CAPÍTULO 12
La tarde después de la visita de Pruitt fue la más extraña que recuerdo haber pasado en la destilería desde la muerte de mi madre.
Todo el mundo sabía que había ido bien, o tan bien como podía ir algo así, y sin embargo nadie sabía exactamente cómo reaccionar, porque "bien" con Vance Pruitt era un concepto relativo que no significaba "seguro", solo significaba "todavía en juego", lo cual era mejor que "terminado" pero no era suficiente para relajarse.
Selah celebró a su manera, que consistió en sacar una botella de nuestro bourbon estándar de cuatro años de la sala de muestras y convencer a Denny y a Corrine de que se quedaran un rato después del turno.
Mi padre se fue a casa antes de lo habitual, con la cara del hombre que acaba de sobrevivir algo que no estaba seguro de sobrevivir y necesita procesarlo en soledad.
Roan se quedó, porque tenía que redactar el informe de la visita para enviárselo a Knox esa misma tarde, y porque, sospecho, sabía que yo no quería quedarme sola en la destilería con los pensamientos que tenía.
Nos sentamos en el patio exterior, en un par de sillas de madera que alguien había sacado hace años y que nadie había vuelto a meter dentro, con una botella del cuatro años entre los dos y el calor de agosto todavía apretando aunque ya eran casi las seis de la tarde.
—Lo ha entendido —dije, cuando llevábamos un rato callados.
—El asesor lo ha entendido. Pruitt lo ha anotado mentalmente. No es lo mismo.
—¿Cuál es la diferencia?
—Que el asesor evalúa el producto. Pruitt evalúa si puede controlarlo.
—Roan giró el vaso entre los dedos—. No lo digo como una crítica.
Es la lógica de alguien cuyo trabajo es identificar activos con valor y asegurarse de que ese valor puede reproducirse y escalarse.
Para él, lo que hace único a Earl's Daughter es también lo que lo hace difícil de gestionar desde una corporación, porque no es reproducible, no es escalable, no puede producirse en serie.
Es una sola vez. Un lote. Treinta y tres años de historia que no puedes fabricar de nuevo cuando se acabe.
—Y eso lo hace más valioso —dije.
—Y también más amenazante para alguien que quiere el control.
Bebimos en silencio un momento. Desde el interior llegaban las voces de Selah y Denny, la risa de Corrine, el sonido de una tarde de trabajo terminada entre gente que llevaba suficiente tiempo junta como para poder reírse sin motivo específico.
—¿Cuándo crees que sabremos algo? —pregunté.
—Después del Festival. No antes. Pruitt no toma decisiones que pueda posponer, y tiene hasta el primero de noviembre para posponerla. —Me miró de reojo—. ¿Cómo estás con eso?
—Con seis semanas más de incertidumbre, ¿te refieres?
—Con seis semanas más de esto —dijo, haciendo un gesto vago que abarcaba el patio, las naves, la botella entre los dos, y, supuse, también a los dos nosotros—. Con no saber todavía cómo va a terminar ninguna de las cosas que están en el aire.
Lo miré. El sol tardío le daba en la cara desde un ángulo que le sacaba las canas del pelo que todavía no tenía del todo pero que empezaban a insinuarse en las sienes, y tenía los ojos entrecerrados contra la luz, y se me ocurrió, de repente, que llevaba semanas viendo versiones de él que nadie más veía, el Roan de las cuatro de la mañana enviando mensajes tranquilizadores, el Roan con las botas nuevas que le hacían ampollas, el Roan que lloraba con documentales sobre pulpos y que todavía no me lo había vuelto a confirmar pero que sospechaba que seguía siendo cierto.
—Bien —dije—. Estoy bien con eso. Más o menos.
—¿Qué parte es el "más"?
—La parte que confía en que estamos haciendo lo correcto con la destilería. La campaña es buena, Roan. Lo sabes. El artículo del Chronicle, la Sala Pecan, la estrategia de distribución por fases. Es trabajo bien hecho.
—¿Y el "menos"?
—La parte que todavía no sabe qué pasa el primero de noviembre, ni con la empresa ni con...
—¿Con nosotros?
—Con nosotros.
Lo dije sin apartar los ojos de las colinas, porque decirlo mirándolo a la cara habría requerido más valentía de la que tenía disponible en ese momento después de un día como ese.
—Tatum.
—No me pidas que no piense en ello, porque no voy a poder.
—No iba a pedirte eso. —Una pausa—. Iba a decirte que tienes razón en no saberlo, porque yo tampoco lo sé todavía.
Y que eso me parece honesto y no me parece una señal de que vaya a salir mal.
La última vez que creímos saber cómo iba a salir todo resultó que ninguno de los dos tenía suficiente información, ni sobre nosotros mismos ni sobre lo que queríamos.
Esta vez tenemos más información y menos certeza. Paradójicamente, creo que eso es mejor.
—¿Cómo es mejor tener menos certeza?
—Porque la certeza de entonces era falsa. Esta incertidumbre es real. Y con lo real, al menos, puedes trabajar.
Lo miré entonces sí, de frente.
—¿Sabes que eres muy irritante cuando tienes razón?
—Me lo has dicho antes. Con otras palabras, pero el mensaje era el mismo.
Roan se marchó media hora después a enviar el informe de la visita a Knox, y yo me quedé en el patio un rato más, terminando el vaso, escuchando las voces de Selah y Denny apagarse dentro mientras recogían y se marchaban a casa, hasta que la destilería quedó en silencio completo y solo el ruido de fondo de los grillos acompañó los pensamientos que no había conseguido ordenar en todo el día.
Mi padre apareció desde la entrada principal con su propio vaso en la mano, se sentó en la silla que había dejado libre Roan, y durante un rato los dos guardamos silencio con la facilidad de la gente que lleva mucho tiempo compartiendo los mismos silencios sin necesitar llenarlos.
—¿Qué piensas de él? —preguntó mi padre, al final. No especificó quién era "él", porque no hacía falta.
—Creo que hoy ha hecho bien su trabajo —dije—. Y creo que si hubiera querido estar en otro sitio, no estaría aquí.
—Me refería a qué piensas de él en general. Como persona.
—Ya lo sé.
—Y esquivas la pregunta.
—La esquivo porque la respuesta es complicada y no quiero que pienses que la empresa y lo personal se están mezclando de una manera que ponga en riesgo el proyecto.
—Ya están mezclados, Tatum. Llevan mezclados desde el primer día, cuando apareció en medio de la inundación y Selah me llamó esa misma tarde para decirme que habías pasado dos horas de la tarde revisando barricas que revisas todos los lunes de todas formas.
—Selah tiene una boca que no descansa.
—Selah te quiere. —Mi padre dejó el vaso sobre el brazo de la silla—.
Y yo también. Y lo que pienso de él, si te sirve de algo, es que en los años que llevas dirigiendo esta destilería, nunca te había visto mirar algo con tanta mezcla de miedo e ilusión al mismo tiempo.
Y no me refiero al bourbon, aunque con el bourbon también te pasa, pero es diferente.
Así que si te pregunto qué pienso de Roan Sutherland como persona, lo que de verdad te estoy preguntando es si eres feliz.
Y si la respuesta es sí, aunque sea un sí complicado y asustado, entonces lo que pienso es que bienvenido sea.
No respondí de inmediato. Dejé que las palabras de mi padre se asentaran junto con el calor del atardecer y el olor a roble que impregnaba el aire incluso en el exterior, esa persistencia del bourbon que se cuela en todo lo que rodea una destilería si la dejas el tiempo suficiente, hasta que ya no sabes bien dónde acaba el olor y dónde empieza el lugar.
—Sí —dije, al final—. Complicado y asustado, pero sí.
Mi padre asintió, bebió el último sorbo de su vaso, y se levantó.
—Bien —dijo, usando exactamente la misma palabra con la que yo respondía a Roan cuando quería decir mucho más de lo que cabía en una sola sílaba—. Eso es todo lo que necesitaba saber.
• • •
El sábado siguiente, Knox llamó a Roan con la respuesta que llevábamos una semana esperando: Whitfield Hotels había aceptado aplazar la presencia física de Roan hasta después del Festival a cambio de un compromiso de disponibilidad total para videollamadas y de que Roan asumiera una parte del presupuesto creativo del cliente de forma remota desde Austin.
Me lo contó en el almacén mientras supervisábamos el traslado de las primeras cajas de Earl's Daughter al área de embotellado final, con la indiferencia calculada de alguien que está intentando no hacer de la noticia algo más grande de lo que él quiere que sea.
—¿Y eso es definitivo? —pregunté.
—Es definitivo hasta el Festival. Después del Festival, lo renegociamos, dependiendo de cómo quede todo.
—¿Y Knox está de acuerdo?
—Knox está... resignado. Hay una diferencia, pero funciona igual. —Hizo una pausa—. Me ha dicho una cosa interesante, eso sí.
—¿Qué?
—Que en diez años de sociedad nunca me había visto rechazar una cuenta por ningún motivo, y que no sabía si eso debería preocuparle desde el punto de vista del negocio o alegrarse por mí como persona.
—¿Y qué le has dicho?
—Le he dicho que ambas cosas probablemente son correctas.
Corrine pasó junto a nosotros con una caja de botellas vacías en los brazos, nos lanzó una mirada de "sé exactamente lo que está pasando aquí" y siguió su camino sin decir nada, lo cual era exactamente el tipo de discreción que Corrine no solía practicar, lo que sugería que Selah la había entrenado para este momento específico.
—¿Sabes qué? —dije, cuando Corrine desapareció al fondo del almacén.
—¿Qué?
—Que toda mi plantilla sabe más sobre mi vida personal que yo misma.
—Eso es porque tu plantilla te quiere y te lleva observando desde hace mucho más tiempo del que creen que tú sabes que te observan.
—Eso es una frase muy retorcida.
—Lo era, sí. El punto sigue siendo válido.
—El punto es que Denny, que no sabe distinguir la izquierda de la derecha bajo presión, tiene acceso a información sobre mi situación sentimental que yo misma tardé semanas en procesar.