Al diablo con el amor CAPÍTULO 11
27%

CAPÍTULO 11

La visita de Vance Pruitt se programó para un miércoles, a las diez de la mañana, con el sol ya firme sobre las colinas de Dripping Springs y el termómetro encaminándose hacia los treinta y ocho grados que agosto consideraba una temperatura razonable para los seres humanos.

Pasé el martes por la noche sin dormir más de tres horas, no por ansiedad sino por el tipo de energía nerviosa que se instala en el cuerpo cuando hay algo importante al día siguiente y el cerebro decide que revisar mentalmente cada detalle dos docenas de veces es una preparación útil.

A las cuatro de la mañana me levanté, me hice un vaso de agua con gas con limón porque el té ya lo había tomado dos veces y tampoco quería pasarme el día con el corazón a doscientas pulsaciones, y me senté en el porche a escuchar los grillos y a intentar vaciar la cabeza de la lista interminable de cosas que podían salir mal.

A las cuatro y veinte me llegó un mensaje de Roan: Sigo despierto también. ¿Estás bien?

Sí, escribí. Simplemente anticipando catástrofes improbables.

Su respuesta llegó casi de inmediato: Enuméralas. Así las descartamos juntos.

Lo pensé un momento y luego escribí: Que Pruitt llegue y huela algo raro en el alambique.

Que Denny confunda izquierda y derecha delante de alguien importante.

Que la barrica dieciocho haya desarrollado una fisura de verdad durante la noche.

Que el sistema contraincendios decida tener otro momento de protagonismo.

Un minuto de silencio. Luego: El alambique huele perfecto, lo revisé esta tarde.

Le he pedido a Denny que hoy solo hable si alguien le pregunta directamente.

La barrica dieciocho la selló Corrine ayer y está bien.

Y el sistema contraincendios lo revisó el técnico la semana pasada y está en perfecto estado desde el incidente del primer día.

Y luego, después de una pausa: ¿Ves? Catástrofes descartadas. Ahora duerme.

Me reí sola en el porche, con el teléfono en la mano y los grillos todavía cantando, y me fui a la cama pensando que había algo en Roan Sutherland, en su manera específica de anticiparse a lo que yo necesitaba antes de que yo misma lo pidiera, que me resultaba infinitamente más difícil de ignorar que cualquier cosa que hubiera podido sentir a los veinticuatro años, cuando todavía no sabía lo poco habitual que era eso.

Dormí dos horas. Suficiente.

•  •  •

La mañana empezó a las seis con Selah reorganizando la sala de degustación por tercera vez en cuarenta y ocho horas, porque cada vez que la veía terminada encontraba algo que no le cuadraba, un ángulo de la botella de exhibición, la altura de las sillas, el espacio entre las copas sobre la mesa de madera de ciprés que el carpintero de Fredericksburg había entregado, milagrosamente, con un día de adelanto.

—Está perfecta, Selah.

—Los corchos de la botella de exhibición se ven torcidos desde el ángulo de la puerta.

—Nadie va a mirar los corchos de la botella de exhibición desde el ángulo de la puerta.

—Pruitt sí. Pruitt mira todo desde todos los ángulos. He leído entrevistas suyas.

—¿Has leído entrevistas de Vance Pruitt?

—He leído todo lo que pude encontrar sobre Vance Pruitt desde que tu padre me dijo su nombre. —Se giró hacia mí con total seriedad—. Es el tipo de hombre que usa la palabra "sinergias" sin ironía. Eso dice mucho sobre cómo funciona su cabeza.

Roan llegó a las siete y cuarto, lo cual significaba que se había despertado antes de las seis y que probablemente había dormido menos que yo, aunque su aspecto no lo delataba en absoluto, lo cual era una injusticia que no tenía tiempo de procesar.

—¿Denny está avisado? —fue lo primero que preguntó.

—Le he mandado un mensaje anoche con tres puntos: primero, habla solo si alguien te pregunta directamente. Segundo, no menciones el incidente del sistema contraincendios. Tercero, si hay duda sobre izquierda o derecha, espera a que yo llegue.

—¿Y ha respondido?

—Ha respondido "entendido jefa" seguido de un emoji de pulgar arriba y luego me ha enviado una foto de un pan que dice que ha horneado él mismo.

—¿Lo ha horneado él mismo?

—No. Es el mismo pan de la panadería de la carretera que trae todos los viernes y finge que hace él. Pero en este caso el gesto cuenta.

Roan se rio, recogió su libreta, y nos pusimos a repasar el recorrido planeado por última vez, los tres juntos en la sala de juntas, con una botella de agua cada uno y la seriedad de quien está a punto de hacer algo que importa mucho y sabe que el mejor modo de hacerlo es no ponerse más nervioso de lo estrictamente necesario.

—Mostramosa quién somos, no lo que queremos parecer —dijo Roan, antes de que llegara Pruitt—.

Esa es la única estrategia que funciona con este tipo de personas.

Si intentamos parecer más grandes o más estables de lo que somos, lo detecta en diez minutos.

Pero lo que somos, de verdad, es algo que no puede replicar en ningún otro activo de su cartera.

—¿Y qué somos de verdad? —preguntó mi padre, desde la cabecera de la mesa.

—Una familia que lleva cincuenta y seis años haciendo bien una sola cosa con una convicción que no se compra ni se fabrica —dijo Roan—. Eso, señor Calloway, es lo más difícil de encontrar en cualquier mercado.

Mi padre lo miró durante un segundo, asintió una sola vez, y no dijo nada más, lo cual, viniendo de Gideon Calloway, era la forma más alta de aprobación que yo le había visto dar a alguien que no fuera de la familia.

•  •  •

Vance Pruitt llegó exactamente a las diez, lo cual ya me dijo algo sobre él, porque la gente que llega exactamente a la hora que dijo que iba a llegar, ni cinco minutos antes ni diez después, tiene un tipo de disciplina que generalmente viene de la misma fuente que la ambición: la convicción de que el tiempo de los demás importa menos que el propio.

Era un hombre de unos cincuenta y cinco años, más bajo de lo que yo había imaginado, con el pelo gris bien cortado y unos ojos de un azul pálido que no parpadéaban demasiado cuando miraban algo que les interesaba.

Venía acompañado de una asistente llamada Britta, que llevaba una tableta y tomaba notas en ella con una velocidad que sugería que había aprendido a escribir más rápido que la mayoría de la gente habla, y de un hombre que Pruitt presentó como "mi asesor de activos estratégicos", lo cual era una manera muy elegante de decir que lo había traído para evaluar si valíamos lo que pretendíamos valer.

Mi padre los recibió en la entrada principal, con la solemnidad apropiada y sin la tensión visible que yo sabía que llevaba dentro desde la noche anterior.

Roan estaba a su lado, traje oscuro hoy, no la camisa de franela, con la libreta de cuero y la expresión neutral y profesional que yo ya sabía que era su armadura, igual que el mono de trabajo era la mía.

—Señor Pruitt —dije, cuando me acerqué—. Tatum Calloway. Bienvenido a Calloway & Sons.

—Señorita Calloway. —Me estrechó la mano con un apretón que era una declaración de intenciones—. Espero que podamos hablar con franqueza hoy.

—Es la única manera en que sé hablar —dije.

Algo muy breve cruzó su cara, quizá una evaluación, quizá una aprobación, quizá las dos cosas, y entramos.

El recorrido duró dos horas y cuarto. Pruitt hacía preguntas en el mismo idioma que Knox, el idioma de los números y los márgenes y las proyecciones de crecimiento, pero con una capa adicional que Knox no tenía, una capa que tenía más que ver con el control que con la expansión, con quién tomaría decisiones de producción si Cordray entrara como socio mayoritario, con qué margen de autonomía quedaría para la familia Calloway en ese escenario, con si la receta original estaba registrada y bajo qué términos podría ser modificada si el mercado lo requería.

Esa última pregunta me la hizo de pie frente al primer alambique, Dorothy, con la luz de la mañana entrando por las ventanas altas de la nave y el sonido suave de la destilación en marcha como fondo constante.

—La receta no está a la venta —dije.

—Eso no es lo que le he preguntado.

—Es lo que le estoy respondiendo, señor Pruitt.

Cordray puede entrar como socio en la distribución, en la expansión de mercado, incluso en la infraestructura.

Pero la receta de producción es parte constitutiva de la identidad de esta empresa, y cualquier acuerdo que modifique eso no es un acuerdo que esta familia esté dispuesta a firmar.

Pruitt me miró durante un segundo largo, con esa pausa que la gente de negocios usa para calcular si lo que acaban de escuchar es una posición negociable o una línea en la arena.

—¿Y el señor Sutherland comparte esa posición? —preguntó, girándose hacia Roan con una ligera inflexión en la voz que no conseguí descifrar del todo pero que sonaba a algo entre la prueba y la provocación.

—El señor Sutherland trabaja para Calloway & Sons —dijo Roan, con una calma perfecta—. Lo que comparte es el interés en que cualquier acuerdo futuro preserve el valor diferencial de la marca, que reside precisamente en lo que acaba de explicarle la señorita Calloway.

No lo llamó "Cal". No dijo "Tatum". La distancia profesional fue exacta, elegante, y completamente deliberada, y en ese momento entendí algo sobre Roan que no había entendido del todo hasta entonces: que la persona que había elegido volver, que me había besado en la nave de barricas con el olor a roble y calor de agosto, coexistía con el profesional que sabía exactamente cuándo y cómo no mezclar las cosas, no por frialdad sino por una inteligencia situacional que yo, en mi ansiedad anticipatoria de las cuatro de la mañana, había subestimado.

La cata de Earl's Daughter se hizo en la sala de degustación al final del recorrido.

Britta dejó de tomar notas. El asesor de activos estratégicos, que se había mantenido perfectamente opaco durante dos horas enteras de visita, olió el vaso durante tanto tiempo que por un momento pensé que se había quedado dormido de pie, y luego bebió, y luego se quedó en silencio, y luego miró a Pruitt y asintió una sola vez, el tipo de asentimiento que no necesita palabras porque ya lo dice todo.

Pruitt bebió el suyo. Lo dejó sobre la mesa con el cuidado particular de quien está manejando algo que considera valioso.

—¿Cuántas botellas? —preguntó.

—Tres mil cuatrocientas setenta y dos, según el último recuento de embotellado —dije.

—¿Precio de tarifa?

—Doscientos veinte dólares.

—¿Y el margen de producción?

—Señor Pruitt, eso es información que compartiremos en el contexto de una negociación formal, si llegamos a ese punto. Hoy estamos aquí para que vea el proyecto, no para abrir los libros.

Otra de esas pausas calculadas.

—De acuerdo —dijo, al final—. Veré el Festival.

Y eso, en el idioma de Vance Pruitt, era lo más parecido a un cumplido que probablemente íbamos a recibir.