CAPÍTULO 14
El miércoles por la mañana, Roan llegó a la destilería en el mismo coche con el que había llegado los días anteriores, que era perfectamente consistente con cualquier otro miércoles, y yo llegué en mi furgoneta, que también era perfectamente consistente con cualquier otro miércoles, y Selah nos miró a los dos durante exactamente cuatro segundos con los ojos levemente entornados y luego nos dio la espalda sin decir absolutamente nada.
Aguanté hasta las diez de la mañana.
—¿Cómo lo sabes? —le pregunté, cuando la encontré a solas en el cuarto de muestras.
—Llevas durmiendo mal tres semanas —dijo, sin levantar la vista de las botellas que estaba etiquetando—. Esta mañana tienes el aspecto de alguien que ha dormido bien pero poco. Son dos cosas distintas.
—Eso es... una observación muy específica.
—Soy tu mejor amiga. Me he ganado el derecho a ser específica.
—Selah.
—Tatum. —Dejó la botella sobre la mesa y me miró, sin el tono de broma habitual, con algo más directo—. ¿Estás bien?
—Sí.
—¿De verdad?
—De verdad. —Y era verdad, de un modo que no había sido simple en mucho tiempo—. Estoy bien y estoy asustada y no sé exactamente qué pasa a partir de aquí, pero estoy bien.
Asintió, cogió otra botella, y dijo, con la voz más baja:
—Me alegro, Tatum. De verdad.
Y no añadió nada más, lo cual fue, de todas las cosas que podría haber dicho, lo que más agradecí.
• • •
El miércoles fue, objetivamente, el día más productivo de todo el proyecto.
No sé si fue el descanso, o el cambio en la dinámica entre nosotros que ninguno mencionaba pero que todo el mundo notaba, o simplemente la inercia de los últimos quince días de preparativos confluyendo en un punto en el que ya todo estaba rodado y solo quedaba ejecutar.
Pero el caso es que revisamos los últimos detalles del presupuesto de la Sala Pecan, confirmamos a los doce distribuidores que habían aceptado asistir al evento exclusivo, cerramos el acuerdo con dos cadenas de tiendas especializadas de Dallas que querían acceso preferente a la primera tirada de Earl's Daughter, y Denny, sin que nadie se lo pidiera, se apareció a las cuatro de la tarde con un cartel pintado a mano que decía "EARL'S DAUGHTER — CALLOWAY & SONS — DESDE 1991" con una caligrafía que no era exactamente profesional pero que tenía una honestidad de trazo que ninguna tipografía de diseñador habría podido replicar.
—Lo he hecho yo —dijo, con la misma voz con la que habría presentado un trabajo de fin de carrera.
—Ya lo veo, Denny.
—¿Está bien?
Roan lo estudió durante un momento con una seriedad que era completamente genuina.
—Está muy bien —dijo—. ¿Puedo preguntarte algo?
—Adelante.
—¿Has pintado rótulos antes?
—Le pintaba los carteles a mi madre para su puesto del mercado de los domingos. Llevo haciéndolo desde los doce años.
—¿Y nunca se te ocurrió mencionarlo?
Denny se encogió de hombros.
—Nadie me lo había preguntado.
Roan me miró. Yo miré el cartel. El cartel nos miró a los dos desde la pared donde Denny lo había colgado provisionalmente con dos chinchetas.
—Denny —dije—, ¿podrías hacerme doce carteles más para las diferentes etapas del proceso que vamos a mostrar en el stand del Festival? Los diseños te los paso yo esta tarde.
La cara de Denny hizo lo que hacen las caras cuando alguien lleva doce años haciendo un trabajo que quiere y de repente le piden algo que le gusta todavía más.
—Cuando quieras, jefa.
Así que los carteles del stand del Festival de Espirituosos de Texas Hill Country los pintó Denny, con su caligrafía honesta y sus años de práctica pintando rótulos para el puesto de mercado de su madre, y cuando llegaron los doce a la sala de juntas el viernes, con la tinta seca y los bordes ligeramente irregulares de la manera correcta, Roan los ordenó en fila sobre la mesa de reuniones y los miró durante un buen rato con las manos en los bolsillos.
—¿Qué piensas? —pregunté.
—Que son exactamente lo que necesitábamos y que ningún diseñador de Austin nos los habría hecho mejor —dijo—. Que a veces el mejor material para contar una historia está dentro de ella, no fuera.
—¿Eso va a salir en algún texto de la campaña?
—Probablemente, sí. Pero esta vez te lo consulto antes de usarlo.
—Aprendizaje lento pero firme, Sutherland.
—Es mi mejor virtud.
• • •
Los últimos quince días antes del Festival fueron la combinación más extraña de agotamiento e intensidad que recuerdo haber vivido desde los primeros meses después de tomar el alambique, cuando todavía no sabía si era capaz de llevar la producción y cada decisión me parecía un experimento cuyos resultados no podía predecir.
Los corchos de Fredericksburg llegaron el jueves, con el sello grabado perfecto, y Denny los recibió con la solemnidad de quien está recibiendo reliquias históricas importantes, lo cual técnicamente no era del todo inexacto.
El diseño final del stand llegó aprobado desde el carpintero el viernes, y Roan lo colgó en la pared de la sala de juntas junto al artículo del Chronicle y la fotografía del abuelo Earl con el primer alambique, que yo había traído de casa sin que nadie me lo pidiera y que encajaba ahí con una naturalidad que me sorprendió.
—Queda bien ahí —dijo Roan, mirando la fotografía.
—Era de mi abuelo con veinticuatro años. Tenía exactamente los años que tú tenías cuando te fuiste a Nueva York.
—¿Me lo dices por algo en particular?
—Te lo digo porque me parece curioso que a los veinticuatro años unos deciden irse y otros deciden quedarse, y que ninguna de las dos cosas determina quién eres el resto de la vida.
—Eso es muy generoso de tu parte.
—Estoy siendo objetiva. —Aparté la vista de la fotografía—. Y también un poco generosa, sí.
Pasamos el fin de semana en la destilería preparando la tirada de botellas numeradas para el evento de la Sala Pecan, un proceso que requería que cada botella fuera llenada, corchada, lacrada, etiquetada y numerada a mano, lo cual con un equipo de seis personas y dos días de margen era completamente factible y al mismo tiempo completamente agotador.
El sábado por la tarde, con el equipo de turno ya marchado y solo Roan y yo quedando en el almacén con las últimas cincuenta botellas de la serie numerada del uno al cien reservada para prensa y compradores especiales, encontré en el fondo de la caja de lacre un sello que no reconocía.
Era pequeño, circular, con el grabado de un alambique en el centro y las iniciales E.C. rodeándolo.
—¿De dónde ha salido esto? —dije, dándole vueltas entre los dedos.
Roan se acercó, lo miró, y algo en su cara cambió.
—Lo encargué al artesano de Fredericksburg cuando le mandé los diseños de los corchos —dijo—. Pensé que si ibas a lacrar botellas de un bourbon que lleva las iniciales de tu abuelo grabadas, lo lógico era que el lacre también las llevara.
Lo miré. Luego miré el sello. Luego volví a mirarlo.
—¿Cuándo decidiste eso?
—Cuando leí la historia de la demanda de Kentucky que me contó tu abuelo en el porche. Me pareció que si alguien en esta historia merecía tener su firma en cada botella, era él.
—No me lo consultaste.
—No —admitió—. Debería haberlo hecho.
—Sí, deberías.
—¿Pero?
Bajé la vista al sello otra vez, a las iniciales E.C. en el metal grabado, pequeñas y precisas, exactamente como la letra en la libreta de recetas que guardaba en mi despacho.
—Pero es perfecto —dije—. Y te odio un poco por eso.
—Lo acepto como un cumplido relativo.
—Es el único tipo de cumplido que mereces cuando haces algo correcto sin avisarme.
Usamos el sello en las cien botellas de la serie especial, y cuando terminamos la última, con la cera todavía caliente sobre el corcho y las iniciales de mi abuelo impresas con limpieza en el lacre rojo, me quedé mirándola durante un momento que fue más largo que todos los anteriores.
—¿Estás bien? —preguntó Roan, desde mi lado.
—Estoy pensando que mi abuelo no sabe que existe este sello y que cuando lo vea va a llorar. Y que nunca en toda mi vida lo he visto llorar.
—¿Cuándo va a verlo?
—Le llevo una botella el domingo. —Dejé la botella sobre la mesa con cuidado—. ¿Quieres venir?
No lo había planeado, no lo había decidido de antemano, la pregunta llegó sola desde algún lugar que llevaba semanas acumulando cosas que quería compartir con él.
—Sí —dijo Roan, sin vacilar.
• • •
El domingo por la mañana, con la botella número uno de Earl's Daughter envuelta en papel de seda en la caja de madera que habíamos diseñado para el empaquetado especial, fuimos a casa de mi abuelo.
Trigo nos oyó llegar desde dentro y empezó a ladrar con esa energía desproporcionada que los perros viejos reservan para los momentos que consideran importantes, como si llevara guardando ese entusiasmo específico para exactamente ese domingo.
Mi abuelo abrió la puerta antes de que pudiéramos llamar.
Nos miró. Nos miró a los dos juntos, a Roan y a mí, y luego a la caja de madera que llevaba yo, y su cara hizo algo que llevaba noventa y un años aprendiendo a no mostrar: se abrió, completamente, sin defensa.
—Entra —dijo, con la voz un poco más ronca de lo habitual—. Los dos.
Nos sentamos en el salón, en las sillas que llevaban en el mismo sitio desde antes de que yo naciera, con la luz del domingo entrando por las ventanas y Trigo instalado sobre los pies de Roan con una familiaridad que sugería que el perro había tomado una decisión sobre él hacía tiempo y no pensaba cambiarla.
Puse la caja sobre la mesa. Mi abuelo la miró sin tocarla.
—¿Es ella? —preguntó.
—Es ella, abuelo.
La abrió con las manos que llevaban noventa y un años trabajando la tierra y el metal y el cobre, con esa precisión lenta que no es lentitud sino respeto, y sacó la botella, y la sostuvo a la luz de la ventana, y vio el sello de lacre rojo con sus iniciales, y no dijo nada durante un tiempo que duró lo suficiente como para que Trigo levantara la cabeza desde el suelo y mirara a su dueño con la misma atención que un perro viejo le dedica a las cosas que entiende mejor que la mayoría de los humanos.