Al diablo con el amor CAPÍTULO 12 #2
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CAPÍTULO 12 #2

Corrine pasó junto a nosotros con una caja de botellas vacías en los brazos, nos lanzó una mirada de "sé exactamente lo que está pasando aquí" y siguió su camino sin decir nada, lo cual era exactamente el tipo de discreción que Corrine no solía practicar, lo que sugería que Selah la había entrenado para este momento específico.

—¿Y Knox? —pregunté, volviendo al principio—. ¿Qué le has dicho exactamente sobre quedarte?

—Le he dicho que este proyecto tiene más valor del que parecía en el papel cuando lo acepté, y que eso cambia la ecuación para la agencia, no solo para mí.

Earl's Daughter va a dar visibilidad a Hollis & Vane en el sector de lujo artesanal que llevamos dos años intentando penetrar.

Si el Festival sale bien, y va a salir bien, la cuenta no es un sacrificio para Knox.

Es una puerta que él no había visto hasta que vino aquí y probó el bourbon.

—¿Eso es lo que le dijiste?

—Eso es lo que le demostré con los números. Lo que le dije fue que me quedaba porque era lo correcto para el proyecto. Los números hacían el resto del argumento.

—Muy eficiente.

—Soy publicista. Adapto el mensaje al receptor.

Lo miré, con una ligera sospecha que no era del todo incómoda.

—¿Y cuál es el mensaje que me adaptas a mí?

—Contigo no adapto nada —dijo, sin vacilar—. Contigo simplemente digo lo que es, porque es lo único que ha funcionado nunca, y porque mentirte requeriría un esfuerzo que nunca he sabido sostener más de diez minutos seguidos.

—¿Diez minutos?

—Quizá quince si estoy descansado.

Solté una carcajada que resonó en el almacén vacío, y Corrine asomó la cabeza desde el fondo con cara de "ya me parecía a mí", y los tres terminamos de cargar las cajas de embotellado mientras la tarde se iba poniendo sobre las colinas con esa luz particular de agosto que lo dora todo antes de apagarlo.

—Denny es más perceptivo de lo que parece —dijo Roan, con una solemnidad que no conseguía sostener del todo—. Me preguntó el martes si mis intenciones contigo eran honorables.

Me detuve.

—¿Cuándo?

—Cuando fuiste a revisar las barricas y él y yo nos quedamos solos en el almacén. Me dijo, literalmente: "Oye, Sutherland, ¿tus intenciones con Tatum son honorables, porque si no lo son te recomiendo que vayas pensando en cómo explicarle eso a Earl Calloway?"

—Dios mío.

—Me pareció un hombre con una brújula moral bastante bien calibrada, la verdad.

—¿Y qué le dijiste?

—Le dije que sí.

—¿"Sí, son honorables"?

—"Sí, son todo lo honorable que alguien puede ser cuando todavía está intentando ganarse el derecho a serlo."

Me quedé mirándolo un segundo, con una caja de botellas vacía en las manos y el almacén a medio cargar a nuestro alrededor, y sentí que algo dentro de mí que llevaba semanas aguantando tensión se aflojaba un poco más, como la última vuelta de un tornillo que finalmente encuentra su sitio.

—Bien —dije.

—¿Solo "bien"?

—Es lo mismo que te dije la semana pasada cuando me dijiste que habías dicho que no a Chicago.

—Lo recuerdo.

—Pues entonces ya sabes que cuando yo digo "bien" de esa manera, en realidad estoy diciendo bastante más.

Sonrió, y fue la sonrisa de las dos clases a la vez, la que se escapa y la otra, la más entera, la que aparece cuando alguien deja de intentar controlar lo que siente.

—Sí —dijo—. Ya lo sé.

•  •  •

Esa noche, por primera vez desde que Roan había vuelto a mi vida, fui yo quien mandé el primer mensaje.

Eran las once y cuarto. Yo estaba en el sofá de mi casa con un libro en el regazo que llevaba media hora sin leer, y en algún punto entre la página ochenta y nueve y la noventa, me di cuenta de que estaba pensando en él con una constancia que hacía imposible cualquier otro tipo de actividad cognitiva.

Así que escribí: ¿Sigues despierto?

La respuesta llegó en menos de un minuto: Sí. ¿Todo bien?

Sí. Solo pensaba. ¿En qué trabajas?

En el informe de distribución para la reunión del lunes. Es bastante tedioso. Me alegra la interrupción.

Una pausa. Luego: ¿Puedo preguntarte algo?

Siempre, respondí, usando su propia palabra, y sentí que sonreía en el otro extremo de la línea aunque no pudiera verlo.

¿Cuál es tu recuerdo favorito de cuando éramos pareja?

La pregunta me sorprendió tanto que tardé un momento en responder. No porque no tuviera la respuesta, sino porque la tenía demasiado clara, demasiado guardada, y no estaba segura de querer sacarla a la luz de golpe.

Pero eran las once y cuarto de un sábado por la noche, y Knox había dicho que sí, y Denny le había preguntado sobre sus intenciones, y la barrica dieciocho estaba bien sellada, y Vance Pruitt había mirado el bourbon de mi abuelo con algo parecido al respeto, y llevaba demasiado tiempo siendo cuidadosa.

Aquella vez que tuvimos el coche averiado de madrugada en la I-35 y esperamos dos horas al remolque, escribí.

Hacía frío y el calefactor no funcionaba y tú tenías una sola chaqueta y me la diste aunque tú también tenías frío, y luego los dos juntos en el asiento trasero esperando al mecánico con un café malo del termo que llevabas en el coche para las clases de mañana.

No pasó nada especial. Solo eso. Y fue perfecto.

El silencio que siguió duró más que los anteriores.

Luego: Yo también me acuerdo de esa noche.

Y luego: Voy a hacer que el Festival salga perfecto, Tatum. No solo por la empresa. Por ti. Para que puedas quedarte aquí, en este lugar que amas, sin miedo.

Dejé el teléfono en el regazo y miré el techo durante un rato, con el libro cerrado y el corazón haciendo exactamente lo que quería que hiciera y nada de lo que me convenía, y pensé que si las cosas seguían así, para cuando llegara el primero de noviembre iba a ser completamente imposible que cualquier respuesta que diera Vance Pruitt pudiera importarme más que la que estaba esperando de Roan.

Y que, en realidad, ya era demasiado tarde para que eso no fuera verdad.

•  •  •

El domingo fui a ver a mi abuelo, sola, sin avisar, como hacía cuando era adolescente y necesitaba hablar de algo que todavía no sabía cómo formular.

Estaba en el porche con Trigo dormido a sus pies y un sudoku que llevaba semanas a medias sobre la mesita de mimbre. Cuando me vio llegar caminando por el sendero de piedra, no dijo nada, solo apartó el sudoku, señaló la silla vacía, y esperó.

Me senté. Durante un minuto entero no dije nada tampoco.

—Estás haciendo esa cara que hacías de pequeña cuando querías pedirme algo pero no sabías si yo iba a decir que sí —dijo mi abuelo, sin mirarme, rascando la oreja de Trigo.

—No quiero pedirte nada, abuelo.

—Entonces estás haciendo la otra cara. La que pones cuando algo te preocupa y necesitas que alguien más lo piense contigo.

Respiré hondo.

—¿Cómo supiste que la abuela era la persona correcta? —pregunté—. ¿En qué momento lo supiste de verdad, no el enamoramiento del principio, sino el saber de fondo que se queda?

Él guardó silencio durante un buen rato, con la mano quieta sobre el lomo de Trigo, mirando el campo de pacanas con esa distancia particular de quien está buscando un recuerdo específico en el archivo ordenado de noventa y un años de vida.

—Fue un invierno muy frío —dijo, al final—.

El año en que el río se heló por primera vez en veinte años.

Nosotros llevábamos saliendo seis meses y tuvimos una discusión grande, de las que dejan un daño real, no de las de superficie.

No recuerdo ni de qué fue, eso te dice algo sobre lo que importa cuando uno tiene noventa y un años.

Lo que recuerdo es que tres días después de la discusión, cuando todavía ninguno de los dos habíamos cedido, me la encontré en la tienda de grano comprando las mismas semillas que yo siempre compraba, para la parcela que ella sabía que a mí me importaba pero de la que nunca le había hablado.

Las había comprado sin decirme nada, sin pedirme perdón, sin hacer un gesto grande.

Solo eso. Se acordaba de lo que me importaba aunque estuviéramos peleados. —Una pausa—. Ahí supe.

No dije nada durante un momento.

—¿Y tú? —preguntó él.

—¿Yo qué?

—¿Cuándo lo sabes tú?

Pensé en los mensajes de las cuatro de la mañana enumerando catástrofes improbables para descartarlas una a una.

Pensé en la manera en que Roan cedía en el ciprés cuando yo tenía razón, y no cedía en la Sala Pecan cuando la razón era suya.

Pensé en la libreta de cuero con letra pequeña y apretada, y en los auriculares con uno colgando libre, y en la camisa de franela comprada para la destilería, y en la cara que puso cuando probó Earl's Daughter por primera vez, ese silencio que duró exactamente el tiempo necesario.

—Todavía no lo sé del todo —dije, honestamente—. Pero creo que me estoy acercando.

Mi abuelo asintió, cogió el sudoku de nuevo, y dijo, sin levantar la vista:

—El "todavía no del todo" es el mejor sitio en el que puede estar alguien que va a saberlo pronto. No vayas tan rápido que se te escapen los detalles, niña. Los detalles son donde vive la gente de verdad.