CAPÍTULO 10 #2
Entramos juntos en la nave, que a esa hora de la tarde acumulaba el calor del día hasta convertirse en algo espeso y dorado, con el olor a roble y a alcohol en evaporación flotando en el aire estático, y recorrimos las hileras de barricas hasta la número dieciocho, donde Denny tenía razón —había una mancha de humedad en el cerco que indicaba una fisura pequeña pero que había que sellar antes de que se volviera un problema serio.
Roan sostuvo la linterna mientras yo inspeccionaba el cerco con los dedos, inclinada sobre la barrica, y durante un rato ninguno de los dos dijo nada, solo el trabajo callado de dos personas que ya saben moverse en torno al espacio que ocupa la otra.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo Roan, al final.
—Estás repitiendo mis líneas.
—Aparentemente contigo me vuelvo repetitivo. ¿Puedo?
—Adelante.
—¿Tienes miedo de que me vaya?
La pregunta era tan directa que tardé un segundo en responder, no porque no supiera la respuesta sino porque decirla en voz alta requería un tipo de valentía específica que no siempre tengo a mano a las cinco de la tarde de un jueves.
—Sí —dije, sin apartar los ojos del cerco—. Tengo miedo de que te vayas. Y también tengo miedo de confiar en que te quedas y que eso cambie todo si al final no es así. Tengo miedo en dos direcciones a la vez, lo cual es bastante agotador para ser honesta.
—Lo sé.
—¿Lo sabes de verdad?
—Sé que no me lo he ganado todavía. La confianza.
Que estás asumiendo un riesgo que yo no debería poder pedirte que asumieras después de lo que ocurrió.
Y también sé que me importa más no hacerte daño que cualquier cuenta de cualquier cadena de hoteles, y que si eso parece demasiado rápido o demasiado grande, puedo esperar a que lo proceses, pero no voy a fingir que no es verdad.
Me enderecé, guardando en el bolsillo del mono la nota mental de sellar el cerco al día siguiente, y me giré hacia él con la linterna creando una luz larga y cálida entre las barricas que nos dejaba a los dos a medio camino entre la sombra y algo más claro.
—No tienes que esperar —dije.
—¿No?
—No. Pero sí que tienes que ser honesto conmigo si algo cambia.
Si Knox te hace una oferta que no puedes rechazar, si Whitfield Hotels pone condiciones que no pueden esperar, si en algún momento lo que hay aquí empieza a competir con lo que hay allí.
Lo que no puedo soportar no es que te vayas, Roan.
Es no saberlo hasta que ya estés de camino al aeropuerto.
Soltó el aire despacio, como si hubiera estado conteniéndolo.
—Eso lo entiendo —dijo—. Y te lo prometo. Esta vez, lo primero que hago es hablar contigo.
—Bien.
—¿Eso es todo? ¿Solo "bien"?
—Tengo que sellar una barrica y son casi las seis. Dame algo de margen para ser emocionalmente eficiente.
Se rio, esa risa que se le escapaba, y sin que ninguno de los dos lo decidiera, cruzó el espacio entre nosotros y me besó, despacio, con el calor de la nave y el olor a roble envolviéndonos, y por un momento el Festival y Knox y Cordray Spirits y los corchos de Fredericksburg y los cuatro meses que faltaban para el primero de noviembre desaparecieron todos de golpe y solo quedó eso, los dos, el bourbon de treinta y tres años añejándose en silencio a nuestro alrededor.
Cuando nos separamos, tenía la frente apoyada en la suya y el corazón moviéndose a un ritmo que no tenía nada que ver con haber estado inclinada sobre la barrica.
—La dieciocho necesita masilla de cerco —dije, contra su boca.
—Lo anotaré en la libreta.
—Eres imposible, Sutherland.
—Lo sé. Pero me quedan cuatro semanas para convencerte de que vale la pena, así que voy a aprovecharlas todas.
Y eso, pensé, mientras salíamos juntos de la nave hacia el atardecer naranja de agosto, mientras el primer grillo de la noche empezaba a cantar desde el campo de pacanas detrás de la propiedad, era exactamente lo suficientemente esperanzador como para seguir adelante.
• • •
Esa noche nos quedamos los dos en la destilería hasta las nueve trabajando en la presentación que Roan quería tener lista para la visita adelantada de Pruitt, porque tres semanas era un plazo que admitía muy poco margen para improvisar, y porque después de hablar con mi padre y de llegar a la conclusión de que Roan tenía razón en lo de aceptar la visita, quedaba un volumen de trabajo que era razonablemente absurdo para dos personas a finales de un jueves.
La sala de juntas a esas horas tenía una calidad diferente: las luces del exterior apagadas, solo las lámparas del interior creando un cono de claridad sobre los papeles extendidos entre los dos, el silencio de la propiedad con el equipo ya marchado, ese silencio particular que solo tienen los sitios que de día están llenos de gente y de ruido y que de noche revelan su estructura más quieta.
Roan trabajaba con los auriculares puestos, escuchando algo que yo no podía oír, uno de los auriculares a veces colgando libre sobre el hombro cuando quería decirme algo, un hábito que había desarrollado durante las últimas semanas y que me resultaba, inexplicablemente, uno de los detalles más suyos de todos los que había ido catalogando sin pretenderlo.
—Necesito que me describas la destilería en tres palabras —dijo, sin levantar la vista del ordenador—. Tres palabras que no sean "artesanal", "auténtico" ni "familiar", porque esas las usa todo el mundo y no significan nada cuando todo el mundo las usa.
—Paciencia —dije, sin pensarlo—. Terquedad. Amor.
Levantó la vista.
—Explícame la terquedad.
—Mi abuelo perdió una demanda a medias, siguió abriendo la destilería al día siguiente.
El incendio del noventa y cuatro quemó la nave de almacén entera.
Volvió a construirla. Tres recesiones, dos cambios de ley de destilación, un socio que se fue con parte del capital en el ochenta y nueve.
Siempre siguió. No porque fuera optimista, sino porque era terco.
Y nosotros somos sus herederos en eso también.
Roan anotó algo, luego levantó la vista otra vez.
—¿Y el amor?
—Nadie guarda cuarenta y dos barricas de bourbon durante treinta y tres años por otra razón.
Asintió, despacio, y algo en su expresión se suavizó de una manera que no era profesional y que tampoco pretendía serlo.
—Paciencia, terquedad, amor —repitió—. Es el mejor briefing que me ha dado un cliente en diez años de carrera.
—No soy tu cliente, Sutherland.
—No, no lo eres. —Y la forma en que lo dijo, despacio, con total deliberación, dejando que la frase ocupara todo el espacio que necesitaba, hizo que yo tuviera que concentrarme con más intensidad de la estrictamente necesaria en el presupuesto de diseño gráfico que tenía delante.
A las nueve y cuarto, cuando los dos llevábamos un rato mirando las pantallas sin procesar realmente nada de lo que veíamos, Roan cerró el ordenador y dijo que se marchaba porque si no dormía mínimo seis horas no iba a ser útil para nadie al día siguiente.
Salimos juntos al aparcamiento, que a esa hora era solo nuestros dos coches bajo un cielo que había acumulado estrellas mientras trabajábamos, y antes de separarse hacia su coche Roan se paró, giró sobre sus talones y me miró con esa expresión seria que a veces aparecía cuando quería decir algo que importaba.
—¿Estás bien con todo esto? —preguntó—. Con la visita adelantada, con Knox, con... todo.
—Estoy bien —dije—. Asustada, pero bien. Que conste que se me está dando cada vez mejor convivir con las dos cosas a la vez.
—¿El miedo y qué más?
—El miedo y las ganas de que funcione. Las dos al mismo tiempo, sin que una cancele a la otra.
Sonrió, ese movimiento lento que le recorría la cara de abajo arriba.
—Eso —dijo— es exactamente la frase que voy a poner en la presentación de Pruitt.
—Como se te ocurra usar mis palabras en marketing te sello la barrica veintidós, que es la que más tiempo lleva sin abrirse y la que más ha tenido tiempo de desarrollar carácter propio.
—¿Eso es una amenaza o una promesa?
—Eso —dije, abriéndome la puerta de la furgoneta— es buenas noches, Sutherland.
Y me marché con el espejo retrovisor lleno de su silueta inmóvil bajo las estrellas de agosto, que es exactamente la imagen con la que me quedé dormida esa noche mucho antes de lo que esperaba.