Al diablo con el amor CAPÍTULO 8 #3
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CAPÍTULO 8 #3

Dejamos de movernos, en algún punto entre la confesión y mi reacción a ella, de pie en medio de la pista mientras otras parejas seguían deslizándose a nuestro alrededor en la penumbra rojiza y azulada de las luces de neón.

—¿Por qué? —pregunté, necesitando escuchar la razón en voz alta, necesitando que fuera él quien la dijera, no yo quien la asumiera.

—Porque la última vez que tuve que elegir entre una oportunidad profesional y tú, elegí mal, Tatum.

Y he pasado siete años diciéndome a mí mismo que fue la decisión correcta, que era joven, que no sabía lo que perdía, todas esas mentiras que uno se cuenta para poder dormir por las noches.

Pero no voy a cometer el mismo error dos veces. No contigo. No otra vez.

No supe qué decir. No había practicado ninguna respuesta para ese momento, ningún discurso preparado, ninguna armadura lo bastante gruesa como para protegerme de la sinceridad absoluta con la que acababa de hablarme, así que hice lo único que mi cuerpo parecía saber hacer en ese instante: me puse de puntillas, le rodeé el cuello con los brazos, y lo besé.

Fue un beso suave al principio, casi tentativo, como si los dos necesitáramos un segundo para confirmar que de verdad estaba pasando, que no era otro casi interrumpido por un teléfono o por la prudencia o por siete años de miedo acumulado.

Roan respondió llevando una mano a mi nuca, atrayéndome más cerca, y el beso se volvió más profundo, más seguro, con esa calidad de las cosas que se han estado esperando durante demasiado tiempo y que finalmente encuentran su sitio.

Alguien, en algún punto de la sala, soltó un grito de júbilo que sospechosamente sonaba a la voz de Selah, seguido de un aplauso disperso de la mesa entera de empleados de la destilería, y nos separamos riéndonos contra la boca del otro, con las mejillas calientes y la certeza absurda y maravillosa de que cualquier excusa que hubiéramos usado hasta entonces para mantener las distancias acababa de quedar completamente, irremediablemente, disuelta.

—Por fin —dijo Roan, con la frente apoyada contra la mía.

—Por fin —repetí.

—¿Te arrepientes?

Pensé en la pregunta que él mismo me había hecho semanas atrás, junto a las barricas de Earl's Daughter, y le di la única respuesta honesta que tenía.

—Todavía no —dije, sonriendo—. Pregúntame mañana.

—Pienso preguntártelo todos los días, si hace falta.

—Eso suena a una amenaza.

—Suena a una promesa, Cal.

Y por primera vez en siete años, escuchar ese apodo en su boca no me dolió en absoluto.

•  •  •

A la mañana siguiente, me desperté en mi propia cama con el sol entrando por las persianas de madera de la ventana del dormitorio y la conciencia plena, incluso antes de abrir los ojos del todo, de que la noche anterior había ocurrido de verdad y no era un producto de algún sueño especialmente convincente.

Habíamos vuelto de Austin en coches separados, porque Roan tenía el suyo en el aparcamiento de la destilería y yo el mío, y nos habíamos despedido con otro beso más breve, más quieto, la diferencia entre el primero que se da para confirmar algo y el segundo que se da porque ya no hay nada que confirmar.

—Mañana tenemos reunión con mi padre a las ocho —le dije, todavía con los dedos entrelazados con los suyos en el espacio entre los dos coches.

—Lo sé.

—Así que no deberías quedarte.

—No iba a proponértelo.

—Bien.

—Aunque si me lo propusieras tú...

—Buenas noches, Sutherland.

Había llegado a casa con la determinación de dormir ocho horas y presentarme a la reunión con la cabeza en el proyecto.

Lo que ocurrió fue que me quedé despierta hasta las dos de la mañana mirando el techo, y que a las siete menos cuarto me encontré de pie delante de la cafetera pensando que pocas cosas en el mundo son tan incómodas como estar ridículamente ilusionada y enormemente asustada al mismo tiempo.

Selah me interceptó en el pasillo de la destilería con cara de quien lleva despierta desde las cinco esperando ese momento.

—No —le dije, antes de que abriera la boca.

—Solo iba a decirte buenos días.

—Tu cara dice mucho más que buenos días, Selah.

—Mi cara dice que estoy feliz por mi mejor amiga —dijo, apoyándose contra la pared—. Y que si alguien en esta empresa necesita hoy un poco de margen para ser un ser humano normal con sentimientos normales, ese alguien se lo merece.

—Estoy asustada, Selah.

—Ya lo sé.

—La última vez terminó fatal.

—La última vez los dos teníais veinticuatro años y ninguno sabía pedir lo que necesitaba. Ahora tenéis treinta y uno y, con algo de suerte, algo más de práctica.

—Eso no es garantía de nada.

—No lo es —admitió—. Pero tampoco lo es quedarse quieta.

Roan apareció dos minutos después, con su libreta y una expresión que mezclaba la misma ilusión y el mismo miedo que yo sentía, y fui capaz de mirarlo a los ojos y sonreírle sin que me temblara nada, lo cual, dado todo lo anterior, me pareció un logro considerable.

La reunión con mi padre fue eficiente y profesional, porque mi padre tenía la admirable habilidad de no ver lo que no quería ver, y si notó algo distinto en el aire entre Roan y yo, eligió deliberadamente no comentarlo.

Hablamos de distribuidores, del stand, de la prensa confirmada para la Sala Pecan, del plazo con los corchos de Fredericksburg, que según el artesano iba a cumplirse con exactamente cuarenta y ocho horas de margen, lo cual no era precisamente el colchón de tranquilidad que yo habría preferido.

Cuando terminó la reunión, Roan se inclinó hacia mí sobre la mesa, lo bastante cerca para hablar sin que nadie del pasillo pudiera oírlo.

—¿Cómo estás? —preguntó.

—Bien. Nerviosa. Las dos cosas.

—Yo también.

—Eso no me tranquiliza especialmente.

—No pretendía tranquilizarte. Pretendía ser honesto.

Selah asomó la cabeza por la puerta en ese preciso instante con cara de quien lleva escuchando desde el pasillo más tiempo del que sería ético admitir.

—El turno de embotellado está listo. Primera tirada de Earl's Daughter numerada. Alguien tiene que supervisar.

—Voy —dije.

—Yo también —dijo Roan.

—Los dos juntos —confirmó Selah, con una satisfacción que no hizo el menor intento de disimular—. Qué eficiencia tan bonita la de este equipo.