Al diablo con el amor CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

El domingo por la noche, dos días después del Broken Spoke, mi padre llamó desde el porche de su casa con un tono que intentaba sonar casual y no lo conseguía.

—Me ha llamado Vance Pruitt —dijo.

El nombre cayó en medio de la conversación como una piedra en agua quieta.

—¿Sobre qué?

—Quiere adelantar la visita. No el Festival, eso sigue igual. Pero quiere hacer una visita de evaluación preliminar antes, en tres semanas, para ver cómo van los preparativos.

Tres semanas. Habíamos calculado nuestro margen sobre cuatro semanas y media.

—¿Y le has dicho que sí?

—Le he dicho que lo consultaría. —Una pausa—. Tatum, si decimos que no, envía la señal de que tenemos algo que esconder.

—Si decimos que sí, vendrá aquí tres semanas antes de lo planeado, con los corchos todavía pendientes y la campaña sin estar al cien por cien.

—Los corchos llegan la semana que viene, eso ya está resuelto. Y la campaña...

—La campaña la lleva Roan y está yendo bien. Pero acelerar el calendario no me gusta, papá. Es exactamente la jugada que haría alguien que quiere pillarnos en un momento vulnerable.

—O es la jugada de alguien que tiene prisa por cerrar su trimestre y quiere ver que la inversión que está considerando tiene bases sólidas.

Hablamos durante veinte minutos más sin llegar a una conclusión, lo cual era bastante representativo de cómo habíamos manejado las decisiones difíciles desde que yo tomé el alambique y él la parte comercial: los dos con argumentos válidos, los dos con miedos legítimos, ninguno de los dos capaz de imponerse al otro del todo porque los dos teníamos demasiado en juego para no escuchar al que tenía el punto de vista diferente.

—Voy a hablar con Roan —dije, al final—. Mañana.

—¿Y hasta entonces?

—Hasta entonces, no le digas nada a Pruitt.

Colgué y me quedé en el porche de mi casa mirando el cielo, que en agosto en Texas tiene una intensidad de estrellas que en la ciudad ya no existe, una cosa absurdamente bonita que yo me olvidaba de apreciar la mayoría de las noches porque estaba demasiado metida en lotes de bourbon y hojas de cálculo y el miedo constante de perder lo que mi abuelo había tardado toda una vida en construir.

El teléfono vibró de nuevo. Un mensaje de Roan: ¿Estás despierta?

Sí, contesté.

Llamó en lugar de seguir escribiendo, lo cual me pareció una buena señal, de alguien que prefería la voz a los mensajes cuando algo importaba.

—¿Ha llamado Pruitt? —preguntó, sin preámbulos.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque a mí también me ha mandado un correo. Quiere una reunión de seguimiento en tres semanas, antes de la visita oficial del Festival.

—¿Y?

—Y creo que deberíamos aceptar. —Una pausa—.

Escúchame antes de decir que no. Si aceptamos, controlamos el escenario.

Elegimos qué mostrar, cómo mostrarlo, qué está listo y qué todavía está en proceso.

Si rechazamos, le damos motivo para sospechar que no estamos donde dijimos que estaríamos.

Pruitt es abogado corporativo antes que empresario.

Piensa en términos de señales. La señal que queremos enviar es: estamos tan seguros de lo que tenemos que no nos importa que vengas antes.

Lo pensé durante un rato largo, mirando las estrellas.

—¿Estaremos listos en tres semanas?

—Estaremos listos —dijo Roan, con esa convicción que no era arrogancia sino el resultado de conocer el trabajo que habían hecho y el que quedaba por hacer—.

No al cien por cien, pero al noventa que importa.

El diez restante no es lo que decide estas cosas, Tatum.

Lo que decide estas cosas es la primera impresión, y la primera impresión de esta destilería, de esta familia, de Earl's Daughter, es inmejorable. Ya lo sabes.

—Suenas a publicista.

—Soy publicista. Pero también estoy en lo correcto.

—Las dos cosas no son excluyentes, supongo.

—¿Eso es un sí?

—Es un "hablaremos mañana en persona y decidimos juntos".

—Tomaré eso como un sí provisional.

—Tomas demasiadas cosas como síes provisionales, Sutherland.

—Es una táctica de negociación probada.

—Buenas noches, Roan.

—Buenas noches, Cal. —Una pausa tan breve que casi no existió—. Oye.

—¿Qué?

—Me alegro de que estés ahí.

Colgué con el teléfono todavía caliente en la mano y el corazón haciendo cosas que técnicamente no debería hacer una persona adulta con treinta y un años por una sola frase, pero que ocurrían de todas formas porque el corazón, a diferencia del alambique, no atiende a razones de eficiencia.

•  •  •

Resulta que besar a alguien en una pista de baile llena de gente que te conoce desde antes de que tuvieras carnet de conducir tiene consecuencias prácticas que a uno no se le ocurren en el calor del momento.

La primera consecuencia fue que el lunes por la mañana, Denny llegó al trabajo sabiendo exactamente lo que había pasado el viernes por la noche, porque Denny conocía a la hermana de uno de los operarios del turno de noche que había estado en la mesa del Broken Spoke, y en los pueblos pequeños la información viaja por canales que ningún algoritmo de redes sociales podría replicar.

La segunda consecuencia fue que mi padre, que según yo había pasado la reunión del sábado completamente ajeno a la nueva corriente eléctrica que había entre Roan y yo, me llamó el domingo por la noche para decirme, con una mezcla de alivio y cautela que solo consiguen los padres que han visto a sus hijos romperse el corazón una vez, que se alegraba, que Roan le parecía un buen hombre, y que si iba a volver a hacer lo del Broken Spoke alguna vez, quizá podría avisarle antes para que él también pudiera ir.

—No era un evento familiar, papá.

—No, ya lo sé. Solo digo que me habría gustado estar ahí.

La tercera consecuencia, y la más significativa desde el punto de vista estrictamente logístico, fue que a partir del lunes Roan y yo teníamos que seguir trabajando juntos ocho horas al día en espacios relativamente pequeños sin que ninguno de los dos supiera exactamente cómo comportarse, porque una cosa es besar a alguien en una pista de baile con luces de neón y Selah aplaudiendo de fondo, y otra muy distinta es estar sentado a un metro de esa misma persona en la sala de juntas a las ocho de la mañana con tu padre en la silla de enfrente y una lista interminable de tareas pendientes.

—Estás mirándolo —murmuró Selah, inclinándose hacia mí con el café en la mano durante la primera pausa de la reunión del lunes.

—Estoy mirando los papeles.

—Estás mirando los papeles que están encima de la mesa donde él también está mirando los papeles. No es lo mismo.

—Selah, te lo juro por mi alambique.

—Vale, vale. —Se enderezó, perfectamente inocente—. Aunque también él te ha mirado a ti cuatro veces en los últimos diez minutos, así que en realidad me parece que estáis empatados en el marcador de miradas no disimuladas.

Roan, desde el otro lado de la mesa, levantó la vista en ese preciso instante, me encontró mirándolo, y en lugar de apartar la vista con el descaro de quien sabe exactamente qué está haciendo, sonrió despacio, de ese modo particular suyo que iba subiendo por la cara como si tuviera que recorrer un camino largo antes de llegar, y yo sentí que me ruborizaba, lo cual me pareció una traición flagrante de mi propio sistema nervioso porque tenía treinta y un años y no debería ser capaz de ruborizarme por la sonrisa de nadie.

—El diseño del stand —dije, con una voz que sonó sorprendentemente firme—. ¿Tenemos confirmación del carpintero?

—Llegó el presupuesto esta mañana —dijo Roan, sin dejar de sonreír del todo—. Lo revisamos después, si te parece.

Después resultó ser a las cuatro de la tarde, cuando mi padre ya se había marchado y el equipo de producción estaba en el turno de tarde, y nos sentamos juntos en la sala de catas con el presupuesto del carpintero extendido sobre la mesa y un vaso de agua cada uno, y durante los primeros cinco minutos conseguimos hablar exclusivamente del stand, de las medidas, del tipo de madera, de si las repisas donde irían las botellas de exposición debían ser de roble o de ciprés para coherencia visual con la estética de la destilería.

—Ciprés —dije.

—Roble —dijo él al mismo tiempo.

Nos miramos.

—Ciprés es más local, más de Texas —argumenté—. El roble americano lo usamos en las barricas, es el material del proceso interno, no de la presentación exterior.

—El roble conecta visualmente con el proceso. La gente verá el stand, verá el roble, y el cerebro hará la asociación con las barricas aunque nunca hayan puesto un pie en una destilería.

—¿Y el ciprés no evoca Texas?

—El ciprés evoca porche y té helado. No bourbon de treinta y tres años.

—A mí el ciprés me evoca a mi abuelo, que es exactamente de lo que va Earl's Daughter.

Se quedó callado un segundo, apoyando los codos sobre la mesa.

—Ciprés —concedió—. Pero oscurecido, con un tinte que lo acerque al tono del roble añejado. Lo mejor de los dos mundos.

—Eso es hacer trampa.

—Eso es llegar a una solución.

—¿Siempre cedes en los detalles para ganar en lo importante?

—Solo con la gente que merece que ceda. —Hizo una pausa deliberada—. Y con la gente que tiene razón, aunque las dos cosas coincidan con más frecuencia de lo que esperaba cuando empecé este proyecto.

Era la conversación más mundana posible, material de carpintería y tonos de madera, pero tenía debajo algo completamente distinto que ninguno de los dos estaba nombrando todavía, la pregunta implícita de qué éramos ahora, qué habíamos decidido ser sin haberlo decidido formalmente, y cómo encajaba eso en las próximas cuatro semanas de trabajo y en las cuatro semanas de incertidumbre que vendrían después, cuando el Festival terminara y Roan volviera a Nueva York y yo me quedara en Dripping Springs con mis alambiques y mis barricas y la empresa que tenía que salvar.

—¿Puedo preguntarte algo? —dije.

—Siempre.

—¿Qué pasa después del Festival?

Lo pregunté con la misma voz con la que habría preguntado cualquier cosa logística, sin dramas, pero él entendió exactamente lo que le estaba preguntando porque Roan Sutherland siempre había entendido lo que yo preguntaba incluso cuando yo no sabía cómo formularlo.

—No lo sé todavía —dijo, honestamente, sin adornos—. Pero sé que no quiero que sea lo mismo que la última vez. Sé que si voy a hacer algo, esta vez quiero hacerlo bien, quiero hablarlo contigo, quiero que cualquier decisión que tomemos sea de los dos.

—¿Y si las decisiones de los dos no coinciden?

—Entonces lo discutiremos, como los adultos que en teoría somos, aunque nuestra trayectoria histórica al respecto deje algo que desear.

Me reí, sin poder evitarlo, y el humor disolvió la tensión de la pregunta lo suficiente como para que ambos pudiéramos respirar.

—De acuerdo —dije—. Ciprés oscurecido. Y después del Festival, hablamos.

—Después del Festival, hablamos.

Fue un trato más frágil que cualquier contrato que hubiéramos firmado con el carpintero, pero también, de alguna forma, más real.

•  •  •

El martes, Knox Whitlow llamó tres veces antes del mediodía.

Yo lo sé porque escuché el teléfono de Roan vibrar tres veces mientras estábamos revisando el inventario de botellas numeradas en el almacén, y las tres veces vi cómo él miraba la pantalla, apretaba la mandíbula exactamente lo mismo, y dejaba que saltara el buzón de voz.

A la cuarta llamada, que llegó durante el almuerzo mientras Denny nos contaba la historia incomprensiblemente larga de cómo había conseguido que su vecino le devolviera un taladro que le había prestado hacía dos años, Roan se excusó y salió al exterior a contestar.

Estuvo fuera doce minutos. Los conté porque Denny seguía con la historia del taladro y necesitaba algo en qué concentrarme.

Cuando volvió, su expresión era la de alguien que acaba de tener una conversación que no le ha gustado nada y está haciendo un esfuerzo activo para no dejarlo ver, lo cual, en alguien que normalmente controlaba bastante bien lo que dejaba ver, resultaba bastante elocuente.

—¿Todo bien? —le pregunté, cuando Denny por fin terminó su historia y se levantó a buscar más té.

—Knox viene a Austin —dijo.

—¿Cuándo?

—El jueves. Quiere ver el proyecto en persona antes de decidir si acepta mi posición sobre Whitfield.

Lo miré, esperando que hubiera más.

—Eso significa que quiere convencerte de que lo dejes todo aquí y te vayas a Chicago —dije.

—Significa que quiere conocer el proyecto. Knox es un hombre práctico. Si ve que esto tiene valor, se lo explicará a los clientes de Whitfield y buscarán la manera de esperar.

—¿Y si no ve que tiene valor?

—Lo tiene —dijo Roan, con una firmeza que no admitía discusión—.

Y además, le voy a dejar muy claro que esta no es una negociación sobre si me quedo o me voy, sino sobre cuándo exactamente vuelvo a Nueva York y con qué acuerdo de trabajo a distancia de aquí a entonces.

Tengo ordenador, tengo teléfono, tengo videoconferencia. Chicago puede esperar.

Debería haberme sentido aliviada. Debería haberme bastado con esa declaración de intenciones, que era exactamente el tipo de cosa que siete años atrás me habría cambiado la vida si alguien me la hubiera dicho a tiempo.

Pero no soy la Tatum de veinticuatro años, y la Tatum de treinta y uno sabe que las intenciones, por honestas que sean, no siempre sobreviven al contacto con la realidad, y que "Chicago puede esperar" tiene un peso muy distinto antes de que Knox Whitlow se plante en persona frente a tu socio con la cuenta más grande de vuestra historia profesional en la mano.

—Tráelo a la destilería —dije, al final.

—¿Cómo?

—A Knox. Tráelo aquí el jueves. Si quiere entender por qué no puedes dejarlo todo y marcharte a Chicago, que lo vea.

Que huela los alambiques, que pruebe el bourbon, que le pongas en las manos una botella de Earl's Daughter numerada.

Nadie que huela ese bourbon va a poder argumentar que no vale la pena.

Roan me miró durante un momento largo, con algo en la cara que no era solo gratitud sino también algo más profundo, algo que tenía que ver con el hecho de que yo, que tenía todas las razones del mundo para mantenerlo a él y a su socio lo más lejos posible de mi territorio, acababa de invitarlos a entrar.

—¿Estás segura?

—No especialmente. Pero es la mejor idea que tengo, así que sí.