo en voz alta todavía.

—¿Tienes cuarto de invitados? —preguntó.

—Técnicamente es un despacho con un sofá cama que nunca he desplegado, pero la intención es la misma.

Algo en su expresión cambió, muy levemente, de la confusión del despertar a algo más consciente y más quieto.

—Tatum.

—¿Qué?

—¿Qué es lo que de verdad me estás ofreciendo?

No lo aparté, no me volví evasiva, no busqué el argumento más prudente, porque a las once de la noche de un martes de agosto, después de veinte minutos mirando dormir a alguien con una manta de lana sobre los hombros, la prudencia había terminado su turno.

—Lo que tú quieras que sea —dije.

Se puso de pie, dejó la manta en el sofá con el mismo cuidado con el que yo la había extendido, y cruzó la sala hasta donde yo estaba sentada en la silla del comedor, y cuando llegó se arrodilló a mi altura, con las manos apoyadas en los brazos de la silla, y me miró desde muy cerca con esa atención completa que siempre había tenido y que yo siempre había encontrado a la vez la cosa más cómoda y la más difícil del mundo.

—¿Estás segura? —preguntó.

—Llevo treinta y un años siendo segura de las cosas equivocadas —dije—. Me parece que puedo arriesgarme a ser segura de algo que de verdad quiero.

Me besó, y esta vez no fue en una pista de baile con testigos, ni en una nave de barricas con el sol de agosto entrando por las ventanas altas.

Fue en mi cocina, con el vaso de agua con miel todavía caliente entre los dos, y cuando lo dejé sobre la mesa y le devolví el beso con más decisión de la que le había dado a ninguna otra cosa en mucho tiempo, él soltó el aire contra mi boca como si hubiera estado conteniéndolo desde el principio.

Mucho más tarde, cuando la casa estaba en silencio y las estrellas que se veían desde la ventana del dormitorio eran las mismas de siempre aunque parecieran distintas, Roan dijo, con la voz baja de las conversaciones que se tienen en la oscuridad cuando la guardia ha bajado del todo:

—El recuerdo favorito que te mencioné. El de la noche en la I-35.

—¿Qué pasa con él?

—Que cuando estábamos sentados en el asiento trasero esperando al mecánico, pensé que quería que ese fuera el tipo de vida que iba a tener contigo. No los planes grandes ni los sitios importantes. Solo eso. El café malo del termo y el frío y tú a mi lado sin necesitar que pasara nada más.

—¿Y por qué no me lo dijiste?

—Tenía veinticuatro años y me asustaba lo mucho que lo quería. Pensé que si lo decía en voz alta se volvía algo que podía perder.

—Roan.

—Ya lo sé. Ya sé que eso no tiene ningún sentido.

—Tiene todo el sentido, en realidad. —Me giré hacia él en la oscuridad—. Yo también tenía miedo de lo mucho que te quería. Solo que mi respuesta fue quedarme callada y esperar a que te fueras para llorar en el coche cuarenta minutos.

—¿Cuarenta minutos?

—Cuarenta exactos. Luego conseguí respirar y puse la radio y conduje a casa.

—Cuánto tiempo perdido —dijo.

—Cuánto tiempo —repetí.

Pero teniéndolo ahí, en mi dormitorio, en la casa que había comprado sola y que no había compartido con nadie hasta esa noche, no me parecía exactamente tiempo perdido.

Me parecía, más bien, el tipo de camino largo que de vez en cuando tienes que recorrer para saber de verdad a dónde quieres llegar.