CAPÍTULO 10
Knox Whitlow era exactamente lo que yo esperaba de alguien llamado Knox Whitlow: metro ochenta y cinco, traje oscuro bien cortado, la seguridad de alguien que ha convencido a mucha gente de mucho dinero de hacer muchas cosas que no sabían que querían hacer, y una expresión que combinaba curiosidad e impaciencia en proporciones aproximadamente iguales.
Llegó el jueves en un coche de alquiler todavía más grande que el de Roan, aparcó junto a la furgoneta de Denny sin aparente preocupación por la pintura, y se quedó de pie en el patio de entrada mirando las naves de barricas con el aire de quien está evaluando una propiedad más que visitando una destilería.
—Más grande de lo que esperaba —dijo, a modo de saludo.
—Buenos días —respondí yo—. Tatum Calloway.
Me estrechó la mano con un apretón que no era una prueba de fuerza pero tampoco era inocente.
—Knox Whitlow. Roan me ha hablado mucho de este lugar.
—Espero que no le haya hablado del sistema contraincendios —dije, mirando de reojo a Roan, que estaba justo detrás de Knox con una expresión entre divertida y nerviosa.
—La inundación de bienvenida ya la mencionó, sí.
—Entonces sabe que aquí las visitas comienzan con algún tipo de catástrofe menor. Considérelo tradición de la casa.
Knox soltó una carcajada breve, genuina, que reconfiguró su cara completamente y lo convirtió por un instante en alguien bastante más simpático que el hombre del traje que acababa de bajarse del coche de alquiler.
Pasamos la mañana recorriendo la destilería con el mismo recorrido que había hecho con Roan semanas atrás, pero con Knox la experiencia era diferente porque Knox hacía preguntas de otro tipo: no sobre el proceso, no sobre la historia, sino sobre los números, los márgenes, la capacidad de producción escalable, el modelo de distribución, cuántos puntos de venta teníamos activos en Texas comparado con cuántos podríamos tener si la campaña del Festival funcionaba según lo planeado.
Era bueno. Tenía que admitirlo, aunque me costara. Hacía las preguntas correctas y escuchaba las respuestas con atención real, no la atención fingida de quien espera su turno para hablar, sino la atención de quien está procesando información de verdad y reconfigurando su análisis en tiempo real.
—¿Cuántas botellas de Earl's Daughter? —preguntó, de pie frente a las cuarenta y dos barricas en la nave antigua.
—Aproximadamente tres mil quinientas, dependiendo del merma final de embotellado.
—¿Y el precio de salida al público?
—Doscientos veinte dólares por botella. Es un bourbon de treinta y tres años en barrica en Texas. No puede costar menos.
Knox silbó suavemente.
—¿Y ya tienen compradores interesados antes del lanzamiento?
—Dos distribuidores de Texas y uno de California han pedido reserva provisional —dijo Roan, desde mi izquierda—. Y el artículo del Chronicle nos ha generado consultas directas de particulares que quieren botellas numeradas de las primeras cien.
—¿Cuánto vale eso en ingresos?
—Si vendemos el lote completo a precio de tarifa, setecientas setenta mil dólares —dije—. Pero no vamos a vender el lote completo en el Festival. Es una edición limitada de verdad. La escasez es parte del valor.
Knox me miró con los ojos ligeramente entornados, el gesto de alguien reconsiderando su evaluación inicial.
—¿Cuántos años lleva en el sector? —me preguntó.
—Cinco como maestra destiladora. Toda la vida como hija de esta empresa.
—¿Y ha rechazado ofertas de compra antes de Cordray?
—Dos. Una hace tres años de una cadena de tiendas especializadas de Houston que quería producción exclusiva. Otra hace dieciocho meses de un fondo de inversión de Dallas que quería una participación del cuarenta por ciento.
—¿Por qué?
—Porque en cuanto alguien más tiene el cuarenta por ciento de tu empresa, ya no tienes el cien por cien de tu destilería. Y esta destilería no es un activo financiero. Es el trabajo de toda una vida de tres generaciones de mi familia. Eso no se vende por participaciones.
Knox asintió despacio, como si estuviera archivando la respuesta en algún lugar importante de su memoria.
—Roan —dijo, sin girarse hacia él—, ¿tienes las proyecciones de distribución para el primer trimestre post-Festival?
—En la sala de juntas.
—Vamos a verlas.
• • •
Comimos en la cocina del personal, porque le propuse a Knox la alternativa de ir a un restaurante y él dijo que prefería quedarse, lo cual me sorprendió, y porque Selah, sin que nadie se lo pidiera, había preparado suficiente chile con carne para un ejército mediano y no estaba dispuesta a servírselo a menos personas de las necesarias.
—¿Es siempre así de buena la comida aquí? —preguntó Knox, después de su segundo plato.
—Selah cocina cuando está de buen humor —dije—. Cuando está de mal humor, come ella sola y nos deja el menú del bar de la carretera.
—¿Y hoy está de buen humor?
—Hoy está de buen humor porque le cae bien alguien —dijo Selah desde la encimera, sin molestarse en bajar la voz—, aunque todavía no me ha dicho quién.
Knox la miró. Selah le sostuvo la mirada con la serenidad absoluta de alguien que no tiene ningún interés en disimular que acaba de lanzar un misil social y está esperando a ver dónde aterriza.
—Tiene usted una directora de operaciones muy... directa —le dijo Knox a Roan.
—Eso es quedarse muy corto —dijo Roan.
—Lo tomo como un cumplido —dijo Selah, sirviéndole a Knox una tercera porción sin preguntarle.
Después de comer, Knox y Roan se encerraron durante dos horas en la sala de juntas con las proyecciones, y yo aproveché para hacer el turno de inspección de las barricas de producción regular que había estado posponiendo desde el lunes.
Denny me acompañó, parloteando sobre el taladro del vecino en una versión todavía más larga de la historia que ya había contado el martes, y yo lo escuchaba a medias mientras pensaba en Knox y en qué estaría diciéndole a Roan ahí dentro, con las puertas cerradas, sin que yo pudiera oírlo.
No soy una persona ansiosa por naturaleza.
He aprendido, a lo largo de treinta y un años y de gestionar una destilería que lleva una década en zona de supervivencia económica, que preocuparse por las cosas que no puedo controlar es un gasto de energía que no puedo permitirme.
Pero había algo en Knox Whitlow, en su traje y en sus preguntas precisas y en el hecho de que podía ofrecerle a Roan exactamente el tipo de oportunidad que Roan había elegido siete años atrás sobre mí, que se me enquistaba en el pecho de una manera que no conseguía ignorar.
—Oye —dijo Denny, interrumpiendo el análisis mental—, ¿estás bien?
—Sí, ¿por qué?
—Llevas tres minutos mirando la barrica número diecisiete con una cara que le haría a cualquiera preocuparse por la barrica número diecisiete.
—La barrica diecisiete está perfectamente.
—Ya lo sé. Solo te pregunto por ti.
Lo miré, un poco sorprendida, porque Denny era muchas cosas — ruidoso, desorientado espacialmente, incapaz de distinguir una levadura sana de una contaminada sin ayuda externa— pero era también, debajo de todo eso, una persona que llevaba doce años trabajando para mi familia y que me conocía lo bastante bien como para saber cuándo estaba fingiendo que todo iba bien.
—Estoy un poco nerviosa —admití.
—¿Por el tipo del traje?
—Por muchas cosas.
—El tipo del traje parece listo, pero Roan parece más listo. Y además Roan está loco por ti, lo cual le da una ventaja motivacional considerable sobre el tipo del traje.
—¿Cómo sabes que está loco por mí?
—Tatum. Lo vi mirarte durante toda la reunión del lunes con una cara que yo solo le he puesto a mi mujer. Y a mi perro, cuando todavía vivía. Pero a los perros se les perdona.
Me reí, sin poder evitarlo, y Denny asintió con la satisfacción particular de quien sabe que ha hecho bien su trabajo.
—Ahora sigue con las barricas —dijo—, que la dieciocho sí me parece que tiene algo raro en el cerco.
• • •
Knox se marchó a las cinco y cuarto de la tarde, con la promesa de "considerar los términos" y sin decirme nada definitivo sobre Whitfield Hotels ni sobre si había aceptado o no la posición de Roan.
Se despidió de mí con un apretón de manos y una mirada que no conseguí descifrar del todo, y se subió al coche de alquiler dejándonos a Roan y a mí solos en el aparcamiento con el sol de la tarde castigando el asfalto y el sonido lejano de las barricas acomodándose en el calor de agosto.
—¿Y bien? —pregunté.
—No lo sé todavía. Necesita pensarlo.
—¿Qué significa eso exactamente?
—Significa que le ha gustado el proyecto más de lo que esperaba, y que ahora tiene que recalcular si puede vender la historia a Whitfield Hotels de otra manera, sin mí presencialmente en Chicago.
—Pasó una mano por el pelo, el gesto de quien lleva una tensión acumulada que no sabe bien dónde poner—.
Ha visto la destilería, Tatum. Ha visto las barricas, ha probado el bourbon, ha visto el artículo del Chronicle en la pared de la sala de juntas.
Si hay algo de sangre en las venas de ese hombre que no sea pure business, lo va a entender.
—¿Y si no lo entiende?
—Entonces tomaré una decisión.
—¿Qué decisión?
—La correcta.
Lo miré, buscando en su cara algo que me dijera qué significaba exactamente "la correcta" para él en este momento, si era la misma cosa que significaría para mí o algo diferente, y lo que encontré fue cansancio, preocupación genuina, y debajo de todo eso, algo que me resultaba más familiar de lo que quería admitir: la cara de alguien que está intentando ser suficientemente valiente para hacer lo que sabe que tiene que hacer aunque no sepa todavía exactamente qué forma va a tomar.
—Ven —dije, y eché a andar hacia la nave de barricas.
—¿Adónde vamos?
—A probar la barrica dieciocho. Denny cree que tiene algo raro en el cerco y prefiero saberlo antes de que se convierta en un problema, y además necesito hacer algo con las manos ahora mismo o voy a pasarme la próxima hora dándole vueltas a cosas que no puedo controlar.
—¿Y yo qué hago?
—Sostienes la linterna y no te quejas si huele a levadura.