CAPÍTULO 8 #2
—Porque la última vez que tuve que elegir entre una oportunidad profesional y tú, elegí mal, Tatum.
Y he pasado siete años diciéndome a mí mismo que fue la decisión correcta, que era joven, que no sabía lo que perdía, todas esas mentiras que uno se cuenta para poder dormir por las noches.
Pero no voy a cometer el mismo error dos veces. No contigo. No otra vez.
No supe qué decir. No había practicado ninguna respuesta para ese momento, ningún discurso preparado, ninguna armadura lo bastante gruesa como para protegerme de la sinceridad absoluta con la que acababa de hablarme, así que hice lo único que mi cuerpo parecía saber hacer en ese instante: me puse de puntillas, le rodeé el cuello con los brazos, y lo besé.
Fue un beso suave al principio, casi tentativo, como si los dos necesitáramos un segundo para confirmar que de verdad estaba pasando, que no era otro casi interrumpido por un teléfono o por la prudencia o por siete años de miedo acumulado.
Roan respondió llevando una mano a mi nuca, atrayéndome más cerca, y el beso se volvió más profundo, más seguro, con el sabor de la cerveza y del tiempo recuperado mezclados en algo que no tenía nombre pero que reconocí en algún lugar muy antiguo de mí misma, como la melodía de una canción que llevas años sin escuchar y que el cuerpo sabe de memoria aunque la cabeza insista en que la ha olvidado.
Alguien, en algún punto de la sala, soltó un grito de júbilo que sospechosamente sonaba a la voz de Selah, seguido de un aplauso disperso de la mesa entera de empleados de la destilería, y nos separamos riéndonos contra la boca del otro, con las mejillas calientes y la certeza absurda y maravillosa de que cualquier excusa que hubiéramos usado hasta entonces para mantener las distancias acababa de quedar completamente, irremediablemente, disuelta.
—Por fin —dijo Roan, con la frente apoyada contra la mía.
—Por fin —repetí.
—¿Te arrepientes?
Pensé en la pregunta que él mismo me había hecho semanas atrás, junto a las barricas de Earl's Daughter, y le di la única respuesta honesta que tenía.
—Todavía no —dije, sonriendo—. Pregúntame mañana.
—Pienso preguntártelo todos los días, si hace falta.
—Eso suena a una amenaza.
—Suena a una promesa, Cal.
Y por primera vez en siete años, escuchar ese apodo en su boca no me dolió en absoluto.
• • •
A la mañana siguiente, me desperté en mi propia cama con el sol entrando por las persianas de madera de la ventana del dormitorio y la conciencia plena, incluso antes de abrir los ojos del todo, de que la noche anterior había ocurrido de verdad y no era un producto de algún sueño especialmente convincente que mi subconsciente había decidido fabricar para torturarme.
Habíamos vuelto de Austin separados, en coches distintos, porque Roan tenía el suyo en el aparcamiento de la destilería y yo el mío, y nos habíamos despedido en el aparcamiento con otro beso más breve, más quieto que el del Broken Spoke pero de alguna manera más íntimo precisamente por eso, la diferencia entre el primer beso que se da para confirmar algo y el segundo que se da porque ya no hay nada que confirmar.
—Mañana tenemos reunión con mi padre a las ocho —le dije, todavía con los dedos de él entrelazados con los míos en el espacio entre los dos coches.
—Lo sé.
—Así que no deberías quedarte.
—No iba a proponértelo.
—Bien.
—Aunque si me lo propusieras tú...
—Buenas noches, Sutherland.
Me había ido a casa con la determinación de dormir ocho horas y presentarme a la reunión de las ocho con la cabeza en el proyecto, en los distribuidores, en el stand del Festival, en cualquier cosa que no fuera el recuerdo exacto de cómo se sentía la mano de Roan en mi nuca.
Lo que de hecho ocurrió fue que me quedé despierta hasta las dos de la mañana mirando el techo, y que las ocho horas se convirtieron en cinco y media, y que a las siete menos cuarto me encontré de pie delante de la cafetera de la cocina pensando que había pocas cosas en el mundo tan incómodas como estar ridículamente ilusionada y enormemente asustada al mismo tiempo.
Llegué a la destilería diez minutos antes que Roan, lo cual me dio el tiempo justo para preparar la sala de juntas y que Selah me interceptara en el pasillo con cara de quien lleva despierta desde las cinco esperando este momento específico.
—No —le dije, antes de que abriera la boca.
—Solo iba a decirte buenos días.
—Tu cara dice mucho más que buenos días, Selah.
—Mi cara dice que estoy feliz por mi mejor amiga —dijo, apoyándose contra la pared con los brazos cruzados—.
Y que si alguien en esta empresa necesita hoy un poco de margen para ser un ser humano normal con sentimientos normales en lugar de la destiladora imperturbable de siempre, ese alguien se lo merece.
La miré, sintiendo que el nudo que llevaba en el pecho desde las dos de la mañana se aflojaba un poco.
—Estoy asustada, Selah.
—Ya lo sé.
—La última vez terminó fatal.
—La última vez los dos teníais veinticuatro años y ninguno de los dos sabía cómo pedir lo que necesitaba. Ahora tenéis treinta y uno y, con algo de suerte, algo más de práctica.
—Eso no es garantía de nada.
—No lo es —admitió—. Pero tampoco lo es quedarse quieta. Anda, entra a la reunión. Yo traeré agua y unos panes dulces que ha dejado Denny esta mañana porque está convencido de que los hornea él mismo y en realidad los compra todos los viernes en la panadería de la carretera.
—¿Denny no sabe hornear?
—Denny confunde la levadura con el bicarbonato y una vez quemó una bandeja de magdalenas tan a fondo que tuvimos que abrir las ventanas durante tres días.
Me reí, por primera vez esa mañana de verdad, y cuando Roan apareció por la puerta de la destilería dos minutos después, con su libreta de cuero y una expresión que mezclaba la misma mezcla de ilusión y miedo que yo sentía en ese momento, fui capaz de mirarlo a los ojos y sonreírle sin que me temblara absolutamente nada, lo cual, dado todo lo anterior, me pareció un logro considerable.
—¿Sabes bailar esto? —le pregunté, señalando con la cabeza hacia la pista, donde parejas enteras se movían con una sincronía de pasos que parecía coreografiada incluso cuando no lo era.
—Ni idea. ¿Tú sí?
—Crecí viniendo aquí. Mi madre me enseñó a bailar two-step en esta misma pista cuando tenía ocho años.
Algo en mi voz debió delatarme, porque Roan dejó su cerveza sobre la mesa y me miró con una atención completa que sentí en la piel, casi física.
—¿Quieres bailar? —preguntó.
—No sabes bailar two-step.
—Pues enséñame.
Selah, que llevaba toda la noche observándonos desde el otro extremo de la mesa con Denny y dos operarios más del turno de mañana, soltó un silbido que claramente pretendía ser discreto y que no lo fue en absoluto.
—Cállate, Selah.
—No he dicho nada.
—Tu cara ha dicho mucho.
Me levanté antes de poder pensármelo dos veces, agarré a Roan de la mano —la primera vez que lo tocaba de manera tan directa, tan deliberada, desde hacía siete años— y lo arrastré hacia la pista de baile, donde el suelo de madera, gastado por décadas de botas deslizándose sobre él, crujía bajo nuestros pies con un sonido familiar que me devolvió, durante un instante, a una infancia entera de noches de viernes exactamente iguales a esta.
—Vale, paso básico —dije, colocándole una mano en mi cintura y sosteniendo la otra extendida—. Dos pasos largos, dos pasos cortos. Quick-quick, slow-slow. No es complicado, pero hay que sentir el ritmo, no contarlo.
—Eso suena exactamente igual de complicado que contarlo.
—Cállate y baila, Sutherland.
Lo hizo mal los primeros dos minutos, pisándome una vez el pie con suficiente fuerza como para hacerme soltar una maldición que probablemente no debería haber dicho en voz tan alta en un sitio tan familiar, pero alrededor del tercer minuto, algo encajó, y nos movimos juntos por la pista con una sincronía que no tenía nada que ver con la técnica y mucho que ver con la cantidad de tiempo que llevábamos, sin saberlo del todo, aprendiendo de nuevo a movernos en torno al espacio que ocupaba el otro.
—Lo estás haciendo bien —dije, sorprendida.
—Tengo una buena profesora.
La banda cambió de canción, pasando de un two-step rápido a algo más lento, una balada de guitarra que reconocí de la radio que escuchaba mi madre en la cocina cuando yo era pequeña, y Roan, sin preguntarme, sin necesidad de pedir permiso, me acercó un poco más, lo suficiente como para que pudiera sentir el calor de su cuerpo a través de la camisa de cuadros recién comprada.
—¿Sabes qué llevo pensando toda la semana? —dijo, en voz baja, lo bastante cerca de mi oído como para que la pregunta sonara casi íntima a pesar de la música.
—¿Qué?
—Que la entrevista del Chronicle tenía razón en una cosa. El bourbon es la excusa. La gente, esta gente, tú, sois la historia de verdad.
—Eso suena a algo que dirías en una campaña de marketing.
—Esto no tiene nada que ver con marketing, Tatum.
Levanté la vista hacia él, encontrándome con una expresión que no tenía nada de calculado, nada de profesional, solo la honestidad cruda de alguien que llevaba demasiado tiempo conteniendo algo y había decidido, en ese momento concreto, en esa pista de baile concreta, dejar de contenerlo.
—Knox volvió a llamar esta tarde —dijo—. Whitfield Hotels quiere una respuesta definitiva la semana que viene. O voy a Chicago, o pierden la cuenta y probablemente Knox empieza a replantearse si quiere seguir siendo mi socio.
El corazón se me cayó un poco, anticipando el final de la frase antes de que llegara.
—¿Y qué le has dicho?
—Le he dicho que no.
—¿Que no vas a ir a Chicago?
—Que no voy a dejar este proyecto a medias.
Que si Whitfield Hotels no puede esperar seis semanas más, entonces Whitfield Hotels tendrá que encontrar otra agencia, porque hay cosas que valen más que una cuenta de varios millones de dólares, por mucho que eso suene a locura viniendo de alguien cuya carrera entera se ha construido sobre la base de nunca decir esa frase.